Opinión
La degradación de un barrio

Librería Paris Valencia, en la calle Pelayo del barrio de La Roqueta / Germán Caballero
Al salir de casa por las mañanas, si quiero mantener un estado de ánimo apacible, hago como que llevo unas anteojeras. Sí, eso que se les pone a las caballerías para evitar que miren hacia los lados. Una de las razones es por no tropezar con alguna botella rota, pero en general lo hago por no contemplar el estercolero en que se ha convertido mi barrio, sobre todo tras las noches del fin de semana. Finalmente, ya alertado por las fotos que los vecinos han colgado en el grupo de WhatsApp de la asociación vecinal, cedo a la curiosidad y miro a mi alrededor. Se acabó esa voluntad apacible; y ésta se muda en indignación al contemplar los restos de las fiestas etílicas desaforadas y ruidosas que se montan algunos jóvenes desde última hora de la tarde hasta el amanecer. Se trata de restos, de envoltorios, botellas, orines, vómitos y hasta excrementos humanos. Hace poco, culminando el paroxismo post-discotequero algunos de éstos iniciaron un incendio en contenedores, que afectó a las viviendas próximas. Tantas son las denuncias que los medios de comunicación valencianos ya lo vienen reflejando de manera intermitente pero constante.
Todo esto acontece en el barrio de La Roqueta, situado tan sólo a escasa distancia de la Plaza del Ayuntamiento. Pero claro, me pregunto si esas hordas de “pobres jóvenes” que acaso no tendrán dónde explayarse y deciden emplazar sus borracheras en un espacio urbano donde saben que nadie les va a amonestar. No logro, sin embargo, ponerme en su lugar, ni saber qué pasa por sus cabezas. Aunque con alguna generación de ventaja (o desventaja) pienso que también fuimos jóvenes, festeros y gregarios, pero de la borrachera particular al “botellón” como liturgia sistemática para la celebración del week-end hay cierta distancia.
A no ser que llueva, los martes se instala en el barrio el famoso “mercadillo”, en el que los vendedores de ropa barata, también prendas y calzado de segunda mano vociferan sus mercancías durante la mañana dejando los restos de su despliegue por el suelo público. Para muchos de ellos los contenedores son pura decoración. Cuando desalojan se recupera el espacio para estacionar, y de manera inmediata los llamados “gorrillas” invaden las calles ofreciendo plazas de estacionamiento permitidas o restringidas a los vehículos, cuyos conductores ya saben que este barrio ya se ha constituido en el aparcamiento (permitido o no) del centro de la ciudad. Éstos, a cambio de algunas disputadas monedas, durante horas ejercen su hegemonía en la información y ordenación de los aparcamientos legales y también ilegales dado el deficiente control de la autoridad y también de los agentes de la ORA. Generalmente el sentido territorial de estos “gorrillas”, cerveza en mano, acaba con frecuentes broncas, intimidaciones y peleas que en contadas veces culmina con la llegada de la policía nacional a pedirles “los papeles”; teatrillo que dura un ratito.
Continúo caminando por la calle Pelai o por las adyacentes, da lo mismo. Todas son calles mal cuidadas, yermas de árboles y bancos, donde lo único que parecen florecer y mudar con frecuencia su apariencia y naturaleza, son la multitud de comercios chinos en su mayoría. Hasta más de treinta, entre peluquerías tiendas de para estilizar las uñas, restaurantes y pequeños comercios de alimentación cuento en tan sólo una calle de cuatrocientos metros. Éstos no cierran nunca, su calendario laboral parece no ceñirse a normativas, acuerdos, ni ley conocida alguna entre dueños y trabajadores, explotadores y explotados. Pero es una quimera intentar comprender la cultura y los principios con los que se conduce ese gran silente colectivo – aunque para algunos es un aliciente folklórico- que constituye oficialmente casi un tercio de la población del barrio, y aunque compartiendo el mismo espacio parece pertenecer a un mundo paralelo que, indiferente al resto, jamás se implicó en la vida del resto de sus conciudadanos.
Casi al alcanzar la calle Xàtiva me tranquiliza constatar todavía la existencia del Trinquet Pelayo o la librería Paris Valencia. ¿Será pura nostalgia? Pues, no. Al menos en esta última me quiero sentir protegido de la visión de turistas arrastrando maletas salidos de las estaciones cercanas o de los pisos turísticos -no se sabe si legales o no- que también comienzan a invadir este desaguisado de barrio.
El descontento y, más aún, la rabia, llevaron hace pocos años a intentar dar una repuesta colectiva creando una asociación de vecinos que cada vez mendiga a mercados y casales falleros un espacio para reunirse. Su objetivo es denunciar ante las autoridades municipales esta insoportable situación. Eso sí, siempre admitiendo la multiculturalidad de su población y vigilando sus declaraciones, no vaya a deducirse ninguna actitud xenófoba. Con todo ello pese a su reconocido empeño ninguna medida reivindicación efectiva ha sido atendida por el consistorio.
Para muchos vecinos este tradicional barrio, especialmente comprendido entre la Estación de Norte y la calle Sant Vicente, se ha vuelto cada vez más extraño. Sé que con el tiempo ningún lugar puede escapar a cierta metamorfosis, aunque no de manera tan brutal. Muchas veces me he preguntado si todo los que sucede es fruto de la casualidad, la consecuencia de una tormenta perfecta que se ciñe en estas calles y a la que hay que resignarse. También si existe algún plan oculto para desalojarnos. El patrón de uno de los antiguos establecimientos de la zona cada vez que se inaugura un nuevo comercio de esos que mencionaba antes me dice resignadamente que sospecha que ya somos “los últimos de Filipinas”.
Se ha argumentado, y con razón, que la situación privilegiada de este barrio lo hace muy apetecible para inversores y que su degradación constituye toda una estrategia. Es de manual. Empiezo a estar convencido, sobre todo cuando recibo mensajes y llamadas anónimas ofreciéndome la compra de mi piso, cosa frecuente.
Hace más de treinta años el gobierno municipal se planteó un ambicioso plan de rehabilitación de los barrios del centro histórico, conocido como el Plan Riva. Se trataba de detener y revertir su deterioro, intervenir y salvaguardarlo haciéndolo más habitable. Y creo que ha dado buenos frutos. En la actualidad todo parece indicar que la política urbanística va en sentido contrario, favoreciendo la gentrificación y manifestando gran entusiasmo por el negocio del turismo. Ello solo se explica desde una mentalidad provinciana, la de políticos que nunca amaron demasiado la ciudad de València y para quienes tan solo una oportunidad.
Aún sin caer en teorías conspirativas, resulta difícil no señalar que la inoperancia y la dejadez del actual gobierno municipal del PP y VOX con sus palmeros incluidos, le hace el cómplice del estado de este barrio por el que seguramente nunca han transitado sus responsables. Si por una vez lo hicieran abandonando su zona de confort a lo mejor entenderían de qué hablamos, aunque no creo que movilicen ni una neurona para mejorarlo. Están en otras cosas. ¡A saber cuáles!
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