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¿Qué haremos para ganar la Tercera Guerra Mundial?

A veces me pregunto, mirando al cielo: “¿Qué he de hacer mañana? ¿Ir al trabajo como hasta ahora, o coger un fusil, miles de latas de conserva, y llevarme a mi familia a un refugio en las montañas? ¿Por qué me obligan a seguir haciendo lo primero, si todo lo que recibo son noticias que me indican que lo segundo sería la opción racional?”

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, reacciona durante la firma de algunas ordenes ejecutivas el 30 de enero de 2026, en el Despacho Oval de la Casa Blanca en, Washington (Estados Unidos). EFE/EPA/ Francis Chung / Pool

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, reacciona durante la firma de algunas ordenes ejecutivas el 30 de enero de 2026, en el Despacho Oval de la Casa Blanca en, Washington (Estados Unidos). EFE/EPA/ Francis Chung / Pool / FRANCIS CHUNG / POOL / EFE

Hace tiempo que vivimos una tensión insostenible, una contradicción por la cual debemos reconciliar las demandas propias de la vida cotidiana con otra realidad que corre de forma paralela a esta, pero que la contradice, plagada como está de indicios de que nos hallamos en el horizonte de una crisis existencial. Entre dos aguas, a veces nos sentimos tentados a devaluar una de ellas y decir que, si la primera es cierta, la segunda no puede ser verdad, o (lo que es aún más doloroso) a despreciar la vida cotidiana como el velo de Maya que nos distrae del colapso civilizatorio. A veces me pregunto, mirando al cielo: “¿Qué he de hacer mañana? ¿Ir al trabajo como hasta ahora, o coger un fusil, miles de latas de conserva, y llevarme a mi familia a un refugio en las montañas? ¿Por qué me obligan a seguir haciendo lo primero, si todo lo que recibo son noticias que me indican que lo segundo sería la opción racional?”

Un día descubrí que así se sentía la gente durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En realidad, me di cuenta de dos cosas: primero, que ni siquiera el escenario dantesco de los más violentos conflictos bélicos logra disolver por completo el pequeño teatrillo de la cotidianidad. Así lo atestiguan cientos de documentos y biografías. Pero también me di cuenta de una diferencia fundamental: los protagonistas de aquellas historias sabían que estaban inmersos en una guerra mundial. Pero yo no sabía nada.

El discurso que el primer ministro de Canadá dio en Davos me ha abierto los ojos: estamos en la Tercera Guerra Mundial

¿O sí lo sabía? Tantas series, tantas películas apocalípticas, tantas conspiraciones que por ahí pululan (algún lector creerá que esta es una ellas), ¿acaso no trataban de deletrear la palabra que nadie decía? Paradójicamente, el discurso que el primer ministro de Canadá dio en Davos me ha abierto los ojos: “Los poderosos tienen su poder. Pero a nosotros nos queda algo: la capacidad de dejar de fingir y nombrar la realidad”. Así que la nombro: estamos en la Tercera Guerra Mundial.

Lo demostró el discurso que Trump dio al día siguiente en la misma Conferencia. La contradicción insoportable que atraviesa nuestras vidas definió también su intervención. Presentes en la audiencia, Alastair Campbell y Rory Stewart sugirieron en su podcast que, si hubiésemos estado en los años treinta del siglo pasado, las amenazas y consignas que Trump lanza hoy entre chistes, obscenidades e ironías ante una audiencia aburrida que no deja de consultar el móvil, las estaría proclamando un dictador enfervorecido, ante una multitud hipnotizada por la luz de las antorchas. Pero se trata de un discurso bélico en ambos casos.

Quizá el problema resida en que la luz tintineante del móvil también hipnotiza, en que lo hace las veinticuatro horas del día (es el faro que ilumina nuestra vida), no sólo durante las breves horas que duraban los desfiles hitlerianos. Uno sabe que se prepara para la guerra cuando sostiene una antorcha en la mano, aunque después vuelva a casa; pero cuando manipula un móvil, me temo que entonces duda de todo y no se da cuenta de nada. Con esos medios se está combatiendo, también, la Tercera Guerra Mundial. No creo que sea una guerra de ejércitos, de bombas ni de trincheras (aunque las haya), sino de chantajes y presiones constantes, imposiciones y creciente inestabilidad. De hecho, creo que la demanda de Trump de que Europa compre más armamento a los Estados Unidos, en preparación de un conflicto futuro, en realidad forma parte de su propia estrategia bélica, ya que con ello nos ata de pies y manos e impide que concentremos recursos en su ofensiva actual. El objetivo es que paguemos reparaciones sin haber cometido ningún crimen, más allá de haber sido un fiel aliado. Rusia y los Estados Unidos han acordado que Europa pague reparaciones por una guerra que no ha perdido porque no se ha luchado, porque ni siquiera se ha declarado. Se trata de la victoria perfecta.

Pese a todo, se trata de una guerra que debemos ganar. No tenemos más remedio. Sólo así, cuando Trump sea derrotado, podremos aprovechar la legitimidad de esa inercia victoriosa para emprender toda una serie de reformas democráticas que sabemos que son necesarias en Europa, Australia, Canadá y en el resto del mundo, y que no podemos llevar a cabo precisamente porque tenemos a nuestro enemigo como aliado. La prueba de que la democracia norteamericana ha fallado es que Trump es irreversible y su destrozo no terminará tras estos cuatro años. Instalados en ese horizonte de irreparabilidad, lo único que nos queda es luchar para que la derrota ideológica de Trump (y no la nuestra) sea irreversible, como pensábamos que lo sería la de los fascismos tras la Segunda Guerra Mundial. Que Trump se escandalice hoy de que los Estados Unidos no se quedaran con Groenlandia tras liberar Dinamarca demuestra que no es así. El arbitrio de la pura crueldad, o la crueldad del puro arbitrio: por eso se combatió. Eso creímos haber derrotado.

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