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Opinión

Periodista

El ascensor: garantía de accesibilidad universal e inclusión

Un ascensor fuera de servicio por la dana.

Un ascensor fuera de servicio por la dana. / ED

Cuando el estadounidense Elisha Otis, “padre” del ascensor moderno, presentó en la Exposición Universal de Nueva York (1854), los mecanismos que había inventado para frenar la caída de aquellas cajas elevadoras accionadas con poleas y contrapesos, que caían al vacío cuando se les rompían los cables de sujeción, y utilizándose el mismo como conejillo de indias elevándose a las alturas, ante miles de personas, para ordenar cortar los cables con un hacha y frenarse la caja, no podía imaginar, o sí, que tres años más tarde se instalase el primer ascensor comercial en los almacenes E.V. Haughwout & Co. en Broadway, Nueva York, para subir 5 plantas.

Como tampoco podría imaginar, o sí, los millones y más millones de personas que viene utilizando el ascensor para una vida mucho más fácil y cómoda. Podríamos hablar aquí de las mil y una funciones de un ascensor, no solo para la actividad humana, y de cómo su instalación y desarrollo en seguridad ha propiciado el urbanismo vertical en las ciudades, permitiendo que estas crecieran hacia arriba y no solo hacia los lados.

Pero me quiero centrar hoy aquí en el que, sin duda, para mí, es su menester más noble y preciado: la garantía de accesibilidad universal e inclusión. El ascensor no es solo comodidad, sino herramienta de inclusión. Permite que personas con discapacidad física y/o con movilidad reducida; con discapacidad sensorial, ciegas y sordas; personas mayores; personas con una lesión temporal; o familias con cochecitos de bebé, puedan participar plenamente en la vida social. Si no existiesen los ascensores, los pisos superiores de cualquier edificio serían para estos colectivos como el imposible de alcanzar la luna para el común de los ciudadanos. Y no olvidemos también los beneficios en salud y esfuerzo que produce la utilización del ascensor en un país como el nuestro, el segundo más longevo del mundo.

Por eso, 169 años después de aquella primera instalación, me parece una auténtica maldición para muchas personas el no disponer de un ascensor en el país con el mayor número de ascensores del mundo, España (1,1 millones), con 21 por cada mil habitantes. Pero cuando además esa maldición viene provocada por una tragedia como la de la dana, irreparable en vidas humanas, con 231 fallecimientos, pero reparable con esfuerzo y voluntad política para atajar aquella disrupción de miles vidas, es desalentador y canallesco que 15 meses después de tan trágico suceso siga existiendo centenares de personas que continúan con sus vidas absolutamente alteradas por la falta de reparación de sus ascensores.

Y ya no es solo la salud física, sino la mental también. Sacarte de tu zona de confort, no poder disfrutar de ella cotidianamente, por más y mejor que puedas estar en casa de un familiar o en otro lugar alquilado, no tiene nada que ver con tu “nido” en el que llevas habitando años y años. Y esa salida forzada te afecta psicológicamente. Y sé de lo que hablo y digo. Yo mismo, con una discapacidad física, he estado viviendo fuera de mi casa durante dos meses y medio (los últimos del año 2025), obligado como consecuencia del cambio de ascensor en nuestra finca y al que, voluntariamente, nos sometimos la comunidad de vecinos. Y he tenido la suerte de pasarlos en casa de un familiar. Pero os puedo garantizar que como en tu casa, nada de nada.

Por eso, la Generalitat Valenciana —parte culpable donde los haya de la tragedia de la dana— debe tomar cartas en el asunto. No solo con el bla, bla, bla político del “vamos a hacer, estamos haciendo”. Tiene que volcarse, con los medios técnicos que haga falta, para controlar, supervisar ya agilizar esas obras de reparación de ascensores que devuelvan al ciudadano —con mil historias y consecuencias distintas detrás de cada uno de ellos— a la normalidad de sus vidas. E incluso controlar y evitar las estafas que se están produciendo por parte de algunas miserables empresas, según se denuncia; o el incumplimiento de plazos de reparación. Hay que amparar a las víctimas. Lo que está claro es que mientras exista un solo ascensor que como consecuencia de la dana siga sin funcionar, la tan cacareada reconstrucción nunca habrá terminado.

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