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Opinión | La veleta de papel

Mercantilismo

Una pareja de enamorados pasea por las calles de València

Una pareja de enamorados pasea por las calles de València / Germán Caballero

En pocos días se desatará uno de los reiterativos días en honor al dispendio, una fiesta del comercio, en las mismas fechas de las antiguas lupercales romanas, celebradas (ante diem XV Kalendas Martias) como ritos de fecundidad, que píamente la Iglesia sustituyó reformuladas bajo la advocación de san Valentin de Roma desde el 494 hasta 1965 que dejó de celebrarla. València té a sant Donís com a patró dels enamorats des del 1338.

Es paradójico que un sentimiento difícil de controlar que invita a la intimidad, al susurro confidente, a la súplica en la mirada, a compartir caricias en desnudez, a fundir dos cuerpos en uno, a la promesa eterna, se transforme por mor del marketing en los fastos del amor forzado o a tiempo tasado; en un festejo de la restauración. Nada más lejos del amor cantado por los poetas durante milenios.

No niego que el comercio sea una actividad humana que ha reportado beneficios sociales, avances técnicos y culturales, pero por favor, déjense de mancillar santos y festividades ocultando intencionadamente su origen y utilidad. Con las lupercales buscaban favorecer la fecundidad de las mujeres (también de cosechas y ganado); ¿la buscamos hoy? Inconscientemente podría ser, mas no creo. Digamos exactamente de que se trata: despilfarrar sin pensar.

Es perverso que con motivo de esta “celebración” de alguna manera se nos exija a estar enamorados, y si no, estamos socialmente desubicados estos días. Tal vez detrás de todo este zafio mercantilismo se encuentre la temida industria farmacéutica, pues salta a la vista que serán los ansiolíticos los que devuelvan la calma arrebatada.

Dejen en paz al proceso que desencadena el amor eros. Que cada cual seduzca a su única y especial manera, con miradas furtivas y expectantes; casual o intencionadamente; escribiendo o recitando poesía; tocando el piano o cantando; incluso por interpuestos amigos; a tiempo o a destiempo. Respeten que los poetas podamos seguir ejerciendo de notarios de corazones desbocados, de ímpetus que facultan a nuevos Atlas. Consiéntannos testificar que hay persona que vive, si respira el aire por otra espirado. Que nada hay más sutil y sensual que el beso maorí, cuya intimidad es pura poesía. Que la risa enamorada es un desfibrilador para el corazón herido. Que amar y ser amado, aunque sea por un instante, eleva al Olimpo inmortal de los dioses.

Incluso accedan que desvelemos cuando el amor se va, el dolor inmenso de la ausencia; la absoluta oscuridad del sol negro; el incontenible río de los ojos; el repudio de lo bello; los hirientes celos y las fosas abisales tierra adentro; desear el reino de Tánatos; vivir en el más aterrador de los infiernos.

Hay también amor forzado, comprado a minutos u horas; dado por compasión, resignación o desespero. Como antídoto contra la soledad. O aquél platónico que es sublimación de un ideal que tal vez jamás existió o existirá. Incluso el amor narcisista, que cuando no es ególatra, es tan pacífico como pernicioso, pues al igual que a Narciso termina ahogando. Esta el amor pausado que no rompe sino empapa; o a torrente que arrasa certidumbres. Los hay persistentes o de efímera memoria, mas ninguno estacional. Cada estación tiene motivos y belleza sobrada para que dos corazones latan sincronizados.

Finalmente permítanme cantar al instante supremo en el que miras al hondo de los ojos amados y ves el paraíso, el cielo infinito, y al mismo tiempo intuyes agazapado el averno. No hay azul más límpido y brillante en el firmamento que cuando te devuelven esa mirada y es apasionada, en ese instante, paralizado el universo, brilla con luz singular y perfecta el sol, la luna y las estrellas. Y nada de esto puede comprarse, ni siquiera forzarse. Usted, ¿no lo cree?

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