Opinión
Pedro Sánchez, al todo o nada

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un acto del PSOE en Teruel / EUROPA PRESS
El resultado de las recientes elecciones en Extremadura resultaron ser todo un síntoma que amenaza instalarse cual virus en la Moncloa. Con Guardiola se abrió la tendencia extrapolable al conjunto de España de un PP en posición ganadora que supera el 35 % de los votos y un Vox estable que alcanza el 18 % y que asegurará mayorías parlamentarias de derechas en las próximas elecciones en Aragón, Castilla y León, y Andalucía. Son cinco meses que van a marcar una intuición avalada por sondeos demoscópicos recientes, mostrando un Vox que no se desploma, sino que consolida ese techo electoral con capacidad para ser decisivo con su veto en los cuatro gobiernos autonómicos por conformar y en una hipotética convocatoria de elecciones generales.
Los próximos comicios en Aragón, Castilla y León y Andalucía se inscriben en un calendario donde el PP parte como favorito, pero sin garantías de mayoría absoluta, lo que reabre el patrón de gobiernos autonómicos condicionados por Vox, con una agenda política de máximos irrealizable que, robándole palabras a Joan Romero en la presentación del libro de Salvador Enguix, se configura cómo “disruptiva, reaccionaria y postliberal”. En Aragón, las encuestas sitúan al PP cómo ganador de las elecciones con un PSOE en retroceso y un Vox que mantiene la fuerza suficiente para ser imprescindible en cualquier mayoría de derechas.
Mientras tanto, la izquierda alternativa -Sumar, Izquierda Unida y Podemos- llega fragmentada a estas citas autonómicas, con varias siglas compitiendo entre sí y sin un polo fuerte que refuerce al PSOE en la pugna con el bloque de derechas. Esa dispersión y el desgaste del gobierno de coalición PSOE-Sumar, alimentan la sensación de apertura de un nuevo ciclo electoral de larga duración: muchos votantes de izquierda se abstienen o se desplazan hacia opciones minoritarias sin capacidad real de gobierno, o lo peor: al igual que un día ocurrió en Francia con el Front National lepenista, optan aquí por Vox.
Los estudios demoscópicos nacionales muestran un centro-derecha reforzado y una extrema derecha amenazante y en ascenso, superando ambos el 50 % en estimación de voto y los 200 escaño de convocarse ahora elecciones generales. La relación “tóxica” pero funcional entre PP y Vox, con acuerdos y rupturas tácticas, define un ecosistema donde esa derecha radical marca agenda y el votante percibe que el eje político se desplaza hacia ese lado. La posibilidad de que la correlación de fuerzas sea tal que el PP pueda formar gobierno en solitario, está al alcance de la mano de la calle Génova, la sede del PP, siempre y cuando supere ese suelo del 35 % de los votos y los 145 escaños y dónde Vox no supere el 18% y los 55. Los sondeos serios, que no los de Tezanos desde su CIS, apuntan ese escenario para unas elecciones a Cortes Generales de convocarse ahora.
Ante ese escenario conjunto, regional y nacional, ¿podemos intuir qué decisión puede tomar Pedro Sánchez para sobrevivir políticamente? La estrategia postelectoral de Pedro Sánchez tras el descalabro socialista en Extremadura, y los más que probables en Aragón, Castilla y León y Andalucía roza la temeridad. Mientras las candidatas del PSOE caen una tras otra y el mapa se va tiñendo de azul, el presidente del Gobierno de España parece decidido a convertir la derrota territorial en una narrativa de resistencia. Su plan, según se desprende de sus intervenciones y del discurso que ya anticipa de cara a unas hipotéticas generales, es claro: colocarse como garante de las políticas “progresistas” frente al supuesto “bloque reaccionario” que representan el PP y Vox.
La maniobra, sin embargo, plantea serios riesgos. Construir una campaña sobre el miedo al contrario puede servir para movilizar a los más convencidos, pero raramente conquista al votante moderado que ya le ha dado la espalda en las urnas regionales. Sánchez parece haber asumido que no podrá recuperar espacio en el centro y opta por consolidar su base más ideológica con un mensaje de resistencia casi moral, apelando a la “defensa de los derechos sociales” frente al giro conservador. Pero ese encierro en una trinchera ideológica podría aislar aún más al PSOE del electorado transversal que alguna vez fue su fortaleza; sin olvidar el enfado de su tradicional voto femenino.
En política, fiarlo todo a una única apuesta es peligroso. Sánchez confía en que la cohesión del bloque “progresista” a nivel estatal, unida a la fragmentación de la derecha por la influencia de Vox, reproduzca el escenario que le permitió gobernar en 2023. Pero la realidad territorial apunta lo contrario: el voto de castigo a su gestión, el desgaste del poder por los escándalos de corrupción cercana y la pérdida de referentes locales amenazan con convertirlo en un líder que sobrevive a base de relato, no de estructura. ¿No lo estamos viendo con Diana Morant, una desconocida que va a pagar la dura factura del descredito de Pedro Sánchez en València?
El PSOE que construyó mayorías duraderas lo hizo desde la proximidad, desde la gestión local y regional. Sánchez, al perder esos anclajes, se queda con un discurso, pero sin territorio. Pretende ser la voz de la España “progresista” mientras España, políticamente, parece girar hacia el pragmatismo y la moderación. Si su única carta es la confrontación con la derecha, el tablero puede girarle en contra: la gente no vive de relatos, sino de resultados.
Apostar todo a una narrativa épica puede gustar en Moncloa y agitar las filas más fieles en Ferraz, pero no gana elecciones generales por sí sola. Sánchez dice que será el muro ante la “ola conservadora”; sin embargo, cada vez parece más que ese muro podría convertirse en su propio aislamiento político. De jugar en la ruleta de un casino lo veríamos apostando “todo al rojo”; eso sí, para cuando comience a rodar la ruleta.
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