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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Contenedor o castigo

El Ayuntamiento de València ha establecido multas de hasta 3.000 euros para quienes depositen residuos fuera de los contenedores

Basura fuera de los contendores.

Basura fuera de los contendores. / Levante-EMV

En València basta con mirar al suelo para comprobar lo anticuados que han quedado los versos del pasodoble de las flores y el perfume de los huertos de azahar. La cartografía real de la ciudad es un rastro de colillas como confeti triste, chicles fosilizados, excrementos, grafitis y bolsas de basura en doble fila junto a contenedores malolientes y repletos —sobre todo en Ciutat Vella— y, como premio al ingenio y a la poca gracia, una estoreta velleta que ha decidido emanciparse junto a sofás, sillas y mesas.

El Ayuntamiento ha puesto, por fin, un precio justo a esa mala práctica del costumbrismo mediterráneo. Colilla: hasta 1.500 euros. Bolsa fuera de sitio: hasta 3.000. Residuos en la vía pública: de 750 a 3.000. Escupitajo o necesidades fisiológicas en la calle: lo que cueste la vergüenza, más la multa. La autoridad municipal ha tenido a bien publicar la tabla de tarifas del decoro vecinal como aviso final.

Las ordenanzas no limpian. Por eso, más allá de la obligación consistorial, hay que exigir mejores servicios de saneamiento durante todo el día, contenedores con una ubicación racional y una recogida de voluminosos que llegue cuando llamas al teléfono pertinente, y no cuando ya has heredado el sofá y la mesa. València necesita una limpieza constante, porque si la multa cae sobre el despistado y olvida al reincidente, el objetivo de la ordenanza se desvirtúa. El vecino que baja la basura no debe pagar el vicio del profesional del escombro, que casi siempre aparece de madrugada. Como los jovenzuelos del botellón, otro fenómeno que requiere una reflexión.

La teoría está; pero hay que sancionar con puntería y, además, vigilar a las contratas para que cumplan los pliegos municipales, algo que se ha pasado por alto en el borrador conocido. Si no, seguiremos viviendo entre una suciedad cotidiana y persistente. Aquella estoreta velleta que se utilizaba para transportar los trastos donados por los vecinos y que luego se quemaban durante las Fallas precisa ahora de servicios diarios, como en las primeras semanas de marzo y como corresponde a la metrópolis moderna que es.

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