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Opinión | Algo personal

València

Holocaust

Cotó-En-Pèl tenía un nombre que era como el tacto suave del terciopelo, como la música que salía entonces de los melotrones y otros aparatos para mí extraterrestres que casi habían sustituido a las guitarras y todos los demás instrumentos

Cotó en Pèl en 2025.

Cotó en Pèl en 2025. / Levante-EMV

Fue hace mucho tiempo. De todo hace ya mucho tiempo. Y qué. Siempre seguirá existiendo lo que recordamos. Es verdad que a la hora del recuerdo echamos mano de lo que sea, a veces también de lo que nos inventamos. Así funciona la memoria. Un viaje hacia lo desconocido, porque en la memoria confluyen lo que fue real y lo que nos imaginamos. Otra cosa bien distinta es que lo que nos inventamos sea mentira. Eso no vale. Eso es hacer más trampas que los tahúres de Saloon en las películas del Oeste. Una tarde en la emisora de radio que había en La Cultural, un edificio no sé si del Frente de Juventudes o algo parecido. Pista de tierra donde José Jordán trajo a Llíria los primeros escarceos con el básquet. Aquella tarde dos adolescentes surgían con sus primeras canciones. Eran Pep Llopis y Juan Antonio Bort: Los Errantes. Después el grupo se amplió y abarcaría una larga etapa musical que nunca se olvidaría en el pueblo. De ahí el homenaje que hace unos años se les tributó con las actuaciones de Los Jaguars, Los Genios y los propios Errantes. Después, ya con otra formación, grabarían un disco con Calleja -qué hermosa canción- y Nuestro mundo. Una joya de single -aquí lo tengo- seguramente hoy inencontrable. Como Holocaust.

Los Errantes.

Los Errantes. / Levante-EMV

Finales de los años setenta del pasado siglo. Qué miedo da lo del "pasado siglo". Qué lejos. Los Errantes ya no existían. El nuevo grupo tenía un nombre que era como el tacto suave del terciopelo, como la música que salía entonces de los melotrones y otros aparatos para mí extraterrestres que casi habían sustituido a las guitarras y todos los demás instrumentos. La música progresiva: Pink Floyd, ELP, Yes, King Crimson, Màquina, Eduardo Bort… El nombre del grupo: Cotó-En-Pèl. De nuevo Pep Llopis a los mandos, con Paco Cintero, Vicent Cortina y Carlos Picó. Cuatro músicos de los que hacen época, como suele decirse en plan eternizar lo que vale la pena. Y el nuevo grupo tanto que valía la pena. Pep y Paco eran amigos míos desde la adolescencia. Mis años en Llíria. El tiempo que no lo borra todo. Se juntaron para aportar lo que hiciera falta al mundo de la música. Ya lo dije: se estilaba lo progresivo. Grandes grupos de entonces siguen en el recuerdo. A mí me resultaban excesivos. Demasiado envoltorio. Galaxias infinitas. Otros mundos. Escuché mucho a los Crimson. Demasiado larga In the Court of the Crimson King. Muy buena canción, sí, pero joder: no se acaba nunca. Su líder, Robert Fripp, era un monstruo que siempre le andaba dando vueltas al coco musical. Eso mismo le pasaba a Pep Llopis. Una cabeza volcánica siempre a punto de ebullición. Y explotó en 1978 en la forma de un disco sorprendente: Holocaust. La palabra, la música, el valenciano para expresar lo que sólo el idioma propio puede convertir en una historia única y además con la pinta de la eterna duración. Y tal vez lo más reseñable: lo que ese trabajo tuvo de entusiasmo colectivo.

Seguí sus primeros pasos entonces. Hasta creo que escribí algo sobre ellos en alguna parte. Pero no sé. Lo que sé es que estuve alguna vez en su local de ensayo. Los locales de ensayo son parte de la historia de los conjuntos musicales. La precariedad. Cuatro muebles rescatados de algún naufragio. La periferia urbana para incordiar al vecindario lo menos posible. Los locales de ensayo. Leo en London Calling, una magnífica biografía de The Clash escrita por Fernando Ballesteros y publicada en Efe Eme, que su local de ensayo se llamaba Rehearsal Rehearsals y allí le dio la vuelta al punk ese genio que fue Joe Strummer y se murió en 2002 cuando acababa de cumplir 50 años. Un día de 1977 también moría Paco Cintero en un accidente de moto sin ver editado el disco. La vida es demasiadas veces una mierda.

Holocaust.

Holocaust. / Levante-EMV

De vez en cuando sucede lo que nunca antes estuvo escrito. Y Holocaust, con el paso de los años, se convirtió en un disco de culto. Dicen que en Japón es un éxito y que aquí ese vinilo se sube a unos precios de coleccionista. Yo lo tengo. Tengo ese vinilo. No lo vendo por nada, ni por un millón, como escribía Raúl Núñez y cantaba Loquillo en un disco con poemas de diversas autorías. Ahora Holocaust ha salido como nuevo de la mano de El Mascarat y me acuerdo de Paco Cintero y de Toni Solaz, que fue con Vicent Garzón técnico de sonido aquel ya tan lejano 1978. La memoria de la lealtad no se inventa. Sigue ahí como el primer día. Aunque a veces el foso de los leones se abra por sorpresa entre lo de ayer y lo de ahora.

No pude estar en la presentación de la nueva edición del disco hace unos días en València. Ya me hubiera gustado encontrarme de nuevo con Pep, con Carlos, con Vicent, con Julià, que sustituyó a Paco después del maldito accidente. Y cómo no, volver a ver a tanta gente amiga que, con toda seguridad, no faltaría a la cita en Oldies con aquel tiempo de sueños invencibles.

Aquella tarde de radio en La Cultural sigue en mi memoria después de tantos años. Todo está ya muy lejos, claro que sí, como casi todo lo de entonces. Pero nada -nadie- desaparecerá mientras lo recordemos. Por eso esta columna está dedicada a un disco genial que reaparece: Holocaust. Y sobre todo a Paco Cintero y Toni Solaz, que ya no están pero es como si nunca hubieran dicho adiós. Va por ellos, pues, ¿vale? Va por ellos.

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