Opinión
Grazalema

Calle convertida en río en la localidad gaditana de Grazalema tras el paso de la borrasca Leonardo. A 4 de febrero de 2026, en Grazalema, Cádiz (Andalucía, España). La Unidad Militar de Emergencia (UME) interviene en Grazalema, en tareas de achique de agua en casas y calles de este municipio, que se está viendo afectada por el paso de la borrasca Leonardo, que ya ha dejado por el momento 278 litros de precipitaciones acumuladas. 04 FEBRERO 2026 Joaquín Corchero / Europa Press 04/02/2026. Joaquín Corchero;
El filósofo Schelling dijo que lo siniestro es semejante a que, de un pozo relleno de escombros hasta el brocal, de repente comenzara a brotar agua. A Freud le gustaba citar este pasaje para ejemplificar lo reprimido. Por mucho que echemos escombros para olvidar, de repente un día emerge ese hilo de agua que de forma silenciosa comienza a inundarlo todo. Me ha venido a la cabeza este pasaje al ver en Grazalema salir agua por los enchufes, cuando los vecinos abrían boquetes en las paredes para que brotara el agua que misteriosamente habitaba entre los muros, en los portales, en el subsuelo. En el principio fue el agua, dijo Tales. Grazalema parecía volver a ese principio.
Mirando las imágenes en la televisión he sentido el desamparo, no como si estuviera allí, pues aquellas personas se muestran desoladas, pero no desamparadas. En Andalucía las instituciones han funcionado y nadie ha tenido que entregarse a posiciones numantinas para defender lo indefendible. Pero mi desamparo era de un espectador angustiado, ese que no puede resolver las instituciones. En esa agua infinita emerge el principio de realidad que nos pasamos la vida reprimiendo. La angustia que te domina no tiene nombre, pero siempre regresa. Viene desde las escenas olvidadas de la infancia y te deja expuesto a una intemperie que te muestra que este mundo, glorioso en los días de brillo y de luz, alberga un pasado en el que no fue tu casa.
Ese pasado ha emergido en Grazalema con la fuerza de lo siniestro. El mito, del que apenas despertamos jamás, ha dejado memoria de esta irrupción de un mundo que no es nuestra casa. Cuando ese sentimiento irrumpe, somos de nuevo la comunidad de los vivientes indefensos y ateridos que nos sentimos unidos por los mismos sentimientos de impotencia. Ese ánimo angustiado solo se supera con un intenso vínculo de igualdad comunitaria. Sobre ese vínculo se levanta el duro trabajo que no da lo humano por perdido.
Cuando recordamos todo lo que ha sucedido con la Dana desde hace un año en Valencia, lo que más nos golpea en la memoria es la pretensión de escapar a ese sentimiento de pérdida colectiva, a esa comunidad de personas desoladas, alzándose sobre ella para mantener a salvo sus infames puestos de poder, su diferencia. Esa desnudez de los que no tienen casa, de los que mañana pueden no tenerla, de los que se imaginan no teniéndola en cualquier momento, ese descenso a la indefensión radical, eso es lo que nunca vimos en Mazón. Siempre braceó por salir a flote, él solo en su bote salvavidas, cuando una sociedad entera naufragaba, ahogada por las aguas del diluvio.
Y sin embargo hay algo nuevo, todavía más nuevo, en Grazalema. Cavanilles en 1795 había descrito lo que debía volver a suceder en Valencia en 2024, pero lo habíamos olvidado. Grazalema está a 800 metros de altura, en lo alto. No recoge las aguas de tierra adentro, ni los barrancos perdidos en la sierra. El agua cae sobre ella inmisericorde, no llega en un lento sunami fraguado a lo lejos. Esta forma de llover es incompatible con el hábitat humano. No se arregla con no construir en las ramblas. Es un pueblo entero el que ha tenido que ser desalojado. Sin excepciones. Eso es nuevo y trae señales diferentes.
Cuando imaginamos a los alcaldes insomnes, a los bomberos y miembros de la UME sin descanso, a los vecinos desde milenios instalados en el cerro que los acogía y protegía y de repente condenados a este nuevo infierno de las Danaides, a esa mujer que en Sayalonga, en Málaga, saltó en la noche al agua intentando salvar a su perro, o a esa otra que lleva en los ojos la ruina en la que se hunde todo lo que tiene, sabemos que la acción conjunta es el único recurso que nos queda ante la indefensión infantil de la que no podemos desprendernos, por mucho que nos sintamos ufanos de nuestros poderes.
No podemos todavía predecir las realidades que estarán comprometidas con estas nuevas señales climáticas. Lo que hemos despertado no sabemos cuándo descansará, o si volverá a dormirse, pero ya no podemos desconocer el poder de las aguas sobre este amplio enclave peninsular en que África y Europa se besan. No soy partidario de mitificar a Gaia, como si tuviera una voluntad propia que apareciera con su aspiración de venganza siniestra sobre los malvados seres humanos. Pero tampoco quisiera claudicar ante la sospecha de que seamos animales estúpidos que, borrachos de nuestra orgullosa autoconciencia, no tenemos ni idea de lo que puede pasarnos en un futuro inmediato.
Los ricos del mundo producen esa lluvia sobre nosotros, pero ellos no pagan las consecuencias. Los científicos hablan ya de una irreversibilidad climática. Así que solo toca cargar con las consecuencias de forma equitativa. Estas serán de tal índole, que sin instituciones fuertes y justas no podrán ser enfrentadas sin un sufrimiento desconocido para los más débiles. Quienes nos inclinan a seguir como si nada, rompen miles de años de inteligencia orientada por la cautela, la prudencia y la solidaridad grupal. Su indiferencia se debe a que tienen suficientes recursos para sobrevivir, sean cuantos sean los lugares que puedan continuar siendo habitables. Serán suyos. Esa es la idea de fondo de los poderosos negacionistas, apoyados por los que ya están instalados en la raída desesperación. Las gentes sencillas que no tienen alternativa a los pocos recursos que han logrado juntar en sus frágiles vidas, esos sufrirán. Para imaginar cuánto, basta con mirar una Grazalema generalizada y sin instituciones.
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