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Opinión

La Ilustración Oscura y trumpismo, el espejismo del orden autoritario

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos / Europa Press/Andrew Ley

En la última década, un grupo de pensadores norteamericanos —autodenominados “herederos de la Ilustración Oscura”— ha levantado una bandera contra los valores de la democracia liberal, del liberalismo contemporáneo. Son personajes como Curtis Yarvin -conocido en redes como Mencius Moldbug-, Nick Land, o Alex Carp defendiendo la idea de que la democracia liberal ha degenerado en una maquinaria igualitarista y decadente en lugar de promover la libertad. Su solución: un retorno al orden, a la jerarquía, a la voluntad de poder, y a una forma digital y tecnocrática de monarquía.  A esa factoría de ideas se refiere José Luis Villacañas en su artículo 'Delirio MAGA' en Levante-EMV del pasado 27/12/2025. Acertadamente Villacañas califica a Yarvin de “ultraderechista y defensor de la dictadura”.

Estas ideas, en apariencia marginales, encuentran un eco inquietante en la mentalidad y el discurso político de Donald Trump y su movimiento MAGA. Aunque Trump no es un filósofo ni un lector de Curtis Yarvin -sí es que lee algo más allá de una cuenta de resultados contables-, su retórica populista y su desprecio por las normas institucionales de la democracia sintonizan con la nostalgia autoritaria que impulsa la Dark Enlightenment. Todos ellos comparten un enemigo: el establishment liberal democrático, al que acusan de corrupción moral y debilidad cultural.  

La Ilustración Oscura parte de una paradoja: reclama racionalidad y realismo político frente al “idealismo moral” de la modernidad, pero termina glorificando el poder duro y desnudo. Yarvin defiende que la humanidad necesita un liderazgo fuerte, casi corporativo, que sustituya las democracias por estructuras jerarquizadas. Trump, desde un plano empírico y mediático, encarna ese mismo deseo de verticalidad: se presenta como el único capaz de “poner orden”, desprecia la prensa libre, manipula los hechos y se dirige directamente a su público como a súbditos fieles, no como a ciudadanos deliberantes.  

Ambos fenómenos comparten un diagnóstico pesimista de Occidente: la idea de que la igualdad y la inclusión son signos de decadencia. Pero si bien la Ilustración Oscura inicialmente se concibió como una crítica elitista contra la democracia, fueron las redes sociales —el espacio más democrático y desregulado de la historia— las que le dieron voz y alcance global. En un giro irónico, la infraestructura creada para conectar a las personas se convirtió en el mejor vehículo para propagar ideas que desprecian la participación pública, la pluralidad y el debate racional.  

Y es que YouTube, X (antes Twitter) o Reddit funcionaron como laboratorios del neorreaccionarismo norteamericano. A través de memes, foros y 'hilos' pseudointelectuales, los conceptos complejos de autores como Nick Land o Curtis Yarvin se simplificaron en consignas virales: el desprecio a lo 'woke', la exaltación del 'orden' y la nostalgia por una autoridad fuerte. Los algoritmos, diseñados para maximizar la atención más que la reflexión, actuaron como catalizadores del radicalismo: cuanto más provocador el mensaje, más visibilidad obtenía.  

Donald Trump fue el rostro perfecto para este ecosistema. Su presencia permanente en redes, su estilo agresivo y su habilidad para transformar la política en espectáculo convirtieron al algoritmo en su mejor aliado. Cada tuit funcionaba como una granada retórica que desplazaba el análisis racional por la reacción emotiva. Así, el caos digital reforzaba la narrativa neorreaccionaria: el sistema es débil, la prensa miente, y solo un líder fuerte puede restaurar el orden. En Europa le han nacido alumnos aventajados en esa escuela: desde Santiago Abascal hasta Vikctor Orbán, pasando por Marie Le Pen.

Las redes no solo difundieron discursos, también moldearon mentalidades. Generaron comunidades cerradas donde el feedback loop del resentimiento convierte la sospecha en certeza. En esos espacios, las tesis de la Ilustración Oscura perdieron su carácter de elitismo filosófico y se transformaron en cultura política de masas: memes como doctrina, indignación como identidad.  

El resultado es un nuevo tipo de autoritarismo emocional, perfectamente adaptado al siglo XXI. Ya no necesita censura ni propaganda vertical; se reproduce orgánicamente a través del ruido, la ironía y la desinformación. Los líderes populistas no imponen su poder: simplemente lo encarnan en un flujo ininterrumpido de mensajes que seducen más por su energía que por su verdad.  

Pero la crítica no basta. Si algo ha demostrado el avance del pensamiento neorreaccionario y su traducción en fenómenos políticos como el trumpismo es que el vacío dejado por las democracias liberales —su desconexión con los sentimientos de pérdida, inseguridad o desconfianza ciudadana— termina siendo ocupado por narrativas autoritarias. La respuesta no puede ser el desprecio moral ni la superioridad intelectual, sino una reconstrucción del contrato democrático sobre nuevas bases: emocionales, digitales y comunitarias.  

La democracia del siglo XXI necesita reapropiarse del espacio digital. Las redes no deben ser terreno exclusivo del populismo o la desinformación. Esto implica impulsar alfabetización mediática en todos los niveles educativos, promover plataformas transparentes y exigir responsabilidad algorítmica a las grandes empresas tecnológicas. La libertad de expresión no puede seguir siendo excusa para la propagación masiva de la mentira como herramienta política.  

También recuperar la confianza en la deliberación pública. Los discursos autoritarios prosperan cuando las instituciones suenan lejanas o elitistas. Si el trumpismo convirtió la política en espectáculo, la democracia debe convertirla en conversación: accesible, empática y participativa. Experimentos de presupuestos ciudadanos, paneles deliberativos y medios públicos de calidad pueden recomponer parte del tejido cívico dañado.  

Pero la tarea más profunda es defender el derecho a la duda. El espíritu ilustrado —el auténtico, el kantiano, no su versión invertida— surge precisamente de la posibilidad de cuestionar todo poder, incluso el propio. En un mundo gobernado por algoritmos, pensar, contrastar y dialogar se vuelven actos de resistencia. La Ilustración Oscura propone un futuro de control y jerarquía; Donald Trump lo encarna en la práctica política. Él y sus amigos europeos han apostado por esa oscuridad; frente a ellos, que “las luces” no sean ingenuas.

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