Opinión
Mi vieja Edeta

Termas de Llíria / AC
Ahí las termas del tiempo de los romanos. El subterráneo de los baños árabes. El tiempo rendido a la belleza en un apartado rincón de la memoria. O mejor, de la historia. A veces las confundimos. Y eso no es bueno. Ahora se habla mucho de la memoria y demasiadas veces no se sabe lo que se dice. Un torpe amontonamiento de recuerdos cogidos con alfileres, la mezcla refranera de churras y merinas, lo que queda de una lluvia que llenó de incertidumbres el pasado. Lo decía Borges, que a mí nunca me cayó bien porque no quiso ver cómo los cuerpos de la insurgencia eran lanzados al mar en la Argentina de los milicos golpistas de 1976 a 1983. Si el poeta no canta lo que pasa, qué demonios canta. Hace unos días, el tiempo de antes y el de ahora se juntaron para descubrirme que, como escribía Forugh Farrojzad, la gran poeta iraní, los sitios por donde anduve tantas veces tenían «muchas historias que contar». Mirar atrás sin nostalgia, con la ira ajustada a los desmanes del tiempo, sin esa complacencia que tanto se estila cuando se trata de construir biografías envueltas en el engañoso celofán de la impostura. Miren el rey fugado a Abu Dabi y Julio Iglesias. Vaya par.

Calle de la Llíria Medieval / A.C.
Han pasado más de cincuenta años desde entonces. Sesenta, tal vez. De todo hace ya demasiado tiempo. Por eso es incierto lo que recordamos. Los domingos son días tontos desde que la nada explotó y de ese chupinazo salieron los océanos, la tierra y no sé si los dinosaurios. Digo los dinosaurios porque para mí son los primeros habitantes de esos sueños en que, como en los versos de Rilke, se juntan las raíces de lo bello y el horror. El domingo pasado no era ni más ni menos tonto que otro cualquiera. Habían llegado hacía unos días a Gestalgar mis amigos Jacobo y Krisha. Desde el frío leonés al viento helado de la Serranía cuando la noche en mi pueblo se abriga del casi bajo cero como puede. Una excursión dominguera. Apurar la mañana y que vieran lo que Llíria, donde viví más años que el viejo Simón de Buñuel en una columna del desierto, guardó durante tantos siglos en las movedizas tripas de su historia. La antigua Edeta, patria de mi infancia. El carrer Major. El viejo horno de Sant Miquel que ya no existe, como tantas cosas desde entonces.

Iglesia de la Sang / A.C.
Calles arriba de la ciudad medieval que en aquellos años desconocíamos. Ahora, ahí, el Forn de la Vila y el Museu Arquelògic, el Ayuntamiento del año de la picor que parece de anteayer, la iglesia del Bon Pastor y el impresionante monumento de la de la Sang que yo siempre situaba en un lugar equivocado de mi memoria. Era como regresar a las viejas fotografías, algunas ya en paradero desconocido, como volver no a lo que éramos entonces sino a lo que ahora somos, como si en el paseo de una mañana festiva tuviésemos a mano la brújula oxidada de Bob Dylan en Gates of Eden y con ella nos guiábamos por los enrevesados y estrechos laberintos de una ciudad que nunca dejará de ser aquella en que, por tantas y diversas circunstancias, transcurrieron los mejores años de mi juventud. En la pequeña plaza de Ripoll vivieron Pascual Enguídanos y Carmen, su mujer, apasionada lectora de este periódico y de mis artículos que ya entonces eran en domingo. Ese gran escritor de Ciencia-Ficción que fue Pascual con el nombre inmortal de George H. White y a veces también con el de Van S. Smith sobre todo para las narraciones del Oeste. Aquellas novelitas que nos chutábamos en vena y nos convertirían en indomables adictos a la literatura. La vida de Silvestre de Edeta, con sus esculturas universales, y la que conocí de José Manaut por sus dibujos en la cárcel después de la guerra ganada por el fascismo, ese mismo fascismo que hoy intenta volver rabiosamente a sus laureles. Desde la plaza de Partidors no se ven las cimas del Monasterio de Sant Miquel y los restos de Santa Bárbara, pero aquí me empitonó un toro cuando tenía quince años y hacía el gilipollas como si fuera una mala copia de Sánchez Mejías en un poema de García Lorca.
Cancha de asfalto y de canasta
Yo era más de fútbol que de básquet. Pero Llíria siempre fue de cancha de asfalto y de canasta. Un año entero -con Vernon Smith y Dan Palombizio de novedades extranjeras- escribí para este diario las crónicas de los partidos, destacaba lo que sucedía en la cancha sin tener ni idea de un deporte que aún hoy sigue siendo la estrella en la vida del pueblo. Y digo pueblo porque Llíria nunca perdió -a pesar de haber crecido tanto en población y en todo- esa condición de inocencia y de nobleza que yo conocí cuando llegué allí no sé qué día de 1958. Un pueblo en que la música de la Unió, la Primitiva y las Rondallas vertebran la vida de la gente y es como esa terraza, tras la iglesia de la Sang, desde donde se ven no sólo los tejados sino también y sobre todo el alma de las casas.
Los sitios cuentan una historia. Y en mi vieja Edeta siguen por las calles empinadas de su trazado medieval los sueños que una mañana de domingo asomaban alegremente por las esquinas, por las pequeñas plazas, por la memoria de una ciudad que felizmente nunca perdió de vista sus orígenes. Si se animan, este mismo paseo pueden hacerlo ustedes cuando les apetezca. Ojalá acepten esta invitación, ¿vale? Seguro que me lo agradecen. Seguro.
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