Opinión
El abandono de tierras de cultivo y la despoblación valenciana

Campo de cítricos arrancado, en una imagen de archivo. / ED
El abandono de tierras de cultivo en la Comunitat Valenciana es un hecho. Según AVA-ASAJA en los últimos treinta años el ritmo de pérdidas de hectáreas cultivadas representa una disminución media anual de 1,5 % de la superficie cultivada. Unas 5.000 hectáreas anuales se abandonan. Entre 1995 y 2024 se han dejado de cultivar unas 160.000 hectáreas.
El abandono de tierras de cultivo es un proceso territorial generalizado en el espacio geográfico valenciano, que va a más. En todas las comarcas se produce. Las causas son diversas y están sujetas a una tendencia común, creciente. Sobresalen entre ellas la crisis del sistema agrario, en donde se reduce la rentabilidad de los cultivos y de las explotaciones, el proceso de envejecimiento, y la falta de relevo generacional, la falta de formación profesional en actividades agropecuarias; y la implantación progresiva del modo de vida urbano en nuestros pueblos. Son numerosas las consecuencias, tanto en su dimensión económica y social, como en la ambiental. Sobresalen la reducción de la producción, la degradación del suelo, el aumento del riesgo de incendios, la alteración de las unidades de paisajes, la pérdida de biodiversidad, la adulteración de conocimientos tradicionales, y la pérdida del patrimonio cultural agrario.
En los territorios valencianos que padecen la despoblación, el abandono de parte de sus tierras cultivadas adquiere unas connotaciones singulares. Es conocido que el proceso de envejecimiento, el éxodo rural y la falta de relevo generacional, son más intensos en el medio rural, en comparación con el sistema urbano. Y, como resultado, los procesos relacionados con las tierras sin cultivar adquieren un especial significado. De hecho, constituye un reflejo de la crisis estructural del sistema territorial de la despoblación.
En la Comunitat Valenciana hallamos una docena de comarcas que padecen el despoblamiento, distribuidas por el interior de tierras castellonenses (90 municipios) y valencianas (más de 70), y el sector de la Montaña alicantina (una treintena): alrededor de unos 190 municipios, en los cuales el abandono de tierras es un proceso común, habitual, que se ha ido produciendo desde décadas, en particular cuando se intensificaron los movimientos demográficos hacia las ciudades, entre los años sesenta y ochenta del siglo pasado. Esa dimensión histórica ha estado acompañada por una variedad de procesos territoriales específicos del interior. Por ejemplo, la falta de relevo generacional se produjo tempranamente, dado el masivo éxodo rural de jóvenes del medio rural hacia ciudades del litoral. De la misma manera, se aprecia el abandono en primer lugar de los lugares más inaccesibles por los agricultores, frecuentemente condicionados por las pendientes pronunciadas y transformadas en parcelas abancaladas, y espacios más remotos. Se ha podido identificar a través de investigaciones en el propio territorio una relación directa entre abandono de parcelas y el sistema agrario de subsistencia, de modo que se mantiene en cultivo aquellas parcelas integradas en la denominada agricultura comercial. Así, contrasta los niveles de abandono en las huertas tradicionales destinadas al autoconsumo, que superan habitualmente valores por encima del 50 %, en contraposición con la permanencia de cultivos comerciales de secano, como por ejemplo los viñedos y los olivos. La tasa de envejecimiento (280) de esos municipios duplica a la de la Comunidad Valenciana (140); de modo que los jefes de explotaciones agrícolas son más mayores, y el riesgo de abandono de tierras se incrementa.
En las comarcas en proceso de despoblación el abandono de tierras adquiere un especial significado por las implicaciones en el paisaje y su deterioro y degradación. El patrimonio paisajístico agrario está afectado. La disminución de tierras cultivadas se acompaña por la sustitución y posterior expansión del matorral mediterráneo y especies forestales. Junto con la degradación del paisaje, se incrementan los riesgos de los incendios forestales (el 80% de la superficie forestal quemada en los últimos 10 años corresponde a municipios en proceso de despoblación); y aumentan los procesos erosivos.
Con todo, los paisajes, las unidades paisajísticas de estos territorios forman parte de los mapas mentales de sus habitantes, y contribuyen al sentimiento de pertenencia al mismo. En estudios realizados recientemente en el marco del Plan Integral del Reto Demográfico Valenciano (PIRD-CV), hemos constatado que el arraigo al territorio, el sentido de identidad, constituye un factor fundamental de retención de la población local en los pueblos en despoblación. El abandono de prácticas tradicionales agrícolas, la adulteración de conocimientos tradicionales, la pérdida del patrimonio cultural agrario o los cambios en los paisajes tradicionales contribuyen sin duda al desgaste y deterioro de dicho sentimiento. Una lección hemos aprendido. Entre las acciones futuras dirigidas a solucionar los problemas de la despoblación se deberá tener en cuenta precisamente la recuperación paisajística de esos territorios, y con ello, “el orgullo de ser del pueblo”.
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