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Opinión

Fundación Novaterra

El obsceno desperezo del franquismo tras 50 años de democracia

¿Qué hemos hecho mal? Tantas cosas, tantas, que he borrado el listado porque todas pueden resumirse en una: creer que la democracia es una vacuna contra la maldad y ceder las responsabilidades a las organizaciones políticas y a las instituciones

Archivo - Una nostálgica del franquismo con una bandera de la dictadura y un rosario espera la llegada del féretro con los restos de Francisco Franco al  cementerio de El Pardo-Mingorrubio, donde será inhumado, en El Pardo (Madrid, España), a 24 de octubr

Archivo - Una nostálgica del franquismo con una bandera de la dictadura y un rosario espera la llegada del féretro con los restos de Francisco Franco al cementerio de El Pardo-Mingorrubio, donde será inhumado, en El Pardo (Madrid, España), a 24 de octubr / Jesús Hellín - Europa Press - Archivo

Mi padre, que nunca pisó la escuela y creció en una España de analfabetos, afirmaba que la justicia social se alcanzaría sin retorno cuando los hijos e hijas de la clase trabajadora pudieran estudiar, tener criterio y ocupar puestos con responsabilidad social. Hoy estaría desconcertado.

No estaría de más que los hijos e hijas de aquella generación, que luchó contra la dictadura y nos dejó en herencia una España democrática, nos paremos a pensar qué hemos hecho mal para que, 50 años después, vaya creciendo una corriente antidemocrática, individualista, racista, machista... pero eso sí, muy “patriótica”. No son mayoría, pero son demasiados y su número aumenta entre los más humildes y también entre la juventud, esto es, entre los más necesitados de justicia social y de expectativas de una vida digna.

En esta reflexión lo primero que, de manera inmediata, cabe cuestionarse, es la asimilación de los términos democracia y justicia social. Es bastante común que se utilice el termino democracia como omnicompresivo de otros valores, entre ellos la libertad y la justicia social. Esta asimilación es errónea porque la democracia formal no garantiza ni la libertad ni la justicia social. Este equívoco puede tener un efecto perverso en quienes no ven satisfechos en plenitud derechos sociales básicos como salud, educación, vivienda digna, trabajo bien remunerado o una eficaz atención a las personas dependientes. Porque “si el estado democrático no me garantiza justicia social ¿para qué me sirve la democracia?”. Ese efecto perverso es un buen caldo de cultivo para que consigan adeptos los que nunca quisieron una España democrática y venden eso tan falaz de: “con Franco se vivía mejor”. Quienes peinamos canas sabemos bien que con Franco se vivía peor; pero también sabemos que contra Franco se luchaba mejor. Nos unía la esperanza de construir una sociedad democrática con derechos sociales garantizados, con justicia social.

Sin duda en el último medio siglo se ha avanzado mucho en derechos sociales. Hay hitos relevantes, como la ley de dependencia, el ingreso mínimo vital, la cuantía del salario mínimo interprofesional o toda la normativa antidiscriminatoria. Hitos, todos ellos, aprobados con el voto en contra de los herederos del franquismo.

Pero obviamente no es suficiente. Quienes han crecido con derechos ya establecidos no lo consideran conquistas, piensan que van de suyo. Quienes los conquistamos sabemos que se debe seguir luchando para avanzar en la justicia social -nadie dijo que con la democracia nos iban a regalar derechos-. Queda trecho, las prestaciones sociales aún son insuficientes y tardan en reconocerse, hay salarios que solo permiten sobrevivir, sin poder ahorrar ni disfrutar del ocio; las listas de espera en la sanidad o el imposible acceso a la vivienda, son el corolario de una larga lista. Dar importancia a estos derechos, revindicar, exigir avances, forma parte del ejercicio de la ciudadanía porque, de no hacerlo, 'el sistema' te los arrebata.

Si mi padre siguiera vivo, estoy segura, nos acompañaría en esa lucha. Estaría a mi lado exigiendo medidas para garantizar el derecho a la vivienda, una sanidad pública de calidad, la financiación suficiente para que la universidad pública pudiera satisfacer con calidad la alta demanda de acceso. También se indignaría. bramaría, contra los corruptos que ejercen profesionalmente la política para enriquecerse u obtener prebendas. Mi padre sí era un patriota. Pero estaría desconcertado. No entendería que, tras 50 años de democracia, haya ahora españoles humildes que se movilizan contra la identidad y la cultura de otros españoles. Le patinarían los sesos viendo a jóvenes imberbes brazo en alto o considerándose discriminados por las medidas que combaten el machismo o repudiando a las personas de otros países que, huyendo de la miseria y las guerras, llegan a España en busca de una vida mejor.

No parece que quienes se muestran activos en tales frentes busquen mejorar las condiciones de vida y trabajo de la mayoría, ni siquiera las suyas propias. Pareciera más bien que se han inventado enemigos de los que deben defenderse: migrantes, mujeres, nacionalismos… y a los que necesitan odiar. Débiles contra más débiles: este es el gran triunfo del fascismo y, aún más allá, del capitalismo.

¿Qué fue del valiente movimiento vecinal de los años 80? Debilitadas o domesticadas, las organizaciones de base solo sirven para neutralizar la crítica, incluida la de los propios

¿Qué hemos hecho mal? Tantas cosas, tantas, que he borrado el listado porque todas pueden resumirse en una: creer que la democracia es una vacuna contra la maldad y ceder las responsabilidades a las organizaciones políticas y a las instituciones. Craso error, en un sistema donde prima el negocio todo vale y todo puede corromperse: instituciones, medios de comunicación, sindicatos… En estos 50 años se ha ido debilitando el entramado social de base que dotaba de impulso constante a la política institucional. ¿Qué fue del valiente movimiento vecinal de los años 80? Debilitadas o domesticadas, las organizaciones de base solo sirven para neutralizar la crítica, incluida la de los propios.

Esta reflexión no podía quedarse en una mera loa a la democracia en sí misma. Para eso ya están las instituciones políticas. Desde las organizaciones ciudadanas de base, como es el caso también de la Fundación Novaterra, tenemos la responsabilidad de seguir demandando más justicia social. Solo poniendo el foco en los derechos humanos, sociales y económicos se pueden combatir los mensajes de odio. Una frase que ya se va consolidando y que quiero poner en valor: “Al fascismo se le combate con más derechos”.

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