Opinión | BARRACA Y TANGANA
De repente me creí un caballero, por Enrique Ballester
Perfil bajo. Voluntario, ni al rancho. Si Brahim lo necesita, que me llame. Le puedo dar consejos.

Brahim desperdicia el penalti a lo Panenka en la ocasión más clara de Marruecos en la Copa de África de fútbol / Mosa'ab Elshamy / AP
Han pasado ya unos cuantos días, pero no dejo de pensar en el penalti que falló Brahim en la final de la Copa de África. En el último instante, en Rabat, el atacante de Marruecos intentó la de Panenka, pero el portero de Senegal aguantó de pie y embolsó la pelota. Marruecos perdió después la final en la prórroga.
Pasemos por alto si era penalti o no era penalti, pasemos por alto el gol previamente anulado y todas esas cosas que pasaron en Marruecos. Solo pienso cómo se recupera alguien de algo así. Pienso en el pobre Brahim y lo veo sin poder dormir, aquella misma noche. Pienso que al final se durmió, y pienso en el momento posterior a despertar, recordar y ser consciente de todo aquello. Pienso que lo peor no es perder sino quedar en ridículo. Pienso mucho en eso.
Pienso que a mí nunca me ha pasado lo de Brahim, ni de lejos, aunque una vez fallé un penalti sin portero en Castalia (pero aquel penalti no importaba). Pienso que aún me acuerdo a veces, por la noche y en la cama, de cosas que me salieron mal hace décadas. Cosas infinitamente menos trascendentales que el penalti de Brahim, pero que no se borran de la memoria.

Gianni Infantino, president de la FIFA, consola Brahim al recollir el premi al millor jugador del torneig. / JALAL MORCHIDI / EFE / EPA
Pienso, a menudo, en lo del abrigo de la profesora de valenciano. Ocurrió una tarde cualquiera, en el colegio. La profesora confiaba en mí, por lo visto: me pidió que fuera a por su abrigo, que se le había olvidado en la clase de al lado. El niño Ballester se levantó con una actitud impecable. Era un niño con inquietudes, un alumno modelo. El niño Ballester soy yo: fui a la otra clase, toqué a la puerta, pedí permiso, entré con mi mejor sonrisa de estudiante excelso y me llevé el abrigo en una maniobra perfecta. Un plan sin fisuras. Sencillo, a la par que elegante. Una operación de alto valor estratégico.
Me crecí
Regresé a mi clase con espíritu triunfal. Con el ánimo, la confianza y el orgullo propios de quien consigue una misión. El trabajo estaba hecho, pero me vine arriba. Me pasó lo mismo que a Brahim. No me conformé con marcar, intenté ir un poco más allá. Cuando entendí el error, ya era demasiado tarde.
En lugar de entregar el abrigo a la profesora, me crecí. Le pregunté si quería que lo colgara en la percha de los profesores. De repente me creí un caballero. En un acto sin precedentes en mi vida estudiantil o laboral, me presenté voluntario para un trabajo extra. No se ha vuelto a repetir, por lo que sea. Por aquella percha.
Colgué el abrigo y noté que algo no iba bien. El abrigo resbalaba en la percha y no quedó del todo sujeto. Lo dejé ahí y me encaminé hacia mi pupitre, pero antes de llegar escuché la caída del abrigo al suelo. Volví, lo intenté otra vez y se repitió el drama. A la cuarta o a la quinta, la profesora se levantó, me llamó inútil y todos se rieron. El abrigo se había manchado, la profe dijo no sé qué de la lavandería y yo pasé de héroe a zopenco. Humillado, noté cómo se enquistaba en mí un trauma duradero. Desde entonces, perfil bajo. Voluntario, ni al rancho. Si Brahim lo necesita, que me llame. Le puedo dar consejos.
Creo que no exagero. Mi vida empezó a torcerse con aquel abrigo. Empecé con la percha y he terminado en un periódico.
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