Opinión | EDITORIAL
El urgente gobierno metropolitano
La crisis de movilidad y habitacional ya está expulsando a estudiantes y trabajadores de la València real

Vista aérea de València con Burjassot y la trama urbana de la CV-35 al fondo / German Caballero
La falta de coordinación metropolitana la padecen los miles de usuarios diarios de Metrovalencia y los conductores atrapados en las entradas y salidas del Cap i Casal en las horas punta. A una movilidad que necesita una mejora urgente se une la crisis habitacional que también empieza a sentirse entre los estudiantes universitarios. Cuando se invierten cuatro horas diarias de trayecto para enlazar tren, metro, tranvía y autobús, estamos ante un fallo estructural.
La burbuja del alquiler ha convertido los barrios universitarios tradicionales en un filtro que rompe el ascensor social. Que una habitación triplique su precio en una década erosiona, por la vía de los hechos, el derecho a la educación. La precariedad habitacional ya ha entrado en las aulas. Muchos profesores ven cómo en sus clases se mira el reloj, cómo muchos estudiantes se marchan antes para no perder el tren, y cómo se decide no acudir si solo hay una asignatura porque el coste en tiempo, energía y billete no compensa. La falta de una red de transporte público acorde a la creciente necesidad universitaria está perdiendo el contacto social en los campus y la conversación habitual después del aula.
No estamos solo ante una crisis de vivienda, movilidad o planificación urbana. Es un problema de escala y de gobernanza. La reciente muerte de Ricard Pérez Casado, el alcalde que impulsó la València actual, ha recordado también la figura desaparecida hace un año de su máximo colaborador, Josep Sorribes, que explicó durante décadas con paciencia didáctica que desde los años setenta, la ciudad real es el área metropolitana, no el perímetro municipal. Sin embargo, seguimos planificando como si las fronteras del término fueran las de la vida cotidiana. La falta de una arquitectura institucional estable ha convertido lo metropolitano en una anomalía: todo funciona como metrópoli, pero casi nada se gobierna como tal.
Metrovalencia planifica un horizonte 2026-2030, cuantifica inversiones, promete modernización y marca un objetivo mínimo razonable: que en los municipios más alejados la frecuencia máxima sea de 20 minutos. Es necesario. Pero incluso el mejor plan ferroviario queda corto si no se integra con el resto del sistema: Cercanías, EMT, autobuses interurbanos, aparcamientos disuasorios, horarios coordinados e información en tiempo real, con una política tarifaria verdaderamente metropolitana. Sin integración, el transbordo se convierte en castigo y la intermodalidad en eslogan.
La crisis de los universitarios expulsados por el alquiler es más que un aviso coyuntural. Hoy son estudiantes; mañana serán sanitarios, docentes, investigadores o técnicos que no podrán vivir cerca de donde se les necesita. Si la ciudad no está bien conectada con sus centros de estudio, laborales o hospitalarios se convierte en un decorado. Una capital que descuida su talento joven se condena a un modelo económico desigual y con menos oportunidades compartidas.
Inmediatez y coordinación
¿Qué hacer? Primero, asumir que la coordinación metropolitana es una urgencia institucional y empezar por una agenda de mínimos con efectos reales: un foro estable de alcaldes y alcaldesas del área, con estructura técnica compartida, datos e indicadores comunes y acuerdos exigibles en movilidad, vivienda y uso del suelo. Una mesa de decisiones con calendario, presupuesto y rendición de cuentas.
Segundo, una política metropolitana de vivienda que deje de improvisar. Parque público y asequible cerca de campus y nodos de transporte; colaboración con universidades para alojamiento temporal; rehabilitación condicionada a precios máximos; y, sobre todo, coordinación del suelo. No se puede trasladar presión a la periferia sin asegurar servicios, equipamientos y conectividad.
Tercero, gobernanza integrada del transporte: más frecuencias donde hay vida diaria, intercambiadores bien resueltos, carriles bus de acceso, aparcamientos disuasorios conectados y un billete integrado que premie el uso combinado en lugar de penalizarlo. Medir el éxito por el tiempo puerta a puerta —no por el perímetro administrativo— sería un buen comienzo.
Y, por último, valentía para gobernar lo incómodo: frenar la conversión de vivienda en activo puramente especulativo, ordenar los pisos turísticos y exigir estándares mínimos de habitabilidad también en el alquiler por habitaciones.
La metrópoli ya está aquí. Lo que falta es su gobierno. Cada curso que empieza con más jóvenes en el andén es un aviso de que la somnolencia digestiva se acabó. València debe elegir: ciudad escaparate o ciudad que cuida su futuro. Y el futuro, hoy, tiene abono mensual y mochila.
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