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Opinión

Quo vadis, domine?

Ursula von der Leyen, actual presidenta de la Comisión Europea.

Ursula von der Leyen, actual presidenta de la Comisión Europea. / Eduardo Manzana

El título de esta columna alude a la pregunta que, según los evangelios apócrifos, le hIzo el apóstol Pedro a Jesucristo cuando aquel se disponía a abandonar Roma para huir de las persecuciones y se lo encuentra en la Via Apia. La respuesta del maestro fue clara: “Romam vado iterum crucifigi” (voy a Roma a ser crucificado otra vez). O sea: yo no huyo, asumo mis responsabilidades. Desde entonces, la expresión “Quo vadis?” ha titulado una novela piadosa del escritor polaco Henryk Sienkiewicz (1896), varias versiones cinematográficas, una ópera y, fuera del contexto del cristianismo, se ha aplicado a situaciones político-culturales que parecen conducir a un callejón sin salida. La adaptación más conocida fue la expresión “Quo vadis, Europa?” con la que el 12 de mayo de 2000 encabezaba su discurso, en la Universidad Humboldt de Berlín, el ministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer. No era para menos: tras la caída del muro (1989) y el hundimiento de la URSS (1991), los europeos afrontaron este reto en Maastricht, dando a luz un “Tratado de la Unión Europea” que presuponía la unión económica y monetaria, a la par que una constitución común que fue activada precisamente por el discurso de Fischer. Nada más acabar la pandemia, otro reto para la UE, me encuentro nuevamente con este título, en un libro excelente, publicado conjuntamente por Nicolas Levrat y por Jenaro Talens, en el que se examinan detalladamente las dificultades que afronta el paneuropeismo. Desde que Pedro supuestamente dijo “quo vadis, domine”, la historia de la civilización europea ha sido la de un progreso ascendente, con breves intervalos de detención y algún retroceso. En realidad, la religión cristiana supuso la prolongación de un imperio que había entrado en decadencia en el siglo I d. J.CX. Su capital, Roma, pasó a ser la del nuevo imperio monoteísta, que luego se trasladó a Constantinopla y que, a mediados del siglo XV, volvió a una Europa ideológicamente vinculada de alguna forma a Roma otra vez, aunque el poder efectivo residiese sucesivamente en Madrid, París, Londres y Berlín.

Ha llegado el momento de que los ciudadanos nos planteemos de nuevo el “quo vadis, Europa”. La razón la conocemos todos: los líderes de la UE han hecho un papel bastante penoso en el asunto de Groenlandia y todo ello para nada porque, ante el abandono del antiguo aliado americano, la necesidad de garantizar una capacidad defensiva autosuficiente plantea un reto muy difícil. Europa se encuentra entre Escila y Caribdis, entre el renacido matonismo de los EE. UU. y el nunca desaparecido matonismo de Rusia. Lo peor de todo es que constituimos una presa fácil y apetecible para cualquiera de las dos potencias. Es cierto que hemos vivido demasiado bien en comparación con ellas, pero sobre todo el problema reside en que EE. UU. y Rusia son sendos estados, mientras que la UE no deja de ser un club de estados más o menos bien avenidos.

El problema no parece ser la economía, que ha llegado a interrelacionar eficazmente las relaciones comerciales de todos los países europeos, ni las convicciones políticas, claramente democráticas (con matices) que tenemos los ciudadanos europeos, sino, por increíble que parezca, la cultura. Pero hombre, me dirán, ¿acaso no son Leonardo y Goya, Aristóteles y Kant, Cervantes y Shakespeare, Marie Curie y Einstein, Safo y Ausiàs March, Jane Austen y Pessoa, etc. pura cultura europea? Por supuesto, no se trata de eso, lo que quiero decir es que la cultura europea sustenta la UE por exceso y por defecto. Por exceso, ya que resulta obvio que el imaginario cultural europeo ha irradiado a todo el continente americano y también a sociedades de África, Asia y Oceanía. Por defecto, pues carecemos de un medio lingüístico neutral capaz de apuntalar nuestra convivencia. La Comunidad del carbón y del acero, el antecedente de la UE, empezó hablando francés y alemán. Sin embargo, la globalización ha terminado por imponer el inglés, precisamente la lengua del único estado que ha abandonado el proyecto común (Brexit), y que es también la del amigo americano que va dejando de serlo. No es ninguna tontería: ¿se han preguntado por qué los iraníes, mayoritariamente de religión musulmana, escriben su lengua, el farsi, con alfabeto árabe, pero no hablan árabe; o por qué los turcos, igualmente musulmanes, tampoco usan el árabe, sino que directamente se sirven del alfabeto latino? Evidentemente porque en Irán y en Turquía la cohesión social se logra en el seno de un idioma compartido.

Umberto Eco decía que el inglés es el latín del siglo XXI. Lo dudo. En la Europa medieval el latín tenía una enorme ventaja y es que no lo hablaba nadie como lengua materna. Ya comprendo que devolverle esta condición de primus inter pares dentro de la UE resulta difícil. Pero no imposible: mi abuela alemana contaba que en un viaje entre Munich y Budapest, nada más acabar la primera guerra mundial, estuvo hablando con un húngaro (que seguro que hablaba alemán) en latín, la lengua que ambos habían estudiado en el colegio y que no prejuzgaba el predominio de ninguna de sus respectivas lenguas maternas en el imperio austro-húngaro. Latín vs. Inglés: vaya disparate, me dirán. Pues miren, el inglés lleva consigo la aculturación de los europeos, los cuales están esmaltando sus lenguas (y sus conciencias) con términos ajenos procedentes casi siempre de EE. UU. El latín es de todos y de nadie y no costaría demasiado convertirlo en un idioma moderno, al menos para ciertos usos dentro de la UE. Piénsenlo.

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