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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El Micalet

La Societat Coral El Micalet defiende su legado de servicio musical y cultural, frente a las acusaciones de una compañía teatral que no acepta el fin de contrato

Societat Coral El Micalet

Societat Coral El Micalet / RLV

Esa tendencia de nuestra cultureta a victimizarse se acabó. Lo estamos viendo en la Societat Coral El Micalet, que, a pesar de haberse comportado durante tres décadas casi como una ONG con la compañía teatral que lleva su nombre, ha decidido —en pleno uso de sus competencias— rescatar el coqueto auditorio para el público en general, con la intención de impulsar su amplio programa de actividades. Pero entonces llegan los artistas y hasta acusan a los actuales gestores de la centenaria entidad de desahuciarlos.

Freud les ha jugado una mala pasada a esos dramaturgos, que llevan en el subconsciente algo de okupas. Han hecho y deshecho a sus anchas todo lo que han querido —con subarriendos dudosos y subvenciones exclusivas— a un precio módico, fuera de mercado, mientras el resto de compañías ha tenido que buscar refugio donde ha podido durante las épocas malas.

En vez de agradecer la enorme condescendencia de la SC El Micalet con el teatro valenciano, van y, a la primera, la toman con una junta directiva que pretende salvar todo un legado de servicio musical y cultural a la ciudad, artes escénicas incluidas. El problema del sector cultural valenciano se arrastra desde que su supervivencia depende solo de la tómbola de las ayudas públicas, lo que ha frustrado una auténtica industria capaz de impulsar proyectos con bases sólidas. Y, de rebote, ha creado una autoproclamada aristocracia de cartón piedra que se considera intocable por no sé cuántos servicios prestados al inventario de su bolsillo.

Siempre que alguien blande una bandera con energía fingida o considera su labor “fundamental” para una determinada causa, en nombre de no sé cuántos valores, conviene desconfiar. Menos mal que los auténticos salvadores de la SC El Micalet, con su presidenta, Gemma Pascual, a la cabeza, han resistido los habituales chantajes de esa cultureta y han contado la verdad sobre la gestión desastrosa de una compañía teatral que había hecho de un espacio ajeno un gueto. Y que, además, confunde —de forma tosca y con ánimo manipulador— la finalización de un contrato con una expulsión.

Eso, sin entrar en el reclutamiento de los pocos amigos que les quedan, con el inútil objetivo de influir en el resultado final de la junta de socios. ¿Les suena? Pues eso.

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