Opinión | Va de Bo
El valor de los sueños en el joc de pilota

Paco Cabanes 'El Genovés' en un trinquet de Sagunt rendido a sus pies durante "la Partida del Siglo", en 1995. / Levante-EMV
Son muchas las historias cargadas de pulsiones emotivas que nos ofrece la secular historia de este deporte. Historias que son testimonio vivo de la naturaleza de un juego que fue el preferido de las gentes hasta la llegada del todopoderoso fútbol, disciplina que acaparó el caudal de sentimientos para convertirlo en lucrativo negocio. ¿Quedan restos de ese caudal para el Joc de Pilota? Rotundamente sí. Apenas quedan migajas para las contabilidades pero quedan las emociones transmitidas, las historias ejemplares, la épica que se multiplica con la lejanía en el tiempo, el deseo de ahondar en las raíces y queda el orgullo de servir a la identidad propia, del pueblo y de tu patria, conservando y mejorando las tradiciones heredadas. Ese valor real lo tiene el Joc de Pilota por su documentada historia de siglos, por haber sido el rey de los juegos y el juego de reyes. Lo tiene el Joc de Pilota, el Juego de Pelota, el Jeu de Paume, la Palla o como se denomine en los idiomas propios de cada nación pelotística. Y ese es un caudal muy rico precisamente porque no tiene precio. No se compra en el supermercado.
Cuando Paco “Genovés” gana en un agónico esfuerzo el “último quinze” de aquella final de Sagunt, cuando la locura se apodera de las gentes que habían presenciado en directo la realidad de un sueño soñado; cuando se quita la camiseta y la lanza a los vientos, ¿creen ustedes que alguien pensó en su valor en euros? Paco no se la regala a éste o aquél, se la entrega al pueblo que le adora, lo hace llevado por una fuerza trascendente, superior, porque en realidad ni siquiera él es el dueño de su propia historia.
Cuando un joven de las entrañas del departamento más pobre de Colombia sueña con jugar un Mundial en Holanda y para pagarse el billete de avión vende su vaca, la única del humilde hogar y vende boletos de rifa de mercado en mercado, no valora el kilo de carne, sino el sueño que puede ser realidad, que fue realidad. ¿Cómo calculamos el valor de sus lágrimas al escuchar a más de doce mil kilómetros de su pueblito, la música y la letra del himno de su patria? Esas imágenes abrieron el corazón de la ministra de deportes colombiana para apoyar aquel Mundial de la Paz, en 2017. Que el más humilde campesino llore defendiendo el prestigio de su patria es el testimonio de la verdad, frente a la impostura de tantos patriotas del interés monetario. Esas lágrimas regaron el camino para ver en la Plaza de San José de Albán a los mejores pelotaris valencianos y vascos, contra los colombianos cumpliendo el deseo de Braulio Salcedo, un joven que tuvo que presenciar allí la muerte de su madre en un ataque terrorista y que peleó como nadie para convertir aquella plaza en un lugar de encuentro y de paz.
Nada, o bien poca cosa sería nuestro amado deporte si arrancamos de su cuerpo esos sentimientos, si lo despojamos de todos esos valores que ha acumulado en su historia secular, si mostráramos indiferencia ante las historias de la camiseta de aquella mágica final, o de la vaca de Alejandro Grueso, el joven colombiano.
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