Opinión
Universos (norte)americanos
Orson Welles sentenció cuando el azote macartista: «Lo triste de la izquierda estadounidense es que se traicionó a sí misma para salvar sus piscinas»

Leonardo DiCaprio, en la gala de los Globos de Oro de este año. / Efe
El primer recuerdo de impacto que tengo de la infancia sin anécdotas es la cara de mi padre cuando, por teléfono, se entera del asesinato de John F. Kennedy, el magnicidio de Dallas. En esa fecha, noviembre de 1963, dos años y pico después del fracaso del desembarco en la playa Girón de la bahía cubana de Cochinos y apenas uno de la llamada crisis de los misiles, concluye un largo periodo benefactor de la civilización norteamericana.
Hubo una línea abierta en el sueño de los Estados Unidos visto desde Europa que arranca en el presidente Woodrow Wilson, el rector de Princeton que apadrinó la doctrina de la «Nueva Libertad» y se involucró en la I Guerra Mundial tras sospechar planes de alianza entre la Alemania prusiana y la insurgencia en el caótico México de Pancho Villa.
Impulsor de la ley seca y del sufragio universal femenino, Wilson, no obstante, pasará a la historia por apadrinar en la paz de Versalles la formalización de nuevas naciones, aquellas que tenían identidad propia y hubieran estado subyugadas por los imperios perdedores de la contienda bélica. Para entonces, las posesiones españolas de ultramar ya se habían esfumado –en el 98–, mutiladas por la falsa guerra contra los Estados Unidos en Cuba y Filipinas, así como por la olvidada «venta» de varios archipiélagos del Pacífico a Alemania. Si no hubiera sido así, tal vez España no se habría declarado neutral en el gran conflicto europeo y quién sabe las consecuencias de dicha circunstancia.
De Wilson a Franklin D. Roosevelt y de este a Kennedy en la época contemporánea existe un hilo continuo, humanista e ilustrado, con los intervalos de Truman y Eisenhower –dos presidencias marcadas por los hechos de la II Guerra Mundial–, que se quiebra con el magnicidio de Dallas. Ahí, tras las tumbas angloamericanas de Normandía y el apaciguamiento del macartismo, se abre un nuevo periodo conservador: América –como se autoproclaman los USA– se involucrará tenazmente en la guerra de Vietnam, liquidará cualquier intento de planificación pública con Reagan y finalmente regresa a la gran acción bélica en Oriente Medio con la familia Bush. Las cruzadas por la libertad solo se activarán en las ciudades del Este, en Hollywood y en los centros universitarios de prestigio. El liberalismo se refugia entre las élites.
La siguiente oscilación, marcada por el ciclo de Clinton, Obama y Biden, proponía un cierto estatus de equilibrio, sin grandes cambios, una especie de «pax americana» basada en el éxito de un «relato» de cariz progresista. Frente a ello, el universo conservador norteamericano, siempre presente, ha tenido que desacreditar esa ideología –a través del desprecio por la «radicalidad» de la cultura «woke»–, y encontrar a su campeón, Donald Trump, cuyo disruptivo segundo mandato está dejando anonadado a medio mundo.
Ciertamente, lo de Trump resulta vertiginoso. Del asalto al Capitolio con hombres búfalo a las redadas con la policía militarizada anti-inmigración ICE, de las pizarras sobre aranceles al negacionismo climático, de la toma de Maduro en su castillo cubanizado de Caracas al desprecio por la Unión Europea dejando en el camino a daneses e inuits, a Taylor Swift, Corina Machado, a Jerome Powell… A solas Trump frente a su conciencia, en un renovado presbiterianismo que devuelve al país a la doctrina de la predestinación: el mítico destino manifiesto estadounidense que se invocó para conquistar todo el norte del antiguo virreinato de Nueva España o la anexión de Hawái.
Y en medio de esta convulsión planetaria la postura de los gobiernos europeos apela a la sensatez y el diálogo, lo que recuerda en otra escala a la actitud del premier Neville Chamberlain con sus acuerdos de Munich en el 38. Mientras algunos gobernadores, alcaldes y jueces americanos alzan cortafuegos frente a la ola trumpista y muchos otros callan. Una compleja política tanto geográfica como social con el Mundial de fútbol en cuanto atisbe el próximo verano y las primarias para las elecciones del Medio Mandato de noviembre a punto de arrancar, en marzo.
Ni siquiera el otrora combativo Hollywood parece sobreponerse a su perplejidad. Porque si han visto la película ganadora de los Golden Globe, Una batalla tras otra, premonitoria en muchos aspectos y ahora favorita para los Oscar, resulta que el estupendo Leonardo di Caprio ha cobrado 20 millones de dólares por su papel como activista revolucionario fumeta. Y nadie dijo nada durante el show de la ceremonia, salvo 'Hulk', Mark Ruffalo, y no en el escenario sino en las escalinatas.
A Robert de Niro han dejado de invitarle a estos saraos, Richard Gere solo sale por TVE para criticar a su gobierno de milmillonarios y George Clooney se quiere hacer francés. Al presentador de la gala de los Oscar ya lo cambiaron el año pasado. Se impone una atmósfera neutra, entre la prudencia y el miedo. Lo sentenció Orson Welles cuando el azote macartista: «Lo triste de la izquierda estadounidense es que se traicionó a sí misma para salvar sus piscinas».
Ha pasado más de medio siglo desde que Marlon Brando enviara a una joven nativa disfrazada de apache para no recoger su estatuilla por El Padrino. En aquella escena fue Clint Eastwood, quien actuaba de presentador, el mayor crítico de la performance india. Eastwood, el posterior y genial cineasta ético, ha sido uno de los grandes líderes del anarquismo a la americana que preconiza la libertad radical y la oposición a cualquier intervencionismo de los poderes públicos. Así que tampoco va a serle fácil a los conservadores liquidar ese profundo y a veces violento espíritu libertario para crear una autocracia entre petrolífera y tecno-evangelizadora. Por esta vez, los gobiernos limitados representan un alivio. En cualquier caso, seguimos a la deriva. Hay que aprender a remar.
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