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Opinión

València

Tal para cual

Uno de los vagones descarrilados en Adamuz

Uno de los vagones descarrilados en Adamuz / Europa Press

Vienen de la barbarie. No se cansan de triturar la verdad para convertirla en un espeso grumo de mentiras. Les da igual la vida de la gente. La máscara de cinismo en la cara de Abascal es su manera de contarle al mundo que la razón no cuenta para ellos, que para ellos sólo cuenta el estatuto más cruel de lo inhumano, ver cómo en las vidas y las casas de la gente se muere la esperanza. Son carroñeros de esa esperanza. Cuando ven aparecer por el horizonte el anuncio de una tragedia se lanzan sobre ella como bestias, escarban en las profundidades del dolor y lo convierten en un despreciable manual de iniquidades para dinamitar el duelo y sus derechos. La maldad es su biblia y sus páginas son también la guía que mueve a algunos jueces a admitir a trámite sus delirios golpistas.

Ya lo hicieron los de Vox cuando las barrancadas de la dana. No ayudaron en ningún momento a quienes la sufrieron. Al revés. Ni una palabra de compasión o cercanía con las víctimas. Sólo erigirse como los peores voceros de la antipolítica, como dinamiteros de la solidaridad en los momentos más duros de la desgracia, como pirómanos que disfrutan prendiéndoles fuego a las pocas alegrías que podemos disfrutar cuando soñamos con los ojos abiertos. No saben nada de sueños, les va la marcha zombi de convertir los sueños en una insoportable pesadilla. Son los mensajeros del miedo. La mala gente que, como cantaba Antonio Machado, «va apestando la tierra».

Los trenes de Adamuz eran un amasijo de muerte y de chatarra y ahí Vox, desde el primer instante, gritando la culpabilidad de un «gobierno mafioso». Los millones de euros regalados a Marruecos para cuidar sus trenes mientras los nuestros se estrellan en la recta de una vía cordobesa. Y así todo lleno de bulos y mentiras mientras las familias de las víctimas y quienes sobrevivían al desastre se preguntaban cuánta vida quedaba entre los vagones siniestrados. Les importa una mierda el sufrimiento de la gente. Se burlan con sonrisita de hiena de ese sufrimiento. Y para más vergüenza: cada tragedia humana se traduce para ellos en un aumento de votos en cualquier encuesta electoral. En sus papeletas está impresa con tinta invisible el trazado deplorable de una venganza histórica: la democracia es una traición a esa dictadura franquista que aman por encima de todas las cosas. Mientras los perros adiestrados de la Guardia Civil buscaban supervivientes entre los trenes de Adamuz, los de Vox (tan de misa diaria en las sacristías del odio) echaban cuentas a tantos votos por muerto y desaparecido.

Seguro que, aunque nos parezca incomprensible, la tragedia ferroviaria aumenta esa cuenta. Mucha gente decente se pregunta si quienes los votan son así de miserables, si también transforman la desgracia propia o ajena en un valor electoral, si gozan como cosacos viendo cómo el sufrimiento le quita a mucha gente las ganas de vivir. Yo digo que quienes se creen sus bulos es que son como ellos. Disfrutan señalando a inmigrantes aunque para sus tareas agrícolas y sus trabajos domésticos los contraten con sueldos de miseria. No sólo se creen los bulos y mentiras de Vox sino que les hacen de altavoces para que las redes y los medios ultras multipliquen ilimitadamente sus consignas.

Y con Vox, ahí está el PP riéndole las gracias, abrazando sus políticas engañabobos, imitando sus proclamas contra la más que necesaria, imprescindible, convivencia democrática. Sin ir más lejos, el nuevo presidente de la Generalitat, Juan Francisco Pérez Llorca, dice que no quiere participar en la polarización política pero, con el dolor enredado todavía entre los hierros de Adamuz, no ha tardado en echar en cara al gobierno la poca atención prestada a nuestras infraestructuras ferroviarias. Nada de extraño tiene esa reprimenda, en la línea de Vox y los altos mandos del PP, si tenemos en cuenta que desde el principio de su nombramiento mostró la buena conexión que siempre había mantenido con el partido de Abascal y ahí sigue, en el abrazo fraternal, sin condiciones, a los mandatos de la ultraderecha.

Vienen de donde vienen y desde esa altivez de clase se ceban con la gente más vulnerable y se muestran orgullosos de hacer más grandes y dolorosas las heridas de la fragilidad. Entre los hierros de los trenes en Adamuz surge su despreciable catadura de asesinos de sueños. La muerte es su consigna, como gritó un día, para ellos inolvidable, un militar legionario en la difícil Salamanca de Miguel de Unamuno. Sus perros, los de Abascal y sus votantes, no buscaban vida entre los jirones metálicos de los trenes en una vía cordobesa. Buscaban votos para las próximas contiendas electorales. Saben que una sociedad desinformada es carne de cañón para sus intereses, unos intereses que son los de los millonarios y no, como aseguran cínicamente, los de la gente más desfavorecida. Y mientras tanto, ahí está el PP tendiendo la mano a esos miserables, acatando sus órdenes, subastando la democracia a precio de ganga para que se la queden quienes la desprecian abiertamente y sin contemplaciones de ninguna clase.

La dana y el accidente ferroviario de Adamuz son un perfecto campo de operaciones para sus planes electorales. Construyen cada día un muro más alto con sus bulos y mentiras, con esa desfachatez que caracteriza sus soflamas reaccionarias. Y el PP, en vez de apostar sin excusas por los valores democráticos, se suma permanentemente a esa extrema derecha con la que, cada vez más, muestra y demuestra menos diferencias. Son tal para cual. Y tan felices.

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