Opinión | Bolos
La montaña mágica de Nino Bravo
Tras el tributo en el Roig Arena, las hijas de Nino Bravo y su representante exploran nuevas posibilidades, mientras el museo del cantante en su pueblo parece algo abandonado

Carteles anunciando el concierto homenaje a Nino Bravo que se celebró en el Roig Arena en 2026. / Eduardo Ripoll
Nino Bravo suena en todos los partidos de Mestalla, segundos antes del himno oficial de la Comunitat Valenciana. Nadie puede saber, en este Valencia CF de Singapur, quién tuvo el buen gusto de poner Mi tierra y, al mismo tiempo, la imprudencia de convertir la letra del maestro Serrano en un cántico futbolero, saltándose todos los protocolos diplomáticos. Bastaría con imaginar la que se montaría en Francia si La Marsellesa fuera el himno oficioso del PSG para que, tras los acordes de “Si sientes lo que yo siento / ven y cántala conmigo”, acaben los prolegómenos y ruede el balón.
Conviene dejar apuntado que el VCF ha sido la institución que nunca ha olvidado al cantante de la Vall d’Albaida, y que, junto al Ayuntamiento de Aielo, ha mantenido vivo su legado. Ahora, tras el éxito del tributo inaugural en el Roig Arena, a las hijas de Luis Manuel Ferri Llopis —conocido artísticamente como Nino Bravo— y a su representante se les abrió un mundo. Una posibilidad a la que también ha contribuido cierto abandono del museo en su pueblo, del que la Diputación tampoco se había acordado en su inminente reestructuración cultural, pese a esa vocación comarcalista a la que dicen recurrir. Es verdad que Ens Uneix ha salido rápido al quite; es su feudo, aunque dudo que hubiera pasado si el artista hubiera sido de Utiel, de donde era el hoy olvidado actor Enrique Rambal.
Que el Ayuntamiento de València haya manifestado también su intención de acoger el museo no es, desde luego, para rasgarse las vestiduras, pues Nino vivía en el Cap i Casal cuando murió, y aquí arrancó su fulgurante carrera. Aunque, ya puestos y aprovechando la coyuntura, el consistorio podría darle una pensada a la Casa Museo de Concha Piquer, abandonada a su suerte.
Cuando sobrevienen estos fulgores de patriotismo local, recuerdo que el siempre recordado Fernando Delgado me dijo, ante una polémica parecida, que nadie sube hasta la mítica montaña mágica de Thomas Mann, en Davos, donde está el sanatorio que el escritor convirtió en escenario de su famosa novela. Y eso que era Nobel de Literatura.
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