Opinión
El siglo de la fe óptica: de la bombilla de Baird al algoritmo de la sospecha
El reto científico de este centenario ya no es cómo transmitir una imagen con más nitidez, sino cómo reconstruir la confianza en una sociedad

La televisión fue, probablemente, el experimento de aceptación tecnológica más exitoso de la historia. / LEV-EMV
El 26 de enero de 1926, en un pequeño laboratorio del Soho londinense, un grupo de científicos de la Royal Society contempló lo que parecía un milagro de baja resolución: el rostro de un títere de ventrílocuo moviéndose en una pantalla. John Logie Baird acababa de domar los electrones para transmitir imágenes a distancia. Aquella "caja" no solo inventaba la televisión; estaba fundando una nueva era para la humanidad: la de la epistemología visual. Si la Ilustración nos dijo que el conocimiento residía en la razón, el siglo XX nos convenció de que la verdad residía en lo que podíamos ver.
Hoy, al cumplirse cien años de aquel hito, la sociología de la ciencia y la tecnología nos obliga a preguntarnos: ¿qué queda de aquel contrato de confianza entre la pantalla y el espectador?
La televisión fue, probablemente, el experimento de aceptación tecnológica más exitoso de la historia. A diferencia de otros avances que generaron rechazo —como la energía nuclear o la biotecnología—, la televisión se 'domesticó' con rapidez. No entró en nuestras vidas como una herramienta fría, sino como un mueble; un altar laico que reorganizó la arquitectura del hogar y los horarios de la familia. Durante décadas, la ciencia y la tecnología utilizaron este espacio para legitimarse. El científico, antes una figura huraña en su torre de marfil, se convirtió en un narrador de realidades, y la televisión en la prueba irrefutable de los éxitos del progreso.
Sin embargo, el éxito de la imagen técnica contenía la semilla de su propia crisis. Al centralizar la "verdad" en un solo dispositivo, creamos una dependencia absoluta de la mediación. En la sociología de la ciencia hablamos a menudo de la 'caja negra': aceptamos el resultado sin entender el proceso. Durante años, no necesitábamos saber cómo funcionaba un tubo de rayos catódicos para creer en el alunizaje o en los avances de la medicina; bastaba con verlo.
Pero 100 años después, el panorama ha mutado. La saturación de pantallas y la llegada de los deepfakes y la inteligencia artificial generativa han roto ese espejo. Hemos pasado de la "fe óptica" a la sospecha sistémica. Lo que antes era una ventana al mundo es hoy, a menudo, un laberinto de espejos donde las teorías de la conspiración encuentran su hábitat ideal. Paradójicamente, las mismas herramientas que Baird diseñó para expandir nuestra visión hoy se utilizan para fragmentarla. La desinformación ya no se presenta como una mentira burda, sino que imita la estética de la autoridad técnica que la televisión construyó durante un siglo.
El reto científico de este centenario ya no es cómo transmitir una imagen con más nitidez, sino cómo reconstruir la confianza en una sociedad que, tras cien años mirando pantallas, ha empezado a desconfiar de sus propios ojos. Quizás el problema no sea que ya no creamos en lo que vemos, sino que, en el ruido del algoritmo, hemos aprendido a ver solo aquello en lo que ya creemos. Cien años después de Baird, el desafío no es técnico, sino profundamente humano: volver a distinguir la luz de la verdad entre el parpadeo de los píxeles.
Francisco Javier Jiménez Loaisa es vocal de la Associació Valenciana de Sociología.
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