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Opinión

València

¿Make (Latin) America Great Again?

Trump no es un monstruo surgido al margen del sistema, sino una figura profundamente coherente con una tradición larga y bien documentada del ejercicio del poder estadounidense

Trump durante una de sus múltiples declaraciones públicas.

Trump durante una de sus múltiples declaraciones públicas. / LEV-EMV

Durante mucho tiempo he asumido que la reflexión pública exige una forma particular de disciplina intelectual, una suerte de demora consciente frente a la urgencia del comentario inmediato. Mi formación académica, atravesada por un latinoamericanismo que no es solo campo de estudio, sino también posición epistemológica ante el mundo, me ha llevado a privilegiar la lectura paciente, la escucha prolongada y la contextualización histórica antes de cualquier toma de palabra. Sin embargo, incluso esa cautela se vuelve insuficiente cuando el presente comienza a reproducir el pasado con una insistencia casi obscena. Hace unas semanas, comentando con mis compañeras la incursión de EE UU en Venezuela, una de ellas hizo visible su voluntad de no opinar, y no lo hizo desde la indignación o la sorpresa, sino desde la sensación del agotamiento histórico y la impresión de que el mundo vuelve a organizarse según coordenadas que creíamos, si no superadas, al menos parcialmente contenidas.

La figura de Donald Trump ha sido abordada con frecuencia desde el registro de la anomalía. Se le describe en no pocos medios periodísticos como una aberración grotesca en el curso de la democracia liberal, un accidente histórico explicable por el deterioro institucional y la expansión del populismo. Esta lectura, aunque tranquilizadora, resulta analíticamente insuficiente. Trump no es un monstruo surgido al margen del sistema, sino una figura profundamente coherente con una tradición larga y bien documentada del ejercicio del poder estadounidense. Más que un líder imprevisible, es un burócrata con un proyecto reconocible, alguien que ha comprendido, y sabido explotar muy bien, los márgenes de maniobra de una potencia acostumbrada a operar bajo la lógica de la impunidad permanente. Su despotismo no es caprichoso ni errático, sino estrictamente funcional: es decir, no introduce una disrupción en el orden existente, sino que lo hace visible, al exponer sin mediaciones las formas de coerción que habitualmente permanecen veladas en nuestra política internacional.

La historia contemporánea ofrece suficientes ejemplos como para relativizar cualquier pretensión de novedad o de sorpresa al respecto. La intervención en Irán en 1953, con el derrocamiento de un gobierno democráticamente elegido por cuestionar el control externo de sus recursos estratégicos, inauguró una secuencia de inestabilidad cuyos efectos siguen estructurando la región. En el Congo, a partir de 1960, la injerencia estadounidense en un proceso de descolonización frágil mostró hasta qué punto la soberanía podía subordinarse a equilibrios geopolíticos definidos desde el exterior. Vietnam, entre 1955 y 1975, evidenció el alcance devastador de una guerra sostenida por abstracciones ideológicas incapaces de asumir su costo humano. Chile, en 1973, confirmó que la democracia latinoamericana era tolerable solo mientras no alterara determinados intereses estratégicos. Irak, en 2003, cerró momentáneamente el círculo con una intervención abierta, jurídicamente insostenible, legitimada por ficciones que desembocaron en una catástrofe humanitaria de largo alcance. No estamos ante una acumulación casual de episodios, sino ante una regularidad histórica que solo sorprende a quien insiste en no reconocerla.

En este punto conviene detenerse en la relación entre crisis y ejercicio del poder. El impacto generado por sus intromisiones, ya sean económicas, políticas o bélicas, no actúa únicamente como una consecuencia indeseada de los conflictos, sino que con frecuencia se convierte en el terreno sobre el que se hacen posibles transformaciones profundas que, en condiciones de normalidad democrática, encontrarían una oposición mucho mayor. En este entramado, resulta difícil negar que Venezuela ocupa un lugar estratégico central. No solo por el peso de sus recursos, más bien por su condición de umbral geopolítico para América Latina en su conjunto. Es en ese punto donde el viejo proyecto salvador y paternalista de Estados Unidos reaparece con una naturalidad inquietante, revistiendo al dólar con el disfraz de la tutela externa como principio de legitimación. Ahora bien, reconocer la larga historia de intervenciones en la región no equivale nunca a negar la tragedia interna venezolana ni a desoír la voz de sus ciudadanos. La eventual liberación del país puede ser, y de hecho es, deseada por amplios sectores de su población tras años de violencia, precariedad y miedo. No obstante, la cuestión decisiva es si esas promesas de emancipación no acabarán desembocando, una vez más, en formas renovadas de dependencia extrema.

La tarea del pensamiento crítico difícilmente puede reducirse a la indignación automática

La experiencia histórica demuestra, y ojalá esta vez nos equivoquemos, que cuando las transformaciones se imponen desde fuera, incluso cuando se presentan envueltas en discursos redentores, sus efectos tienden a ser duraderos y profundamente desestabilizadores. Trump no inaugura esta lógica, pero la ejecuta sin ambages, liberada de cualquier pretensión de disimulo. Frente a ello, la tarea del pensamiento crítico difícilmente puede reducirse a la indignación automática o al gesto moralizante; exige, más bien, un diálogo constante con la memoria y la insistencia en recordar que la geopolítica no es un tablero abstracto, sino una sucesión de decisiones cuyos costos recaen de forma sistemática sobre sociedades concretas. Tal vez la pregunta que queda no sea quién puede “hacer grande” a otros, sino si seguimos dispuestos a aceptar que esa grandeza se defina siempre desde fuera. Con todo, quiero pensar que, quizá, la desesperanza que escuché aquella tarde no fuera resignación, sino una forma de lucidez histórica para empezar a cuestionarnos sobre ello.

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