Opinión
Tipología de villanos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Europa Press
Desde que Trump ordenó secuestrar/extraer a Nicolás Maduro, vivimos en plena vorágine de un sobresalto a otro. Que si Venezuela va a cederles el control de su petróleo a los EE. UU (una manera elegante de decir que se lo van a robar), pero que el control del país lo seguirá ejerciendo la cúpula chavista mientras Corina, la presunta restauradora de la democracia, se queda para vestir santos. Item más: que si necesitan Groenlandia y se la van a quedar con todas sus reservas minerales, por las buenas o por las malas (yo también necesito ampliar mi vivienda porque ya no me caben los libros, así que voy a ver si me anexiono la del vecino, aunque vista la cara que se le puso cuando se lo adelanté, me temo que tendrá que ser a las duras). ¿Y qué me dicen de Irán, esos chiítas tan malos?: por ahí anda el zarevitch Palevi, el hijo del Sha destronado, diciendo que va a restaurar la democracia, como si no resultara evidente que lo que le interesa a Trump es el petróleo y que se le da una higa de la falta de democracia en Irán y del relegamiento sistemático de los derechos de la mujer. Trump también ha asomado la patita en Nigeria, donde bombardeó el estado islámico del noroeste “para frenar el genocidio de los cristianos” de dicho territorio: casualidades de la vida, este país atesora grandes reservas de petróleo. El único lugar sospechoso que no ha bombardeado es Cuba, seguramente porque la pobre no tiene ni gota de petróleo: aquí Trump amenaza y tal, pero es mero postureo.
Dicen que el presidente de los EE. UU. está loco. No creo, alguien que solo actúa de acuerdo con sus intereses no está loco, simplemente es un inmoral. Incluso su decidido apoyo a Netanyahu para proceder a la destrucción total de Gaza tiene una lógica subyacente, en este caso la del constructor que luego se propone convertir toda la franja en un gigantesco resort, según ha llegado a anunciar él mismo. Antiguamente habríamos dicho que es un tipo malo, malísimo. Pero este calificativo, que tiene en el DELE una docena de sinónimos que lo matizan, no explica lo que está pasando porque malos los hay a miles en la historia política del mundo y este Trump no se parece a ellos. El que más se le aproxima es Adolf Hitler, un personaje que rompió todas las normas establecidas y que acabó conduciendo a Alemania al desastre. Sospecho que el destino de Trump (falsamente marcado por el apellido de su abuelo, Trumpf, que significa “triunfo en el juego”) va a ser parecido cuando el mundo acabe rebelándose contra el tirano y sean los estadounidenses los que paguen los platos rotos. Sin embargo, su carencia absoluta de ideología lo diferencia del líder nazi, el cual creía en los sofismas del antisemitismo y del racismo. Entre los malos, veo a Trump más cerca de los clásicos conquistadores incapaces de detenerse en sus correrías, tipo Atila, Tamerlán o Gengis Khan. Sin embargo, pese a lo que hicieron, no dejan de admirarnos porque eran valientes, personalmente desinteresados y obraban al servicio de una idea de mestizaje y de cultura de la que el turista de Mar-a-Lago no parece tener noticia. Algunos periodistas han destacado que el universo narrativo de Trump es el de los superhéroes y supervillanos del comic. Es una sugerencia interesante: yo me inclinaría por compararlo con Lex Luthor, el antagonista de Superman, un personaje siniestro, inmensamente rico y con una ambición insaciable, calculador y vengativo. Sin embargo, aunque Trump sea así, Luthor era muy inteligente y un científico destacado, lo que desde luego no sucede en el caso del presidente de EE.UU.
Después de darle vueltas, he encontrado su verdadero alter ego en los tebeos, pero en los de otro tipo. He llegado a la conclusión de que el villano del comic que de verdad prefigura al presidente Trump es el conde Kraffa. Los lectores más jóvenes probablemente no sepan quién fue este personaje de la serie “El Capitán Trueno” de la editorial Bruguera. Se trataba de un tipo gordo y cobarde que se había apoderado de una ciudad de Palestina en la época de las cruzadas tras asesinar al general de las tropas cristianas. Cuando los protagonistas de la serie llegan a dicha ciudad, se enteran del naufragio de la nave en la que viajaba la novia del héroe, que era la reina de Thule en Groenlandia (¿les suena?), y acto seguido son apresados y encerrados en las jaulas de un inmenso zoológico de prisioneros políticos. De niños, este episodio nos llamaba la atención porque el malo (siempre había uno) era alguien que se había aprovechado de la legalidad vigente para usurpar el poder, no un guerrero, aunque villano, que se había impuesto por la fuerza a los demás. Tampoco Trump alcanzó la presidencia de EE.UU. saltándose las reglas democráticas, pero cuando tuvo que revalidarla lanzó a sus energúmenos a la toma del Congreso. Nada nuevo bajo el sol. El conde Kraffa cayó. Al presidente Trump le pasará lo mismo. Y si no, al tiempo.
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