Opinión
La vida de los otros, cuando las víctimas no tienen nombre

Camiseta de una persona con una supuesta fotografía de Maduro / CARLOS RAMIREZ
Resulta difícil borrar de la memoria las imágenes que hemos contemplado de forma reiterada desde que se produjo la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Más allá de los análisis geopolíticos y estratégicos que se han multiplicado, queda una sensación inquietante: la de una pérdida progresiva de las garantías que sostienen el derecho internacional.
No es la primera vez que una potencia interviene militarmente en un país extranjero. Sin embargo, en esta ocasión ha resultado especialmente impactante la contundencia, y la ausencia de complejos, con la que se ha descrito la actuación. No ha existido un esfuerzo visible por buscar un paraguas legal o una justificación legitimadora: el uso de la fuerza se ha presentado como argumento suficiente.
Igualmente, obscena ha sido la secuencia de acontecimientos posteriores a la operación militar. Lo que en un primer momento podía interpretarse como el intento de poner fin a una dictadura y abrir el camino a un proceso democrático ha dejado de ser prioritario. Las declaraciones posteriores del gobierno estadounidense, tras la captura de Maduro, han girado casi exclusivamente en torno a intereses económicos, directamente relacionados con la explotación del petróleo venezolano. Todo ello sin un calendario claro que permita a los propios venezolanos decidir su futuro.
Hasta aquí, las observaciones que se repiten en la mayoría de los medios. Sin embargo, hay un aspecto que me ha impactado especialmente y que, a mi juicio, no ha recibido la atención ni la repercusión que merece, pese a su enorme gravedad.
En su primera intervención pública tras la captura de Maduro, Donald Trump afirmó con rotundidad que la operación había sido quirúrgica, limpia y sin víctimas. Una afirmación que chirriaba frontalmente con las imágenes de Caracas bombardeada y con la simple evidencia de lo que implica cualquier ataque armado.
La afirmación del presidente estadounidense era, en realidad, profundamente parcial. Sus palabras parecían referirse exclusivamente a las fuerzas armadas norteamericanas. Poco a poco, y de forma opaca, han comenzado a aparecer informaciones que hablan de más de treinta muertos en los servicios de seguridad presidencial y de una cifra indeterminada, en torno al centenar, de personas fallecidas como consecuencia de los bombardeos. Un dato que contrasta de manera brutal con la declaración inicial de que no había habido víctimas. Esas personas muertas, al parecer, no adquieren la condición de víctimas. No tienen nombre, no tienen historia, no tienen familia. No ha habido palabras de condolencia ni gestos de reconocimiento hacia ellas. Simplemente, no existen en el relato oficial.
La conclusión es inquietante: la vida de los otros no vale lo mismo que la de los nuestros. Un peligroso salto al vacío que implica la deshumanización del enemigo, que deja de tener alma y cuerpo en el momento en que se enfrenta a la potencia que actúa como juez, jurado y verdugo, aplicando las leyes únicamente en beneficio propio.
Nada de esto es completamente nuevo. Sería ingenuo pensar que asistimos a un fenómeno inédito. Lo verdaderamente preocupante es la ligereza y la desfachatez con la que estas actitudes se exhiben, casi como un aviso a navegantes. El objetivo es claro: generar la herramienta más poderosa, el miedo. Mostrar el ataque prácticamente en directo y exhibir al capturado ante las cámaras, televisado para todo el mundo, como demostración de poder hegemónico.
Esta forma de ejercer el poder nos arrastra peligrosamente hacia un pasado que ya conocemos y cuyas consecuencias fueron devastadoras. Nos enfrentamos, además, a una paradoja inquietante: celebrar la caída de un dictador bajo la batuta de comportamientos que vulneran el orden internacional y que difícilmente pueden considerarse un ejemplo de práctica democrática.
Si la primera parte de este siglo ya ha sido inquietante, el inicio del año resulta directamente estremecedor. Europa se construyó sobre la memoria del desastre, sobre la convicción de que el derecho debía imponerse a la fuerza y la dignidad humana ser un principio irrenunciable. Mantener vivos esos valores exige pedagogía, memoria y valentía política. Callar, relativizar o minimizar lo que estamos viviendo no es neutralidad: es demostrar que los misiles del miedo han causado efecto. El silencio y la indiferencia son el principal aliado de quienes quieren imponer ese tiempo nuevo.
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