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Opinión | El día del señor

València

Velocidad real

Trabajadores realizan tareas de retirada de los vagores en el punto del acidente de Adamuz, el pasado lunes.

Trabajadores realizan tareas de retirada de los vagores en el punto del acidente de Adamuz, el pasado lunes. / EP

Dicen que los desastres ferroviarios sirven para aprender muchas cosas. No lo dudo, pero sería mejor salir de casa con la lección aprendida. El profesor que me ayudó a obtener el carné de conducir solía decirme: “Y ten siempre en cuenta que un coche es un arma”. Y si el caballo es de hierro, mucho peor, amigos chiricauas.

China tiene, ella sola, aunque se trata de una soledad muy poblada, más líneas de alta velocidad que el resto del mundo con todos sus países dentro. Antes, el tren de alta velocidad fue ensueño de nuevos ricos, pero algunos peleamos por las líneas de cercanías que producen visiones un poco más baratas y realistas. Ahora, parece que podemos reclamar de lo uno y de lo otro, lo mismo para cercanías que para trenes de largo aliento.

A la sombra del horrible accidente de Adamuz evoco el choque del ministro Álvarez Cascos con los geólogos de Aragón, hace muchos años, por el tema de la dolina, que es como una enorme cueva a la que se le ha hundido el techo y no podemos pasarle el plumero. No señalo ni establezco ningún correlato: sería que no he aprovechado otro curso de (verdadero) patriotismo. Ahora toca concentrar fuerzas, consolar a los familiares, atender las críticas si son buenas y gastar con tino para que en un punto de Rodalies de Catalunya un talud de tierra no se convierta en un enorme perol de barro a donde vayamos a parar todos de cabeza. Permitir que las gentes sean más solidarias de lo que indican los comentaristas políticos.

En un desastre parecido al choque doble de los trenes de Adamuz, los chinos tomaron como primera providencia la reducción de la velocidad en 50 km/hora, me parece, medida muy juiciosa para mantener el servicio mientras se localiza el punto o puntos flacos de la infraestructura dañada y dañina.

Hace muchos años le preguntaron a don Juan, Conde de Barcelona y padre de don Juan Carlos, qué le parecía la afición al coche deportivo de su hijo, y contestó: “Sabemos lo que ocurre cuando la masa se multiplica por el cuadrado de la velocidad”

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