Opinión
El pisito
El problema de la vivienda es uno de los signos más elocuentes de la desigualdad capitalista.

Residencial donte tienen pisos cargos y funcionarios del Ayuntamiento de Alicante / Levante-EMV
Encontrar un sitio donde vivir decentemente. Donde puedas levantarte por la mañana y descubrir que el mundo no es una emboscada. Donde el techo no sea el relente frío del invierno o una lámina de hojalata a punto de volar con los primeros vientos de la amanecida. Dormir al raso es un paisaje moral que estruja los cimientos de una sociedad en bancarrota. El problema de la vivienda: uno de los signos más elocuentes de la desigualdad capitalista. Encontrar un sitio para vivir sin que la vida sea como el foso de los cocodrilos. De eso se trata. Qué cosa tan sencilla, ¿no? Que se lo pregunten, si no, a quienes en la ciudad de Alicante han encontrado para vivir el chollo de sus vidas. La larga mano de quienes lo pueden todo porque no tienen vergüenza, porque el poder está de su parte, porque el poder, demasiadas veces, es un estercolero donde se pudre la esperanza de quienes no tienen casi nada. O nada.

El pisito / Levante-EMV
El Ayuntamiento de Alicante ofertaba la primera promoción de viviendas públicas en veinte años. A precio muy inferior a lo que costaría en el mercado. Pisos de noventa metros, garaje, trastero, pista de pádel, piscina… Todo eso en una de las mejores zonas de la ciudad. Lo dicho: un chollo. ¿Un chollo para quién? Seguro que lo adivinan. De momento, gente de ringorrango. Una directora general de la institución municipal: María Pérez-Hickman. Una concejala del PP del propio consistorio: Rocío Gómez. La primera: piso asignado a dos de sus hijos (no sé si tiene más) y a un sobrino. La segunda: ella y su marido -¡ale hop!- a jugar con la pelotita volátil o a entrenarse para el campeonato vecinal de los cien metros mariposa. Ah, y un tercer agraciado por arte de birlibirloque: un arquitecto municipal de la sección de urbanismo. Saldrán más, pero lo que ya se conoce resulta escandaloso: cargos del PP y otras familias de la alta sociedad alicantina también tuvieron suerte en la adjudicación con la estrambótica circunstancia de que algunas de ellas viven en el extranjero. Y suma y sigue: algunos de esos pisos ya han sido puestos en alquiler por sus recién estrenados propietarios. Por si faltaba algo, y como explicaba aquí mismo Juan Ramón Gil en un artículo rabiosamente lúcido, todo ese proceso ha sido llevado a cabo con «una opacidad aberrante. Aquí una parcela situada en uno de los mejores sitios de Alicante y que era pública ha acabado en manos de unos pocos bien conectados justo en un momento en que la mayoría tiene graves dificultades para encontrar donde vivir». Precisamente, también en Levante-EMV leía esto hace unos días: «Cae el escudo social y 4.800 familias (según cálculos del PAH) pueden perder sus viviendas». Siempre lo mismo: la mierda de la desigualdad. Y los chanchullos para favorecer a los de siempre.
Enseguida saltaron las alarmas. El alcalde del PP, Luis Barcala, haciéndose el longuis, puso el grito en el cielo como cuando el capitán Renault ordena el cierre del café-casino Rick en Casablanca: «¡Qué escándalo. He descubierto que aquí se juega!». La concejala dimitió, pero el piso… lo que se da no se quita. La directora general ya no es directora general pero sigue siendo un alto cargo en el Ayuntamiento y sus hijos y sobrino a presumir de pisito que para eso sirve ser hijos y sobrino de una mujer influyente. Poco después las miradas se dirigen al gobierno valenciano. Y qué casualidad: ¿quién es la responsable de la Conselleria de Vivienda en ese gobierno? ¿No lo adivinan? Pues aquí la tienen: ¡Susana Camarero! La mujer que compite con Dios para ver quién de los dos está en más sitios a la vez. Llevó a Mazón entre pañales como si fuera su hada madrina, dejó en el abandono las residencias de mayores cuando la dana pero siguió disfrutando de la vicepresidencia de la Generalitat. Por cierto, Mazón ya dejó preparadas las bases para que familias ricas accedieran a la subasta de las viviendas en la exclusiva urbanización Les Naus. Y el último punto en que confluyen las preguntas acerca del reparto del chollo habitacional: ¿el presidente de la Generalitat, Juan Francisco Pérez Llorca, no tiene nada que decir en este embrollo? Me refiero a algo que tenga sustancia y no a cubrir retóricamente el expediente. No dirá nada, se lo digo yo. Punto en boca. Se trata de los suyos.
El caso es que un PP tan acostumbrado a exigir dimisiones por cualquier desliz -cierto o inventado- de sus oponentes políticos, aquí lo tenemos: sordo como una tapia, mudo como Buster Keaton en El rey de los cowboys, ciego como el amo del Lazarillo en la mejor novela de todos los tiempos. Pienso en la película El pisito, de Marco Ferreri y Rafael Azcona. Año 1958. Una pareja de novios que se quiere casar pero su precaria economía familiar no se lo permite. Las familias pudientes de Alicante no tienen ese problema. Para nada lo tienen. Seguro que esas familias, en ese franquismo que tanto gusta al PP y Vox, tampoco habrían sufrido para encontrar un piso, como les pasaba a Rodolfo y Petrita en la película. Bien que lo ha explicado con pelos y señales Mariano Sánchez Soler en su magnífico libro Ricos por la patria: las familias ricas de la dictadura siguen siendo -con algunos ostentosos añadidos- las mismas familias que en la democracia.
Para acabar, una pregunta que ya se hacía en estas páginas Isabel Olmos y cuya respuesta ya me la sé: ¿devolverán los pisos quienes los han adquirido en esas más que sospechosas condiciones de «opacidad aberrante»? ¿Ustedes qué piensan?... Pues eso mismo pienso yo. Eso mismo.
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