Opinión
¿Sabe tu mente qué es "virtual"?

La alicantina Virtual Zone apunta a lo más alto / PILAR CORTES
¿Y si la mejor forma de entender el cerebro fuera engañarlo? Esto es lo que se está haciendo, ahora mismo, en los laboratorios donde se encuentran Neurociencia y Realidad Virtual (RV). Se crean “ilusiones” tan convincentes como para revelar cómo pensamos, sentimos o percibimos el mundo.
Esta tecnología permite, por ejemplo, “creer” que estamos caminando por un largo pasillo y que, de pronto, ¡el suelo desaparece bajo nuestros pies!... En ese momento, nuestro corazón se va acelerar, los músculos se tensarán y nuestras pupilas se dilatarán (entre otras muchas otras reacciones del organismo).
No hemos salido de la seguridad de nuestra habitación, pero, ante estos estímulos de “mentiras virtuales”, se van producir reacciones muy “reales”, con las que la Neurociencia podrá asomarse al funcionamiento más íntimo del cerebro humano.
Las experiencias con RV, con diferentes estímulos a la vez, simulan ambientes complejos, que pueden incluir hasta interacciones sociales, sumergiéndonos en una “realidad alternativa” que nuestro cerebro puede aceptar por completo.
Todo esto hace que las experiencias en este “universo ficticio” puedan resultar más “naturales” que muchos de los experimentos tradicionales realizados en los laboratorios “de verdad”. El trabajo allí se caracteriza por repeticiones de protocolos muy controlados. Sin duda, estas repeticiones han sido fundamentales para comprender como se genera un comportamiento y qué ocurre en nuestro organismo, pero sus resultados muestran, a veces, una validez limitada al enfrentarse a una experiencia “real” de sorpresa o miedo, por ejemplo.
No en vano, el comportamiento humano “normal”, presenta una increíble capacidad de interacción con un entorno que no cesa de cambiar. Así, cuando algo llame nuestra atención, nuestro cerebro se focalizará en ello y lo exploraremos reflejando nuestras auténticas motivaciones y necesidades, pero… ¿Cómo hacemos para que el experimento no nos ponga “en peligro”?
Es aquí donde la inmersión virtual va a “engañar” al cerebro mediante una potente estimulación sensorial a través de la información que, generada con diferentes dispositivos, le llega de ojos, oídos o manos. Vamos a poder interactuar, “a tiempo real”, con múltiples escenarios y, de este modo, obtener nuevos datos sobre nuestras capacidades cognitivas o emocionales, cerrando el círculo entre estimulo, percepción y acción. Estos “decorados virtuales” están permitiendo revelar cómo las neuronas codifican mapas cognitivos, o cómo se forman y consolidan recuerdos.
Al sincronizar estímulos visuales, auditivos o táctiles, se puede explorar la integración sensorial o los mecanismos de autopercepción. Desde pilotar aviones, a manipular maquinaria peligrosa, los cerebros de las personas usuarias “creerán” que experimentan situaciones de riesgo pudiendo practicar cómo reaccionar, en estas situaciones, desde un entorno seguro.
Por otro lado, la RV combinada con las interfaces cerebro-computadora adecuadas, puede estimular regiones cerebrales específicas, desencadenar cambios neuroquímicos e influir en funciones como el aprendizaje, la percepción o las habilidades motoras (lo que sin duda va a traer consigo nuevas aplicaciones terapéuticas).
La RV, junto a estas interfaces que traducen la actividad cerebral en comandos, se emplea ya para controlar unidades externas, registrando señales neuronales que, luego, se decodifican por algoritmos para manejar dispositivos como prótesis o sillas de ruedas. Así, pacientes en rehabilitación con daño motor, pueden practicar sus movimientos en entornos virtuales antes de trasladarlos a su “mundo real”, acelerando su recuperación funcional y reduciendo riesgos.
Hay equipos clínicos, aplicando escenarios virtuales que exploran como tratar problemas de salud mental como las fobias; grupos que estudian la memoria utilizando entornos virtuales para explorar cómo se reactivan recuerdos; o laboratorios que investigan la percepción social para analizar empatía y prejuicio. En definitiva, la RV ha dejado de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una potente herramienta en la investigación.
Sin embargo, es justo mencionar que también emergen dilemas como la preservación de la privacidad de datos neuronales, los efectos a largo plazo de la inmersión sensorial o la equidad en el acceso a tecnologías terapéuticas. La comunidad científica deberá establecer marcos regulatorios que protejan a pacientes y participantes sin frenar su progreso.
Con RV no solo “jugamos a engañar” a nuestro cerebro sino estamos abriendo una puerta poderosa a la mente. Si avanzamos con rigor técnico y reflexión ética, va a ser una herramienta clave para comprender nuestro cerebro como un todo.
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