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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El fin de una época en la Diputación

La reforma del área de Cultura prioriza la gestión y la comunicación sobre el organigrama actual

Rafa Company, director del MuVIM, y Francisco Teruel, diputado de Cultura.

Rafa Company, director del MuVIM, y Francisco Teruel, diputado de Cultura. / Levante-EMV

El mejor patrimonio de las ciudades suele dormir bajo capas de pintura y abandono. Como en la Casa Vella del Carme, que fue restaurante, discoteca, casal okupa y ahora hotel gay friendly, donde se ha destapado un fresco del siglo XV oculto en un techo. Muy cerca, en la plaza de Manises, la Diputación está a punto de acometer el mayor cambio en el área de Cultura en lo que va de siglo: una reordenación para un nuevo tiempo que desempolva las mismas inquinas de siempre entre quienes quedan fuera.

El desconcierto ha sido mayúsculo cuando los sindicatos han comprobado que directores de museos, jefes de servicio y otros interesados afectados habían negociado lo suyo. Enseguida han empezado las acusaciones de jugar a dos bandas y han llegado las etiquetas de “traidores” por haber participado en conversaciones. Incluso circula ya el sobrenombre de ‘Delcy’ para algunos, en alusión a la nueva presidenta venezolana, antes chavista y hoy socia de Trump.

El resultado es un escenario donde algunos optan por la hiperactuación en las asambleas, disparan contra todos y, si hace falta, convierten una reforma administrativa en una guerra moral. Los sindicatos, además, reaccionan cada uno a su manera: unos se atrincheran por miedo a quedar descolocados; otros, más prácticos, acabarán queriendo negociar; y otros simplemente pierden pie. Nada nuevo. Que la oposición pida un pleno extraordinario suena a brindis al sol, más aún cuando el proceso recuerda a reordenaciones impulsadas en etapas anteriores por ellos.

También ha quedado en evidencia que el diputado del área, Francisco Teruel, no estaba preparado para pilotar el cambio y que ha sido la vicepresidenta, Reme Mazzolari, quien ha tenido que remangarse para organizar el trabajo de 170 empleados, que no son pocos. Si todo sale según lo previsto, será el final del modelo de “señores feudales” que han controlado Cultura, y el inicio de otro en el que la gestión y la comunicación pesen más que el organigrama. Si la Diputación quiere que la reforma sea viable y repercuta en el bienestar cultural de pueblos y comarcas, necesita garantías concretas para que el cambio no parezca una emboscada.

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