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Cuando la autonomía no importa

El líder del PP, Jorge Azcón, celebra la victoria de su partido en las elecciones del 8F.

El líder del PP, Jorge Azcón, celebra la victoria de su partido en las elecciones del 8F. / JAIME GALINDO

Que diferentes niveles de gobierno que conviven desde posiciones ideológicas contrapuestas se distingan en sus planteamientos políticos es lo normal. Otra cosa es utilizar esa legitimidad como si fuera un arma electoralista sin más. Eso es lo que ha hecho el Partido Popular con las últimas convocatorias electorales en Extremadura y Aragón, envileciendo la esencia de nuestro Estado autonómico. La falta de honestidad en esta llamada a las urnas se percibe a través del argumento que sirvió de sustento en ambos casos: la imposibilidad de llegar a un acuerdo con Vox para la aprobación de los presupuestos, a sabiendas de que la probabilidad de un gobierno con mayoría absoluta era mínima, por no decir inexistente, como se ha comprobado.

El contraste sería la posición del PP en la Comunitat Valenciana, donde se daban sobradas razones para haber convocado elecciones anticipadas, dadas las multitudinarias manifestaciones en las que la ciudadanía ha venido exigiendo durante meses responsabilidades políticas a raíz de la negligente actuación en la riada. En consecuencia, las dos recientes convocatorias electorales se han orientado por criterios oportunistas.

La falta de afecto hacia la autonomía también la ha mostrado la derecha al oponerse frontalmente a la propuesta del nuevo modelo de financiación autonómica planteado por el Gobierno, sin presentar alternativa alguna y sin voluntad de negociación. Amarga esta postura, máxime cuando es mucho dinero en beneficio de la ciudadanía lo que está en juego, como lo es especialmente en el caso de la Comunitat Valenciana.

Sobrecoge la actitud del Partido Popular utilizando a los gobiernos autonómicos en su cruzada hacia las próximas elecciones generales, lo que no deja de ser una falta de consideración hacia lo que es y representa la autonomía. Y, aunque sabemos que en general nunca terminaron de creer en ella, resulta llamativo que quien lidera esta estrategia haya sido presidente de la Xunta de Galicia más de diez años. La consecuencia es el daño al Estado autonómico como expresión de la división territorial del poder que asientan la historia, la cultura y las singularidades de la diversidad patrimonial de España. Todos estos años de grandes consensos, primero para la construcción y después hacia su consolidación, se han malgastado por cálculos electorales ajenos a las propias comunidades autónomas. Le salga bien o mal la jugada en su escalada política, ese será su legado.

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