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Anatomía de una ciudad sin libros

Biblioteca municipal de La Petxina.

Biblioteca municipal de La Petxina. / LEV-EMV

A menudo se pasa por alto que las transformaciones decisivas de nuestras ciudades no se hacen legibles en el momento mismo en que tienen lugar. No irrumpen como acontecimientos reconocibles, sino que se sedimentan en los usos cotidianos hasta modificarlos. Una persiana que deja de subir, un escaparate neutralizado, un recorrido que pierde su posibilidad de demora, son indicios discretos, pero elocuentes, de una reorganización más profunda de la experiencia ordinaria de nuestros barrios.

Entre las pérdidas menos visibles que acompañan estas transformaciones urbanas, la desaparición de las pequeñas librerías ocupa un lugar singular. Durante largo tiempo, las librerías de barrio funcionaron como puntos de referencia estables dentro del tejido urbano: lugares a los que se acudía no solo para adquirir libros, también para verlos, hojearlos, seguir el pulso de las novedades y dejarse orientar por una conversación que nunca tenía prisa. En su interior, el tiempo parecía regirse por una lógica distinta a la del exterior inmediato, casi siempre ajena a la urgencia del tránsito y al ruido del consumo acelerado. La recomendación del librero introducía una mediación humana que convertía la elección del libro en un dispositivo de encuentro, donde el intercambio de ideas y lecturas sostenía una forma de sociabilidad cada vez más rara en la ciudad contemporánea.

La progresiva desaparición de este tipo de lugares no obedece, sin embargo, a una mera transformación de nuestros hábitos culturales ni tampoco a un desplazamiento espontáneo de la demanda. Debe leerse, más bien, como uno de los efectos visibles de la mutación profunda que han experimentado nuestras ciudades bajo los efectos del neoliberalismo. En este proceso, el suelo urbano ha dejado de entenderse como un soporte destinado a sostener formas de vida compartidas para pasar a ser gestionado como un activo financiero susceptible de valorización. El barrio, despojado progresivamente de su espesor social e histórico, se ha redefinido como superficie de tránsito regulado, favoreciendo aquellos comercios compatibles con la rentabilidad inmediata y desplazando, de manera sistemática, aquellos cuyas prácticas se sustentan en los tiempos lentos y las economías de baja escala.

Es desde este marco estructural desde donde cobran sentido muchos de los diagnósticos críticos que, en las últimas décadas, han señalado la erosión del espacio público y la creciente privatización de la experiencia urbana. Diagnósticos necesarios y, en buena medida, acertados, que sin embargo, cuando se formulan en términos absolutos, corren el riesgo de clausurar la mirada sobre aquellas prácticas que, incluso en condiciones adversas, pueden persistir en los márgenes y reforzar usos no previstos del espacio común. Es por ello que, quizás desde esta fe aún algo ingenua, sigo creyendo que las librerías conservan esa capacidad de introducir una fricción en los ritmos acelerados que gobiernan nuestras calles y de ensayar, desde lo cotidiano, formas modestas de resistencia frente a ellos. De ahí la tristeza que provoca la noticia de su cierre: con él se pierde una ecología urbana del encuentro con el libro, difícilmente sustituible por otras mediaciones culturales.

Frente a un urbanismo que privilegia la movilidad permanente y la soledad funcional, estos espacios insisten en que la cultura no se reduce al consumo inmediato, sino que implica un régimen de atención y contacto sostenido. Y que, incluso en ciudades sometidas a la lógica más áspera del mercado, tocar un libro, demorarse en él, compartirlo, puede seguir siendo una forma discreta, pero obstinada, de insubordinación cotidiana.

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