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La historia como recurso político

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos / Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dp

Una de las consecuencias de historicismo alemán del siglo XIX fue la serie de publicaciones que se editaron para intentar explicar los procesos de las historias nacionales, regionales y las líneas o leyes que configuran la Historia de la Humanidad, Clásicos como Homero, Heródoto, Jenofonte, o Tucídides relataron hechos del pasado y sirvieron como instrumentos de interpretación y narración. Durante el Renacimiento empezó su proyección moderna. Se bifurcaron dos caminos: la investigación archivística centrada en análisis de fuentes y hechos concretos y, por otro, las interpretaciones de largo alcance sobre las líneas que rigen los procesos históricos. Arnold J. Toynbee, por ejemplo, es un representante del intento de explicar el sentido de la Historia Universal (El mudo de la Historia,1934) La estudia como un ciclo de civilizaciones que nacen, se desarrollan y mueren. Oscar Spengler expone su teoría sobre la decadencia de Occidente en 1929. En otra línea historiadores como Eric J. Hobsbawm o E.P. Thompson analizaron el devenir históricodesde el marxismo, mientras Max Weber aportó una visión sociológica. La Escuela francesa de los Annales, a partir de 1929, abogó por una historia interdisciplinar de larga duración con los movimientos sociales, la economía, las mentalidades y la cultura. Todo ello favoreció la aparición de Revistas especializadas conectadas con los departamentos universitarios. En todo caso, los estudios publicados contienen de manera explícita o implícita una concepción determinada de la historia, alejada generalmente de los textos para la enseñanza no universitaria. Y también la historia aparece en la creación literaria, como en las tragedias de Shakespeare o Marlowe.

En el siglo XX surgieron dos formas de afrontar la difusión histórica. La de un público amplio, no especialista, interesado en distintos acontecimientos del pasado que busca encontrar un conocimiento de temas históricos con un lenguaje asequible, y la historia como una literatura de ocio, por lo general con rigor científico, que competía con la novela histórica publicada por grandes editoriales. Revistas como Historia16 seguida por La Aventura de la Historia o Historia y Vida jugaron, entre otras, un papel relevante para satisfacer la demanda de la divulgación histórica que ha ido disminuyendo en las últimas décadas. Y en otra vertiente encontramos una historia académica vinculada a las Facultades universitarias que se refleja en libros y artículos para especialistas. Pero en algunos casos trascendieron del ámbito académico, con una amplia edición, como la biografía de John Elliott sobre Felipe II o los estudios de la Guerra Civil española y el franquismo, entre otros. Ante la disminución de la demanda de libros académicos algunas editoriales buscaron formatos intermedios entre la divulgación y la investigación más asequibles.

El uso de la historia es una herramienta frecuente en los debates culturales y políticos en temas que inciden en las narrativas de la realidad vigente. Las interpretaciones de la Guerra Civil de 1936-39 ha generado enfrentamientos historiográficos y políticos desde los mismos tiempos del conflicto, lo mismo que sobre el franquismo. De igual manera, la Transición ha suscitado un debate entre quienes consideran que el régimen franquista perpetuó su estructura de poder, y los que consideraron que fue el camino para alcanzar la democracia. En ese contexto la Memoria histórica ha sido un elemento de confrontación: unos intentaban recuperar la memoria de los vencidos y denunciar la represión con los fusilamientos y enterramientos fuera de los cementerios en zanjas improvisadas, otros consideraban que suponía reabrir heridas y perpetuar la división, cuando la Transición se concibió como un intento de reconciliación. Debates sobre el valenciano, la repoblación posterior a Jaume I o la identidad de la Comunitat Valenciana han cobrado una dimensión política notable de la que todavía quedan rescoldos. En la misma dimensión están los debates en Argentina sobre la represión de la Dictadura (1976-1983) y el papel de la guerrilla.

Hacer un uso político y social de la historia es universal. Con la configuración de los estados nacionales nació una narrativa para reforzar las identidades patrias, y continuó con el análisis de las civilizaciones, las ideologías sociales y económicas, las religiones, y las luchas dentro de ellas. Occidente-con Australia y Japón- el Islam, la India, China o África construyeron sus marcos históricos vinculados a las diputas con el socialismo y sus variantes, el capitalismo, el imperialismo, las independencias, las dictaduras, el fascismo y las democracias liberales, el progreso económico y las crisis, la revolución y la evolución, los derechos humanos universales y las opciones multiculturales. Todas esas narrativas aspiraban a la objetividad pero también servían para la justificación histórica, de manera directa o indirecta. En el mismo camino “la alianza de civilizaciones” intentaba promover el diálogo entre los pueblos para superar los confrontaciones históricas aunque, hoy por hoy, es pura retórica. El autor norteamericano Samuel Huntington escribió sobre el Choque de Civilizaciones y la identidad de los EEUU, impulsando un renacimiento del orgullo nacional y advirtió de la progresión de lo hispano frente a los elementos estadounidenses (¿Quiénes somos?, 2001) Hoy es un catecismo para Trump. La historia sigue actuando como un recurso político, salvo tal vez en los casos de los antiguos imperios o antiguas civilizaciones y culturas. O en temas que ya no inciden en el debate actual.

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