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«Por qué el mundo necesita a Superman… kind II»

Christopher Reeve en "Superman", estrenada en 1978.

Christopher Reeve en "Superman", estrenada en 1978. / HO

Supermankind II combate en las calles de medio mundo de Mineápolis a Teherán. «Mankind» significa humanidad. En cuanto a «Súper», recuerdo un ajuste filológico seguramente conocido: el superhombre de Nietzsche escondía trampa. Übermensch no era superioridad o músculo –lo siento por los amantes de la MMA–, sino «sobre», una elevación de lo dado. El malentendido delata desde entonces una tentación desagradable: confunde elevación con supremacismo. Su propia hermana Elisabeth, tan próxima al nazismo A. E. (antes de Elon Musk), tergiversó al autor de Así habló Zaratustra ayudando a levantar el icono en otro altar.

Supermankind II no es una raza de elegidos, es una humanidad que se sacude el ombliguismo satisfecho, el revanchismo resentido como brújula, el narcisismo epocal. Lo que urge no es ser más o superior, sino actuar juntos con valentía, no ser pueblo, sino sociedad civil. Enarbolar la civilización frente al «malismo», un término ya corriente para esa mezcla de suficiencia, desdén y nihilismo viscoso que se cuela por la red.

El malismo no es exactamente maldad, sino una subjetividad de época que presenta como lucidez el egoísmo irresponsable que beneficia o renta, como dicen los jóvenes hoy. Alérgico al compromiso, el poderoso malismo se disfraza de inteligencia; allá donde debería indignarse deja sarcasmo, una forma de pensar hacia otro lado.

El nihilismo «malista» de los más listos funciona con una lógica calculadora capaz de vestir de virtud lo que no es sino interés. No siempre lleva uniforme del ICE –la policía migratoria de Trump– ni exhibe la blasfemia como porra para disciplinar a la juventud en Irán. Su señorío no nace de una idea, sino de un mundo desprovisto de valor. Con su tecnología punta, su dinero, sus armas atómicas y su vigilancia inteligente, por doquier, ¿han visto que poderoso es?

Estamos al descubierto frente a tanto poder. A esa intemperie se le suma una coartada en declive, ese viejo relativismo moral como patología de la facultad de juzgar que tanto invitaba a la parálisis. Si todo vale igual, nada obliga. Un día, de tanto temer el dogma, terminamos recelando de cualquier convicción, y esa sospecha desembocó en inacción. Quizá por eso hoy empieza a circular, en ciertos diagnósticos culturales, la palabra «metamodernidad», con la que se intenta nombrar un tiempo posrelativista caracterizado por un mayor compromiso con valores y emociones. La urgencia de creer en la justicia, la belleza y la verdad sin pedir permiso a la ironía.

En ese escenario quizá convenga volver a algo que hasta hace poco sonaba demodé, la necesidad de héroes y heroínas, modelos de acción, corajes cotidianos que nos levanten del sofá moral en el que deglutimos series de mediocre ficción. Porque el malismo contemporáneo se alimenta de nuestra inercia. Nos quiere espectadores y no protagonistas, víctimas y no héroes.

El problema —como advirtieron Daniele Giglioli y antes Pascal Bruckner— es que durante demasiado tiempo colocamos frente a la maldad a la víctima convertida en un «héroe moral» definido por el daño y no por la capacidad de plantar cara. Cuando el sufrimiento pasa por mérito, la herida se vuelve capital simbólico, la política concurso de agravios y el malismo queda intacto.

La casa de esa humanidad heroica es la cultura entendida no como título académico, pero tampoco como mero entretenimiento, ni siquiera como tradición, sino como cultivo, conquista y perfeccionamiento a lo largo de la vida: relatos, imágenes de lucha, criterios que nos ayudan a distinguir el bien del mal y a enfrentarnos a él. Si el protagonista de esta época es la humanidad, —tan globales son los peligros que la asedian— entonces los derechos humanos deben ser el lema contra los villanos. La alternativa ya la conocemos: «mi nación first», fronteras con ametralladoras, entelequias cuyos líderes fabrican enemigos sin papeles y escuadrones para combatir un falso mal.

A esa humanidad capaz de elevarse sobre sí misma le sobran, sin embargo, razones para la gravedad. La llamo Supermankind II porque siempre quise escribir en el Daily Planet y porque ya hubo una primera vez: una humanidad que tuvo que reinventarse tras las cenizas de una guerra mundial, cuando el planeta era un cementerio humeante de bombas atómicas y campos de exterminio industrial. De aquel espanto se alzó, con todas sus insuficiencias, una arquitectura moral y jurídica de vocación fraterna y global que dijo nunca más. La estamos dejando oxidar y no podemos permitirnos una rendición así. La heroicidad no es un lujo de la vanidad sino un deber: volver a creer que actuar merece la pena, y hacerlo antes de que los nuevos malos, los malísimos —tan poderosos, tan eficaces en su mercadeo del vacío— nos convenzan de que solo cuentan la fuerza, el dinero, el poder.Principio del formulario

Y nada más.

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