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Opinión

Catedrático emérito de Geografía Humana

Comunitat Valenciana, capital Madrid

El país de los valencianos necesita liderazgos políticos y sociales con capacidad y autonomía para alcanzar un gran acuerdo sobre cuatro o cinco grandes objetivos estratégicos de fondo y de largo aliento

Feijóo y Pérez Llorca, este domingo en Zaragoza.

Feijóo y Pérez Llorca, este domingo en Zaragoza. / Javier Cebollada/Efe

La geografía del poder en la España autonómica es asimétrica. En realidad, siempre lo fue, no hay más que ver el sistema de financiación existente. También es radial, como el trazado del ferrocarril. Todo empieza y acaba en Madrid. El poder político, económico y mediático está muy condicionado por la enorme capacidad del centro para atraer inversiones y talento, y a la vez por su poder de irradiación e influencia. Sin embargo, nuestro modelo de organización territorial aconseja que la geografía del poder debería ser en red y haber sido capaz de trascender el ecosistema cerrado y endogámico de Madrid D.F. Pero no es el caso. El poder no se ha federalizado, sino que más bien se ha recentralizado, y la brecha entre centro y periferias es cada vez más profunda. Y en ese mapa del poder, entre las periferias con escaso capital simbólico, políticamente más difuminadas, resignadas, silentes e irrelevantes, se encuentra la Comunitat Valenciana.

Varios factores de dimensión histórica nos han traído hasta aquí. En primer lugar, el modelo de una España que descansa sobre un gran poder central en Madrid y que solo tolera, porque eventualmente lo necesita, dos poderes complementarios que radican en Catalunya y Euskadi. El resto, para muchos de los actores políticos y muchos altos funcionarios ministeriales, poderes económicos y responsables de muchos medios de comunicación, siguen siendo provincias. Aunque administrativamente estén integradas en CC AA con poderes legislativos.

En segundo lugar, la ausencia de representantes políticos y económicos regionales comprometidos con una idea y un proyecto compartido. Con suficiente poder y visibilidad para defender intereses comunes propios sin dejar de ser solidarios con resto. Los fracasos no se improvisan, decía Fuster. No son fruto de la casualidad, sino de un prolongado empeño en mantener las luces cortas de la mirada provincial. En dilapidar potentes instituciones financieras regionales y venderlas por un euro. En erosionar la reputación de una institución como la Generalitat Valenciana. En no respetarse a sí mismos y, en consecuencia, no poder exigir el debido respeto a los demás. Los retrasos en las inversiones hidráulicas y ferroviarias y el reiterado incumplimiento de promesas, son la expresión de unas geografías del poder sin proyecto de país vertebrado y sin capacidad de influencia política.

La Comunitat Valenciana es ejemplo de la España periférica que no hace ruido. Que no molesta. Que apenas levanta la voz. Una cuestión que viene de lejos, como lo demuestra el debate sobre el papel histórico de su clase dominante, más que dirigente, en una región a la que ya el propio Ignasi Villalonga llegó a atribuirle un papel secundario, de comparsa, en la política española. Ha habido excepciones importantes, pero muy contadas. Lo cierto es que se han sucedido distintas generaciones de actores políticos sin la independencia de criterio suficiente y de actores económicos con intereses más bien sectoriales y con mirada provincial. Unos y otros, cada vez más subordinados a las directrices de sus responsables en Madrid. El abandono de los socialistas valencianos, por indicación de Madrid, de la plataforma por una financiación justa, fue doloroso. La obediencia partidaria del actual president, rechazando una propuesta de financiación que beneficia mucho a la Comunitat Valenciana, es indefendible. La incapacidad de haber abordado la gestión de los efectos de la Dana de forma coordinada, por impedimento de Madrid, es irresponsable. Los retrasos en las inversiones en infraestructuras, priorizando otras regiones, son intolerables. En definitiva, Comunitat Valenciana, capital Madrid.

Ya estamos muy cerca del grupo de Murcia y Andalucía y cada vez más lejos de Madrid, el País Vasco y Catalunya

“Lealtad no es sumisión” afirmó en su día el president Puig. Convendría recuperar esa idea. También las de autoestima y dignidad. Para ser capaces de exigir que se nos debe el respeto debido como comunidad histórica y cuarta economía de España. Para entender que las actitudes sucursalistas nos debilitan. Que la deriva presidencialista de los dos grandes partidos nos perjudica. Que cuando se pida la palabra se nos escuche y no se nos trate con displicencia. Que la Comunitat Valenciana es una pieza fundamental en la articulación del eje mediterráneo y por lo tanto del conjunto de España. Que no nos resignamos a esperar en el furgón de cola para recibir lo que quede, cuando quede. Que queremos mirar hacia la parte alta de la clasificación de las regiones y no estar permanente mirando hacia abajo, peleando para evitar el descenso. Que hemos de hacer entender que no somos una comunidad rica, como piensan muchos en Madrid. Que ya estamos muy cerca del grupo de Murcia y Andalucía y cada vez más lejos de Madrid, el País Vasco y Catalunya.

Responder a estos grandes retos colectivos exige mucho más que ocuparse de la gestión del día a día. Pagar las nóminas, dar ayudas y hacer unas cuantas inversiones es una cosa. Tener una idea de país, disponer de un proyecto compartido para una mayoría social y capacidad de liderazgo para llevarlo a cabo, es otra muy distinta. Lo resume muy bien la filósofa Donatella Di Cesare: la política no solo consiste en la gestión de los medios, necesita de la visión de los fines.

El país de los valencianos necesita liderazgos políticos y sociales con capacidad y autonomía para alcanzar un gran acuerdo sobre cuatro o cinco grandes objetivos estratégicos de fondo y de largo aliento. Existen condiciones para ello. Porque la Comunitat Valenciana, ejemplo de identidad abierta e inclusiva, pese a sus debilidades políticas, institucionales y estructurales, funciona razonablemente bien en muchos aspectos. En gran medida gracias a su posición geográfica, su peso en turismo y agricultura, su potente red de ciudades y la capacidad de atracción de sus áreas metropolitanas, sus excelentes universidades públicas, polos de innovación y centros de investigación, su enorme capacidad emprendedora, el dinamismo industrial creciente de muchas comarcas, su atractivo como tierra de oportunidades, como demuestra la continua y creciente llegada de nuevos residentes y la capacidad de influencia de la sociedad civil, cuando se lo propone. El impulso del Corredor mediterráneo es la mejor muestra.

En un hipotético, pero probable, futuro mapa político de España, impregnado de azul y verde en 2027, la Comunitat Valenciana podría ser la excepción, junto al País Vasco y Catalunya. Pero eso obliga a articular para 2027 un ambicioso proyecto político y social con vocación mayoritaria y en clave valenciana. Una alternativa acordada, en la que los partidos demuestren generosidad y amplitud de miras. Capaz de ofrecer argumentos para amplias mayorías sobre los efectos de la “gran involución” social, territorial, ambiental y cultural que se ha emprendido y que supone una especie de operación “borrado” de todo lo anterior, incluso de iniciativas impulsadas por otros gobiernos conservadores. Una agenda muy condicionada por la ofensiva ideológica posliberal y reaccionaria de la ultraderecha trumpista en Europa.

Es tiempo de emergencia, y no caben silencios ni zonas de confort político, social, económico, académico o mediático

Todavía estamos a tiempo de revertir esta situación. Es tiempo de emergencia, y no caben silencios ni zonas de confort político, social, económico, académico o mediático. Tampoco basta con denunciar y resistir. Y mucho menos imaginar que cuanto peor, mejor. Hay que proponer. Urge un amplio acuerdo político y social en torno a un proyecto compartido, que refuerce una voluntad de ser, pero también de estar, en un Estado compuesto. Este nuevo momentum histórico totalitario y hobbesiano nos alcanza a todos y va más allá de la clásica distinción izquierda-derecha. Las urnas decidirán, pero existe terreno para acordar, sin contar con la extrema derecha. El mundo de las izquierdas, ahora fragmentadas, debe dejar de mirar hacia sí mismos y pensar en y para mayorías que viven más allá de sus partidos. Y el mundo de la derecha conservadora tradicional debería ser consciente del peligroso escenario al que nos aboca, abriendo las puertas de los gobiernos al caballo de Troya del proyecto europeo y del Estado autonómico. Más allá de la derecha tradicional no hay un camino, hay un abismo. Y el apaciguamiento no es una opción. Extraña que amplios sectores que se ubican en el centro político, la derecha liberal y la democracia cristiana, se mantengan en silencio y no sean conscientes de la gravedad de esa decisión histórica. Lo que se está dirimiendo, lo que está en riesgo ahora, es nuestro modelo social y democrático, tal y como lo conocemos. Tal y como hemos sido capaces de construirlo entre todos durante décadas. Con visiones diferentes, todavía somos mayoría quienes defendemos ese modelo, pero reforzando aquello que hemos abandonado en parte: equidad, justicia social y territorial, seguridades y esperanza. Volviendo a lo básico. Ese debe ser el bien mayor. Porque quienes pretenden deconstruirlo avanzan y lo que hace apenas un año nos parecía inimaginable, hoy ya es probable. También en Europa. Si seguimos ensimismados mirando nuestro dedo, los nuevos bárbaros acabarán ocupando la Luna.

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