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Opinión | La veleta de papel

Desencanto

Mujer con evidentes signos de decepción.

Mujer con evidentes signos de decepción. / L-EMV

Existen infinidad de macro o micro íntimas traiciones, externas o autoinfligidas, tanto unas como otras tienen tres elementos comunes: dolor, aprendizaje y nostalgia. Los desencantos duelen mas enseñan a la fuerza a superar dependencias simplemente innecesarias. Soslayaré desengaños sentimentales y derivas hereditarias, ambas tratan de un equivocado sentido del derecho sobre personas o cosas, que necesitarían más de un artículo en exclusiva para ellos. Donde la ambición justifica actitudes o deseos: habrá dolorosa pasión.

Siendo jóvenes, con ilusión y deseo, nos esperanzamos en una meta de difícil logro, que con el tiempo se traspapelará en el baúl de los silencios. Muchos otoños después, comprobamos que en pocos casos alcanzamos aquello que queríamos ser, y somos alguien diferente que las circunstancias crearon. Ni misioneros ni médicos. Sin excusas baladís somos los responsables de ser, la mayor de las veces, una versión mala o distinta de lo que quisimos ser, parapetados tras la máscara del posibilísimo realista. Somos el primer desencanto.

Desgraciadamente en ocasiones algunas de las personas, que deberían vivir siempre o al menos más que nosotros, se nos adelantan, sin avisar, subrepticiamente, sin pedir permiso, sin esperarlo, sin poder evitarlo. En lo más alto del amor (ágape o eros) se van, dejándonos absolutamente desamparados sin rumbo, con una montaña de recuerdos y un océano de ilusiones que nunca se realizarán. Nosotros, vitalistas por naturaleza, que existimos sin pensar ni un minuto en el final, nos encontramos cara a cara con la muerte, real pero siempre ajena. Una desoladora frustración.

Los amigos o amigas forman parte del existir, con tanta intimidad o más que las parejas, incluso perduran más. En ellos o ellas confías, te desnudas más fácilmente que con un amante, pues no tienes que impostar para impresionar o seducir, eres absolutamente libre. Mas a veces alguien querido, te traiciona defraudándote por cualquier motivo; para ti espurio y doloroso. Dejan un vacío difícil de llenar aunque no queramos reconocerlo. Otra amarga decepción.

Nuestro club social (falla, club de futbol, peña, comparsa, etc.) nos provoca un sentimiento de pertenencia (a veces) superior a la familia, una vinculación vital y necesaria que nos hace felices; una sensación de amor que no precisa explicación justificativa. Sus éxitos y fracasos, son nuestros. Lo sustentamos con dinero, esfuerzo e ilusión, porque es el lugar donde somos algo más que individuos aislados. Sin embargo no es hogar ni refugio, ni propiedad, evidenciándose cuando entran en juego los egos, aunque sea por minucias. Descubrir esa verdad, es un doloroso desengaño.

El pueblo o barrio donde transcurre nuestro vivir cotidiano, es un hábitat que necesitamos cordial, porque es ahí, en la cercanía de sus calles donde rompemos el aislamiento en que a veces nos encerramos. Aunque ahora no parezca evidente porque el mundo aparenta ir por otras latitudes, son los vecinos parte de una red social amplia que ancla a un lugar determinado y favorece el desarrollo de la poliédrica personalidad humana. Es el gran almacén de recuerdos comunes que merecen la pena guardarse. Atacarlo, vulnerarlo, menospreciarlo es parte de un proceso deshumanizador que provoca grandes amarguras.

Incluso para algunos en la Iglesia (como institución humana), que debería ser el lugar más amable, acogedor, solidario y fraterno, nos llevamos más de un doloroso desencanto. Quien debe servir, se sirve egoístamente sin recato, quien debe callar habla en demasía, quien debe ser célibe es promiscuo, quien debe ser humanista es sectario, los que deben orar con fe, no la tienen. Mas en Dios no hay desengaño. Tal vez seamos nosotros (consciente o inconscientemente) causantes de muchos desencantos. Usted ¿no lo cree?

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