Opinión | El día del señor
Lucecita roja

Exministro Pedro Solbes, comisario europeo de Economía cuando se introdujo el euro. / LEV-EMV
Desde hace unas semanas voy sintiendo algo así como el temor preventivo por lo que es la debida correspondencia entre Presupuestos Generales del Estado y prioridades de ese mismo Estado, vamos que habrá que ver si tenemos relleno para encajar los golpes de la odiosa fortuna o que la alegría en casa de los pobres sea un clásico que se repite cada cierto tiempo, como la canción del verano.
Consulto esa misma posibilidad con una amiga que cuenta, calcula y sabe de primas de riesgo y otros arcanos macroeconómicos y sufre el mismo síndrome que yo, pero con alarma. Me recuerda al tino que mostró en la radio, un día de 2012, el vicepresidente del país –en aquel momento Pedro Solbes, me parece–, cuando proclamó “que aún había margen para el gasto”, no sé si sólo el privado y familiar que, de todos modos, tiende a ser público: todo se sabe.
Y eso fue dicho y hecho en plenas restricciones para las clases trabajadoras (y jubiladas) y coincidentes con historias de elefantes en Botsuana y caderas rotas. No quiero abonar las razones de los funestos ni la tristeza de un poeta latino en el exilio, solo y nada menos que fijar nuestras prioridades y si saben un poco de economía sanitaria y de planes de estudio, por favor, pasarles el micro o el estudio correspondiente, ¡qué bien!
El Estado (al menos el español) no puede parecerse a Lenin que, de momento, puede hacer poco, o muchísimo si se conforma con mirar y comentarlo en la célula. De armas, lo justo.
Ignacio Peyró es un tipo que escribe muy bien y no solo de cocina, como cuando dice: la gente proclama cosas que tampoco podría sostener “que los Presupuestos Generales del Estado son “materia opcional, política viejuna”.
Solo trataba de expresar un estado de ánimo que en estos meses apocalípticos puede y debe considerarse como mera prudencia y si no beberemos Malavella que serena mucho la mente. Contabilidad y prioridades. Es decir que, de momento, me conformo con que se encienda una lucecita roja, ¡malditos automatismos! de mi coche alemán. Me encantaría equivocarme o al menos equivocarme con buen ambiente. En Groenlandia, bien, gracias. Y frescos.
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