Opinión
La normalización del odio y las trincheras

Primer cartel de Letras en Sevilla XI edición '1936: la guerra que todos perdimos'. / LORENA SOPENA - EUROPA PRESS
La normalización progresiva de las cosas es un proceso social y psicológico por el cual acostumbramos la mirada a situaciones que en un principio eran inaceptables, pero que poco a poco las aceptamos como parte del paisaje. Es como cocer lentamente a una rana que, sumergida en el agua, es incapaz de saltar a medida que la temperatura se va caldeando grado a grado, hasta acabar hirviendo con el animalito dentro. La idiosincrasia de un pueblo es difícil juzgarla desde fuera. Hay que estar dentro de su cultura para intentar explicar por qué la sociedad alemana se mantuvo adormecida ante el avance genocida del nacionalsocialismo liderado por Hitler. Solo la cultura en la que naces y la normalización progresiva de las cosas es capaz de explicar la aceptación narcótica ante la injusticia, el dolor y la barbarie.
Es por ello que, quizás, seamos incapaces de percibir el lento deterioro de los valores democráticos que tanto se empeñan en jalear como bandera política. La radicalización del insulto, la falta de respeto y la guerra de propaganda están construyendo un muro infranqueable entre dos bandos que no atienden a razón y que alimentan la famosa polarización sin reparos. No importa la verdad, ni siquiera que sea justo o injusto, el fanatismo de la ideologización es capaz de justificar cualquier sinsentido por el simple hecho de que pertenece a uno de los suyos. El agravio, la injuria y el ultraje es desenvainado sin escrúpulos por redes sociales que se han convertido en un campo de batalla. ¿Y los medios de comunicación? Pues, la mayoría de ellos, lejos de aportar sensatez al relato, se parapetan en sus trincheras para defender a los suyos, a quienes le dan de comer según al partido que estén adscritos. Lamentablemente, no existe un organismo apolítico y legitimado por todos que repruebe y le saque los colores a los mentirosos y maleducados de turno, sean del contexto político, social o cultural. Cualquiera puede soltar lo que quiera, sin moral ninguna, y muchos de nosotros a observar cómo el odio pasa de un campo a otro igual que una pelota de tenis.
Sería pretencioso nombrar aquí los millares de guerras que a lo largo de la historia surgieron a causa de esas chispas de odio que se fueron convirtiendo en hogueras, desde la Guerra de Troya hasta la rabia insaciable entre judíos y palestinos que vivimos hoy. Es urgente que prestemos atención a la normalización del odio porque la última Guerra Civil española no surgió por menos y no creo que, visto lo visto después, la mayoría de la población de entonces hubiese dado carta blanca a la devastación de un país. Sin embargo, el rencor inyectado en la mirada de muchos se propuso empezarla.
Es imperioso que la cultura, la educación y, por supuesto, la política, convoquen a la moderación, al respeto y a la aceptación del otro. La confrontación debe dar paso al debate, y las manipulaciones y las mentiras deberían ser causa de dimisiones y condenas públicas sin ningún tipo de miramientos ideológicos. El tener un altavoz mediático debería ser una responsabilidad y una oportunidad para llamar a capítulo a los radicalizados, aquellos que no aceptan el educado intercambio de ideas. No se puede permitir que en escenarios públicos se llame “hijo de puta” a un presidente de gobierno, así como tampoco es aceptable que el fascismo sea el calificativo hacia aquellos que piensan diferente.
Es por ello que la polémica generada por el último premio Nadal, el escritor David Uclés, es el ejemplo de lo que no debería hacer nuestra cultura: la normalización del odio. El escritor andaluz generó una polémica innecesaria renegando de su participación en el Ciclo de las Letras de Sevilla, a donde se había comprometido a asistir. Lo hizo denostando a José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, ponentes que compartían cartel junto a destacadas voces como Félix Bolaños, actual Ministro de Presidencia o Antonio Maíllo, coordinador federal de Izquierda Unida, entre otros muchos participantes de diferentes colores políticos. El escritor andaluz no solo cayó en la difamación innecesaria, sino que fue generador de que se anulara un foro de debate y encuentro sobre la resucitada Guerra Civil. Y no se trata de que David Uclés no tuviese motivos personales e ideológicos para pensar radicalmente diferente a esos dos ponentes, sino que demostró su incapacidad de participar en un debate educado y moderado que contribuyese a esa desescalada de odio que ya se nos ha ido de las manos. Uclés no solo ya había aceptado la invitación, sino que ni siquiera tenía que participar en la misma mesa que los dos políticos que él no toleraba.
El ruido de trincheras y de sables que no atienden a debate solo es semilla de odios y fracturas que estamos normalizando, por ello es hora de que entre todos, unos y otros, contribuyamos a ese encuentro necesario, a ese fair play que demanda una gran parte de nuestra sociedad, los que todavía se niegan a estar polarizados o en una guerra de trincheras.
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