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Opinión | Desde que amanece

Nadie quiere estar solo

'Heated Rivalry' o 'Más que rivales', como se ha bautizado en España, no para de sonar en redes y, desde su estreno en Movistar la semana pasada, se sitúa como una de las más vistas en el país.

'Heated Rivalry' o 'Más que rivales', como se ha bautizado en España, no para de sonar en redes y, desde su estreno en Movistar la semana pasada, se sitúa como una de las más vistas en el país. / L-EMV

Perdónenme de nuevo, pero, al igual que la semana pasada, otra serie ha llamado mi atención. No en vano muchos la califican como un fenómeno global, y no le faltan ingredientes para lograrlo: deportistas de élite, cuerpos de escándalo, erotismo, sexo explícito, contenido LGTBI y diálogos descarnadamente realistas.

'Heated Rivalry' o 'Más que rivales', como se ha bautizado en España, no para de sonar en redes y, desde su estreno en Movistar la semana pasada, se sitúa como una de las más vistas en el país.

Más allá del morbo que genera tratar la temática gay en un deporte de élite como el hockey sobre hielo, 'Heated Rivalry' habla de personas, de miedo al rechazo, de homofobia interiorizada, de cánones sociales que chocan con la felicidad de la persona y del terror que supone ser feliz sabiendo que lo que haces no es lo que otros esperan de ti. Es precisamente por eso que la serie se ha subido a una ola intergeneracional que ha trascendido por completo la temática gay.

Los personajes son arquetipos con los que es fácil identificarse, independientemente de la identidad sexual de quien esté detrás de la pantalla. La timidez y curiosidad de Hollander; la chispa y deseo que comparte con Ilya cada vez que cruzan un mensaje velado; la irreverencia y valentía del jugador ruso como escudo para ocultar, en realidad, el miedo a una familia que cree que lo rechazaría si sale a la luz la verdad. O ese conflicto de quien vive con normalidad su sexualidad pero está dispuesto a ocultarla en público por amor a quien no tiene el valor para hacerla pública por miedo a perder su estatus.

 En definitiva, los problemas de una sociedad que navega entre la felicidad de uno mismo y lo que se espera de nosotros, aunque el peaje sea la renuncia a la propia esencia. Y al final, la esperanza: nadie quiere estar solo.

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La newsletter de Íñigo Roy / L-EMV

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