Opinión
Springsteen
Springsteen sabe mejor que nadie que, si quieres conmover al alma americana, tienes que conectar con su espíritu religioso. Y eso es lo que hace este himno sobre los muertos en Minneapolis

Último concierto de Bruce Springsteen con la E Street Band en el Estadi Olímpic. / Ferrán Sendra
Lo cuenta Alex Ross en El ruido eterno. Se trata del destino de las canciones de Kurt Weil y Bertolt Brecht en Estados Unidos. Huidos de los nazis, Weil y su esposa Lotte Lenya se abrieron camino en el mundo del espectáculo americano. La ópera de tres peniques, en la que los juegos de poder se representaron a través de escenas de los bajos fondos, dejó caer el dulce veneno de sus sátiras, sarcásticas y desesperadas, en el arte popular americano. Louis Armstrong y Frank Sinatra cantaron las canciones de Mackie Navaja. Sinatra, que siguió frecuentando los bajos fondos a lo largo de su vida, introdujo un pasaje de una estrofa de la ópera en el guion de El Padrino. “Cuando te hablo de Mackie Navaja, nena, / se trata de una oferta que no puedes rechazar”.
El momento más importante de esta influencia se dio cuando, en 1962, en un teatro del Greenwich Village, Bob Dylan escuchó a Lenya en el espectáculo Brecht on Brecht. Quedó conmovido. Es una pena que en la película de James Mangold no se haya registrado esta escena del joven Dylan, quien la cuenta en su autobiografía. Lo impactó la canción del Pirata Jenny, cuyo estribillo dibuja un barco de ocho velas y cincuenta cañones. El tema habla de una prostituta que sueña vengarse de los hombres. Dylan apuntó: mirando al público vio sentados en las butacas a “los caballeros” de los que imagina vengarse la heroína. El estilo poético de Dylan cambió, incorporando a sus letras esos elementos de ruptura, de choque, crípticos, casi proféticos, que nos dio en sus títulos más memorables. “El espíritu de Berlín seguía vivo”, concluye Ross.
Era el espíritu que resistió al nazismo antes de que este tomara todo el poder. Pocos días después del asesinato de Pretty a manos de los esbirros del ICE, un heredero de Dylan, Bruce Springsteen, ha compuesto una canción sobre los acontecimientos de Minneapolis. Su voz ha inundado los medios de comunicación. Se trata del mismo espíritu de resistencia contra la tiranía, desde luego; el mismo tono narrativo, la misma asombrosa capacidad de registrar el tiempo presente en canciones que recogen la respuesta que trae el viento helado que recorre las gélidas calles de Minneapolis.
Es el mismo espíritu, pero es diferente. Springsteen no se permite la torsión desgarrada del expresionismo berlinés. Su forma no es la canción satírica, que puede recoger todos los registros de la desesperación, desde lo soez hasta lo sádico. Esa forma de reír de Lenya, de una larga tradición literaria, nos trae ecos de la risa de Mefisto. Springsteen es un norteamericano y su forma de cantar recuerda los himnos comunitarios de las capillas perdidas en las llanuras heladas de Minnesota. Y eso es lo que canta al comprobar, ante sus propios ojos, que un ejército de ocupación invade la vida cotidiana de su país. El estado de Minnesota es el frente de la lucha de resistencia contra la tiranía.
Todo en la canción es un himno. Los contrastes entre la atmósfera helada y la sangre caliente derramada, las botas de los ocupantes, el rey Trump, la luz metálica del amanecer por el que cruzan las balas de goma, la niebla sangrienta frente a la comunidad violentada. En su estrofa más conmovedora, la canción describe una escena de resonancias apocalípticas. “Los ciudadanos se levantaron en nombre de la justicia / y sus voces resonaron en la noche. Y había huellas de sangre donde debería haber habido misericordia/. Y dos muertos abandonados en las calles cubiertas de nieve: Alex Pretti y Renee Good”. Springsteen sabe mejor que nadie que, si quieres conmover al alma americana, tienes que conectar con su espíritu religioso. Y eso es lo que hace este himno.
Parece evidente que la batalla de Estados Unidos habrá de darse en esos terrenos y que todo se dirimirá en saber cuál de las dos interpretaciones del cristianismo acabará moviendo el alma americana. Cuando Springsteen entona el estribillo, no sueña con un barco de ochenta cañones, esa especie de violento mesías expresionista. Roza una fibra religiosa. “Oh, nuestra Minneapolis, escucho tu voz / Cantando a través de la niebla sangrienta / Defenderemos esta tierra / Y al extranjero que se encuentra entre nosotros”. Se sueña con la comunidad de Minneapolis que sabe defender lo justo, igual que el incomparable Benicio del Toro mantiene unida a la comunidad de hispanos por los complejos laberintos de las tripas de la mítica Vineland, en la película Una batalla tras otra.
Defender la tierra y al extranjero en ella es un viejo motivo religioso que rueda desde Las suplicantes de Esquilo y Eurípides, y que determina un tipo cristiano opuesto al supremacista, el que quiere obtener ventaja en el mundo de la elección divina en el más allá. Esto es lo que se lucha en América. O la religión gnóstica de Musk, que describió Harold Bloom, o el cristianismo comprometido con la tierra y la carne.
Tengo claro de qué lado está Springsteen. El tono hímnico de su canción alcanza su apogeo cuando incorpora el tono profético, sin el que la religiosidad americana apenas puede ser comprendida. Con frecuencia se cree que la profecía tiene que ver con el futuro. No es así. Profecía es la promesa de recordar el pasado. Esa promesa anticipa el futuro. De forma coherente con esta tradición popular, Springsteen dice: “Recordaremos los nombres de los que murieron / en las calles de Minneapolis”. Los nombres de esa carne viva sacrificada en el altar del dios Trump. Ese es el contenido de la profecía de este himno conmovedor, que sabe muy bien de qué va esta lucha.
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