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Opinión

València

Goethe en la alfombra de los Óscar

La creatividad de Guillermo del Toro y Oliver Laxe habita en ese territorio que, pese a los vientos huracanados del nacionalismo, sigue siendo tierra de todos los espectadores

Trump amenaza a Canadá con un arancel del 100 % si firma un acuerdo comercial con China

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En las cuatro esquinas del mundo, el nacionalismo político vive un auge vigoroso como respuesta reactiva a la globalización y al ansía de poder de los plutócratas.

Son pocos los gobiernos —incluso aquellos que se reclaman liberales o socialistas, herederos de una tradición internacionalista— que no hayan vuelto a articular sus políticas en términos de «nosotros», «ellos» y «los demás». Donald Trump encarna mejor que nadie este nacionalismo, actuando con los ademanes de un nuevo «emperador de Occidente», cruel con sus propios compatriotas.

Mientras tanto, en la Unión Europea crece una corriente de opinión que quiere frenar el tímido federalismo de la Comisión para regresar a una alianza de naciones-estado celosamente soberanas.

En este tablero, las naciones miden su relevancia según su músculo económico o militar y ante este repliegue identitario, cabe preguntarse: ¿qué papel juega la cultura?

La idea de una «cultura universal» —gestada en la Ilustración por la figura del literato alemán Goethe con su concepto de Weltliteratur— se consolidó definitivamente cuando la creación se hizo industria hace poco más de un siglo. Hoy, el cine —al igual que las series, la música y la literatura—, funcionan con una lógica de fabricación industrial destinada a extender el consumo y trascender fronteras.

La cultura es, ante todo, relato, y un termómetro revelador de la salud de los relatos son los premios Óscar. En las nominaciones de este año destacan dos figuras situadas en la cima de la creatividad cinematográfica: el veterano Guillermo del Toro y el joven maestro Oliver Laxe. Sus obras, Frankenstein y Sirat, representan una tendencia sólida entre los creadores hispanohablantes: la capacidad de explorar cosmologías que no pertenecen al mapa de una sola nación ni beben de una sola tradición. Son testimonios, relatos, que apelan directamente a la condición humana. Sin etiquetas, sin las gafas identitarias de una nación.

Del Toro, con su Frankenstein, vuelve a desplegar un universo que nos sorprendió con su mirada sobre la guerra civil española (El espinazo del diablo y El laberinto del fauno) y nos fascinó con La forma del agua y Pinocho. El cineasta mexicano utiliza el mito creado por Mary Shelley para hablarnos de la orfandad y del deseo de reconocimiento, sentimientos universales.

Por su parte, Oliver Laxe en Sirat confirma su maestría para capturar lo sagrado y lo telúrico. Su cine, despojado de artificios, nos sumerge en una travesía por el desierto donde el dolor de la pérdida y los límites de la música se convierten en una experiencia mística. Laxe busca el alma del paisaje y el silencio frente a la muerte. Un relato en el que hay reminiscencias de O que arde y de sus primeros filmes nacidos de una experiencia extraordinaria en Marruecos con voces escuchadas en el islam popular (Todos vosotros sois capitanes, Mimosas).

Son películas producidas dentro de unas industrias cuyos derechos de propiedad pertenecen a empresas con matriculas nacionales: Frankenstein es de Netflix (EE UU) y Sirat es de una sociedad donde están Movistar+ y El Deseo (España).

Pero ni Frankenstein ni Sirat son películas de una nación. El humano creado artificialmente que reclama afecto en el filme de Del Toro, o la búsqueda espiritual en el desierto inacabable de Laxe, apelan a esa línea de flotación que Goethe celebraba hace dos siglos: la conquista de la historia universal.

Es una tendencia esperanzadora ver cómo figuras de la creación en español lideran una vanguardia que le habla al mundo de tú a tú

Es una tendencia esperanzadora ver cómo figuras de la creación en español lideran una vanguardia que le habla al mundo de tú a tú, convirtiendo lo íntimo en global.

La creatividad de Del Toro y de Laxe habita en ese territorio que, pese a los vientos huracanados del nacionalismo, sigue siendo tierra de todos los espectadores.

Mientras conocíamos estas candidaturas, el primer ministro canadiense proclamaba en Davos que, frente al nacionalismo imperialista, la respuesta no es la resignación, sino la defensa firme de los ideales compartidos: la lucha contra la pobreza, el cuidado del medio ambiente, la regulación ética de la Inteligencia Artificial, las normas y el derecho internacionales. Y sobre todo, mantener vivo y reforzar el espíritu de colaboración, el internacionalismo.

La cultura ofrece una resistencia silenciosa pero eficaz frente al empuje aislacionista del nacionalismo. Que el talento hispanohablante aparezca en la primera línea de los Óscar con propuestas tan personales y ambiciosas es un orgullo. Es la demostración de que, frente a los muros que levanta la política, el cine puede seguir construyendo puentes hechos de luz, de tormentas, de arena y de hielo, de relatos en suma, que nos pertenecen a todos.

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