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Opinión

Catedrática de Derecho Internacional en la Universidad CEU Cardenal Herrera

¿Vuelve Visegrado al tablero geoestratégico?

El Grupo de Visegrado, creado en 1991 con el objetivo de facilitar la integración europea con una voz diferente y propia, hoy actúa como un bloque escéptico hacia la Unión Europea, excluyente con los extranjeros y crítico con principios básicos del Estado de Derecho

Países de Visegrado reclaman rapidez en compra y distribución de vacunas

Países de Visegrado reclaman rapidez en compra y distribución de vacunas

Estamos ante un tablero político y geoestratégico cada vez más convulso e irreconocible. Las reglas de juego que nos dimos tras la Segunda Guerra Mundial y que, con todos sus defectos, han evitado una Tercera, están patas arriba. El andamiaje supranacional representado por la Unión Europea -durante décadas un envidiado modelo de prosperidad, crecimiento en riqueza y número de Estados miembros, estabilidad, derechos humanos, democracia y Estado de Derecho-, empieza a mostrar claros signos de fatiga. La aparición de populismos y líderes con tendencias autocráticas ha dejado de sorprender. Y ocurre tanto en Europa como en América, como causa directa de esta situación mundial tan lamentable como peligrosa.

Dejando al margen el daño al Derecho Internacional y al propio Estado de Derecho que suponen acciones como la invasión del territorio de otro Estado, el sabotaje y hostigamiento cibernético de infraestructuras críticas, el hundimiento intencionado de buques civiles, el intento decimonónico de comprar territorios, las represalias armadas y desproporcionadas, la persecución sistemática y desplazamiento forzoso de pueblos enteros y minorías, o la toma del control de Estados sin el respaldo de Naciones Unidas, conviene reconocer que la propia Unión Europea tiene serios problemas para proteger el Estado de Derecho.

La Unión ha sido durante décadas reducto de paz, libertad, tolerancia y consenso en torno a los derechos humanos y al principio de legalidad. Sin embargo, ese consenso parece hoy resquebrajarse. Desde 2010 convivimos en la Unión con un líder que ha mutado en autócrata y que define su país como una “democracia iliberal”: el húngaro Orbán. Junto a él, en Polonia cohabitan un primer ministro liberal y europeísta, Tusk, con un jefe de Estado iliberal, Nawrocki, dispuesto a vetar sistemáticamente las iniciativas del gobierno. En Eslovaquia la situación no es mejor tras el regreso al poder del voluble Fico, aliado de Orbán y abiertamente prorruso. Y por si esto no fuera suficiente dolor de cabeza para la Unión, en diciembre fue elegido en la República Checa el magnate Babiš, representante del ala más dura y euroescéptica del arco parlamentario del país.

Todo ello ha hecho saltar las alarmas en una Europa cada vez más debilitada, irrelevante en el plano internacional y crecientemente cuestionada en su interior, con agricultores y ganaderos en pie de guerra porque la PAC amenaza su futuro, cuando no su presente; con un temor creciente hacia el antiguo aliado transoceánico, hoy percibido como un adversario imprevisible y amenazante; y con demasiados frentes internacionales abiertos simultáneamente: Ucrania, Groenlandia, Venezuela, Gaza, Irán, Sáhara, Sahel o la guerra arancelaria, entre otros asuntos de enorme gravedad.

Aquí tenemos nuestros propios problemas con el populismo de izquierdas, marginal en términos de voto, pero desproporcionadamente influyente gracias a su capacidad de bloqueo parlamentario. Sin embargo, para la Unión el mayor peligro parece venir hoy de la mano de ese grupo de miembros -Hungría, Polonia, Eslovaquia y Chequia- que están rescatando una antigua alianza: el Grupo de Visegrado. Creado en 1991 con el objetivo inicial de facilitar la integración europea con una voz diferente y propia, hoy actúa de facto como un bloque escéptico hacia la Unión, excluyente con los extranjeros y crítico con principios básicos del Estado de Derecho.

La creación del grupo no impidió a esos países adherirse a la Unión en 2004. Durante años, las sucesivas alternancias electorales parecieron diluir la alianza, con gobiernos de corte liberal y europeísta tomando el timón. Quizá cantamos victoria demasiado pronto. Más que desaparecida, la alianza estaba en hibernación. Las últimas elecciones en estos países han producido un claro escoramiento hacia posiciones prorrusas, antieuropeas, iliberales y antidemocráticas, que dicha alianza podrá aprovechar para, si no imponer sus criterios, al menos intentar bloquear la toma de decisiones en asuntos críticos para la Unión.

Visegrado está de vuelta y lo hace en el peor momento para Europa y para el mundo. No es buena noticia. Sin embargo, en abril se celebrarán elecciones parlamentarias en Hungría y Fidesz parece rezagado respecto al partido opositor. Habrá que estar atentos.

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