Opinión
Atrincherados

Francisco Camps, en la conferencia en que anunció su intención de ser candidato en 2027. / Miguel Angel Montesinos
Dimitir y jubilarse son dos rara avis en política, aunque a veces van de la mano. Así ha ocurrido con el exministro José Luis Ábalos, que desde prisión ha renunciado a su escaño en el Congreso para jubilarse y afrontar sus ‘extensas’ cargas familiares. Cumple los requisitos de edad y cotización tras cuarenta años de nóminas públicas y escucharle decir que no le ha quedado otro remedio, después de todo lo sabido, suena a broma de mal gusto. Pero este artículo no va solo de Ábalos, sino de lo desesperante que resulta —y del daño que hace a la imagen de la política— la resistencia de quienes, contra viento y marea, se atrincheran en el cargo, un empecinamiento que no entiende de siglas. Ahí está el exconseller Rafael Blasco, que cambió el coche oficial por la cárcel rozando los 70 o el expresidente Carlos Mazón, que tras su nefasto papel en la Dana tardó un año en dimitir y sigue amarrado a un escaño que apenas pisa.
Y está Francisco Camps, que aguantó hasta casi sentarse en el banquillo por el caso de los trajes y, aún hoy, insiste en volver a la primera línea. Cierto es que salió ileso en los tribunales, pero la hoja de servicios continúa manchada por una etapa negra. Cuesta entender que, si tanto ha sufrido, su obsesión sea volver a la primera línea.
El atrincheramiento tampoco parece entender de sexo. Es el caso de la ex alcaldesa Rita Barberá, quien también tuvo el repudio de su partido, y conservó el escaño hasta su trágico final. Sin embargo, caben matices. La estadística y la hemeroteca las dejan a ellas mejor paradas ya que, por regla general, los partidos las jubilan antes de hora y cuando pintan bastos resisten menos. La expresidenta del PP Isabel Bonig o la líder de Compromís, Mónica Oltra, cada una con sus motivos, dijeron adiós sin prolongar demasiado la agonía. Y estos días el escándalo de la adjudicación de viviendas VPO en el Ayuntamiento de Alicante se ha saldado con la rápida (e inevitable) salida de una concejala y una responsable de proyectos.
Con todo, el problema no es solo de biografías individuales, sino de una cultura política y patriarcal que confunde servicio público con carrera vitalicia. Algo falla cuando, en un país donde la mayoría sueña con jubilarse dignamente, quienes menos prisa tienen por irse son precisamente algunos que han vivido demasiado bien en esa trinchera.
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