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Opinión | No hagan olas

València

Política asimétrica y mercados

La conferencia de Mark Carney en el balneario suizo fue de las que ponen los pelos de punta

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos, Suiza.

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos, Suiza. / Associated Press / LaPresse

Y de repente una sorpresa. Un poco conocido primer ministro canadiense y liberal, Mark Carney, interviene en la «montaña mágica» de Davos para poner en su sitio a Donald Trump –y a la Unión Europea, de paso, por su inacción–, citando «el poder de los sin poder», aquel pensamiento de resistencia que enunció el escritor, y más tarde líder político, Václav Havel, checo, firme opositor al régimen estalinista que oprimió durante décadas al pueblo de Dvorak y Kundera, también de Panenka.

La conferencia de Carney en el balneario suizo fue de las que ponen los pelos de punta. Criticó «el orden global asimétrico», en el que «siempre ganan los poderosos», en un momento de la Historia que ha exacerbado la confusión de la retórica con la realidad. El mandatario del Canadá, que comparte con los Estados Unidos una frontera casi lineal cercana a los 9.000 kilómetros y cuyo trazado atraviesa localidades, calles e incluso casas compartidas por ambas naciones, abogó por la formación de «coaliciones cooperativas» como las que se constituyeron durante la II Guerra Mundial para luchar frente a los países del Eje. O como las imaginadas por el cineasta Georges Lucas en la Guerra de las Galaxias, la alianza rebelde contra el imperio.

El «orden asimétrico», ¿les suena? Recordemos que fue Pasqual Maragall quien propuso para España un «federalismo asimétrico», es decir, que no todos los territorios debieran asumir las mismas competencias –y, por ende, los mismos recursos–. La tesis: una especie de macedonia administrativa por la que cada territorio se federaliza a la carta. Curiosidades de los federalismos: solo la antigua URSS y los actuales EE UU se acercarían a un esquema político semejante, aunque en el fondo las aspiraciones irredentas de Cataluña se parecen más al último periodo del Imperio Austrohúngaro: un estado, dos naciones, y diversos territorios saltarines entre una y otra…

En cambio, quien empleó conceptos más cercanos al análisis de Carney fue un reconocido economista, en los años 60 y 70 del siglo pasado, el francoegipcio Samir Amín, un pensador neomarxista –por más que a él no le gustaba la etiqueta–, que describió «el desarrollo desigual de las naciones», un fenómeno que según Amín se nutría de los procesos de descolonización y del carácter preeminente de las potencias occidentales frente al llamado Tercer Mundo.

La idea del desarrollo desigual es brillante, pero contrariamente a lo descrito por Amín, la descolonización no siempre fue la causante de las divergencias. Antes hubo otra importante batalla de ideas económicas, la de los proteccionistas victorianos frente a los librecambistas liberales. El afamado John Maynard Keynes fue un firme defensor del libre comercio tras socorrer a la rupia india y estabilizarla ligándola a la cotización de la libra esterlina, pero más tarde comprobó que ese fenómeno producía inflación al provocar la expansión monetaria al margen del valor de la producción y el nivel salarial.

Al parecer, la secuencia es oscilante: el comercio sin barreras crea riqueza de inmediato, pero si no se ajustan las partes que lo llevan a cabo termina por ocasionar desequilibrios en favor del que reúne mejores condiciones. Como había postulado Adam Smith, la libre competencia y la especialización generaban fortuna a las naciones, aunque no a todas por igual ni de modo equitativo. Por eso Smith introdujo factores morales en sus propuestas de política económica.

No es descabellado remitirse a lo que sucede con el euro y el precio de la vivienda en nuestro país: bienes que suben de precio al incrementarse la demanda por parte de consumidores externos con niveles superiores de renta en la misma moneda. Eso ha estado pasando y pasa en nuestra querida Unión Europea, donde no solo los salarios varían sensiblemente de un país a otro sino también la prima de los bonos nacionales que encarece la financiación de la deuda de cada país de modo diferente. Los conocidos fondos de compensación no resultan suficientes, todavía, para nivelar las condiciones con las que se compite en el interior de la UE.

Las asimetrías florecen por doquier, o acaso no lo es también el hecho de que las autonomías de nuestro país se financien de modo diferente, tanto por la vía pública, mediante las transferencias directas de la Hacienda nacional, como por la privada, a través de la recaudación fiscal en un sistema impositivo regional que cada cual establece según sus propios intereses.

Keynes adaptó algunos de sus puntos de vista a partir del crash del 29. La economía no debe partir de premisas imperecederas sino procurar adaptarse para que las personas no sufran por falta de recursos, fue su nueva máxima. El economista era miembro del brillante círculo de Bloomsbury, donde departía con Bertrand Russell, defraudado este último por la falta de libertades y la abolición de la propiedad privada llevada a cabo por Lenin en la URSS, a quien visitó muy pronto tras la Revolución de 1917.

Russell, intelectual de amplio espectro, acabó proponiendo una vía de gremios profesionales que se compaginara con el libre mercado como respuesta al comunismo policial de los soviéticos, mientras Keynes apostaba por las inversiones públicas como medida de choque frente a las grandes recesiones. Entre ambos poco menos que anticiparon la «economía social de mercado» que puso en marcha Alemania tras la guerra y que figura, como premisa, en la Constitución española del 78. Era cuando demócratas cristianos y social demócratas podían llegar a entenderse.

Son lecciones de la historia económica y política que conviene recordar en estos momentos de tribulación. Las asimetrías no permiten el desarrollo equilibrado de las partes. Por el contrario, cuanta más homogeneidad y reglas del juego entre iguales más riqueza genera el estímulo de la competencia. El propio Samir Amín, en una de sus obras terminales (en 2001) ya aventuraba que el «hegemonismo» norteamericano provocaría el «desvanecimiento» del proyecto europeo si los países de la UE no actuaban de forma más cohesionada.

Está todo inventado, pero nos empeñamos en olvidarlo. Hace más de cinco siglos los valencianos levantaron el edificio gótico civil más hermoso de Europa, una lonja destinada al mercado de la seda. En su sala hipóstila, en su parte más alta, hicieron inscribir una máxima latina que todavía tiene vigencia: «Compatricios, probad y ved cuán bueno es el comercio que no lleva el fraude en la palabra, que jura al prójimo y no le falta, que no da su dinero con usura. El mercader que así lo haga, rebosará de riquezas y después gozará de la vida eterna». 

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