Opinión | No hagan olas
¿Será posible la alternancia en Norteamérica tras la gran batalla cultural?
¿Soportará Trump una derrota en las elecciones de medio mandato de noviembre que lo deje en minoría parlamentaria, o romperá la baraja constitucional como ya amagó en enero de 2021?

El presidente de EEUU, Donald Trump, a su llegada a Washington este lunes. / JOSÉ LUIS MAGANA / AP
La democracia –el menos malo de los sistemas políticos conocidos, en frase atribuida a Winston Churchill–, se fundamenta en la alternancia del poder. Las llamadas democracias avanzadas cuentan con ordenamientos constitucionales y amplias leyes que desarrollan las garantías para el limpio ejercicio de las elecciones, así como la asunción del poder ejecutivo a quien corresponda de modo legítimo. Sin este principio básico no hay democracia. Todo lo demás son pamplinas.
Pues bien, en los últimos días, ante el inminente comienzo de la campaña de primarias y caucus en los Estados Unidos que han de desembocar en las llamadas elecciones de medio mandato siempre en noviembre, Mid-Term, cunde la preocupación dadas las insinuaciones formuladas al respecto por el propio presidente Donald Trump. El actual mandatario norteamericano sigue creyendo que le robaron los anteriores comicios presidenciales, los que ganó Joe Biden en 2020 por más de 7 millones de votos, y todo apunta a que se prepara para refutar los escrutinios del medio mandato que pudieran serle desfavorables.
Las Mid-Term son fundamentales para el ejecutivo federal norteamericano, pues en las mismas se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes –435 escaños–, un tercio del Senado –33 de los 100 asientos– y hasta 36 de los 50 gobernadores de los Estados de la Unión. Todo un contrapeso político, elaborado así, con esa obvia función de limitar los poderes presidenciales y obligar a los pactos y consensos, esencia de la vida democrática estadounidense como diseñaron sus padres fundadores, de Thomas Jefferson a Benjamin Franklin o John Adams, este último muy recordado en Bilbao, ciudad que visitó a finales del siglo XVIII para estudiar la constitución foral vizcaína, en la que se inspiró.
A esas elecciones Mid-Term llegarán los republicanos controlados por Trump con una ligera mayoría en la Cámara baja de 218 representantes, unos 4 más que los demócratas. En el Senado, la situación es de 53 a 47 a favor de los elefantes republicanos frente a los burros (donkeys) demócratas. Así mismo, en la actualidad los «rojos» republicanos tiñen 26 Estados con gobernadores de su partido, situados todos en el centro y sur del país salvo 2 en Nueva Inglaterra y 3 en los grandes lagos; en contraste con los 24 «azules» demócratas, mayoritarios en las dos costas, en los grandes lagos, Hawái y en la frontera mexicana.
La situación es pareja, aunque con todas las mayorías inclinadas del lado republicano. Cualquier ligera variación daría cobertura a la oposición demócrata y dejaría limitado el último tramo del mandato presidencial, el segundo, llamado del «pato cojo» (lame duck) porque ya no puede presentarse a una nueva reelección, lo que se suele aprovechar para firmar muchas prerrogativas presidenciales de indulto por delitos federales. Pero visto el peculiar carácter de Trump, con los antecedentes que posee y el agresivo estilo de este su nuevo mandato, ningún agudo observador descarta que el presidente provoque un cataclismo político que lleve a los Estados Unidos a un escenario altamente conflictivo. Esa es la expectación desatada: ¿Soportará Trump una derrota que lo deje en minoría parlamentaria, o romperá la baraja constitucional como ya amagó en enero de 2021 con el asalto de las huestes al Capitolio, encabezadas por el hombre-búfalo?
En las últimas semanas, Trump ha puesto en entredicho la organización electoral de los Estados proponiendo que la supervise el Gobierno federal, ha insinuado también que puede declarar el estado de emergencia que le faculta para desplegar tropas y tomar el mando único de la Guardia Nacional, incluso que como consecuencia de todo ello estaría excepcionalmente facultado para prorrogar su mandato y hasta para presentarse a una nueva reelección, lo que se impidió con una enmienda constitucional tras el fallecimiento de Franklin D. Roosevelt, pero que Trump revocaría dadas las circunstancias inestables que pudieran producirse en el país. Como se comprende, todas estas insinuaciones resultan auténticos torpedos en la línea de flotación del sistema democrático liberal de los EE UU.
El presidente Trump no está solo contra lo que muchos quieren creer. Diversas esferas dan soporte a sus propósitos. Y no solo los ahora llamados tecno-oligarcas
Pero el presidente Trump no está solo contra lo que muchos quieren creer. Diversas esferas dan soporte a sus propósitos. Y no solo los ahora llamados tecno-oligarcas de las multinacionales digitales, cuya estrategia pasa por liquidar los frenos de la UE a la expansión de sus productos adictivos y cercenar la competencia tecnológica china. Existe también una larga tradición intelectual de raíz xenófoba –la «raciología»– entre algunas élites y académicos norteamericanos que han tratado desde hace más de una centuria de difundir una doctrina contraria a la asimilación de etnias y culturas que caracteriza a los Estados Unidos, no sin extraordinarios conflictos.
Mientras Bad Bunny canta y baila a la latinidad, Hollywood enmudece; al mismo tiempo que Bruce Springsteen corea a la resistencia de Minneapolis donde antaño vivieron los sioux dakota, los jóvenes neoyorquinos acuden a Times Square para entonar el «fuck ICE», pero también los think tanks que rodean a Trump –del movimiento MAGA a la fundación Heritage, QAnon, la asociación del Rifle o la Turning Point del activista asesinado Charlie Kirk–, desempolvan visiones sociales y también antropológicas que propugnan un proyecto meritocrático estrecho y con filtros –algunos basados en test conductistas de inteligencia– que sirva para el mantenimiento de la hegemonía anglosajona en la cima del poder político. De nuevo la extrema polaridad ideológica, la batalla cultural, tan crucial como la que provocó en el pasado la guerra antiesclavista de Secesión (1861-1865, cerca de un millón de muertos) o los tiempos del movimiento por los derechos civiles, cuando el «gran conflicto moral» que describiera Martin Luther King.
Un magnífico repaso a esa tradición neo-racista norteamericana se encuentra en el ensayo del lúcido profesor de Columbia, Marvin Harris, Teorías sobre la cultura en la era posmoderna (publicado en 2000 por Crítica). Según explica Harris, la creencia en la existencia de individuos inferiores parte de las ideas de Charles Darwin, biologicistas y no tanto sociales y/o culturales, lo que propició incluso la generación de movimientos eugenésicos en la misma Norteamérica hasta la guerra europea, cuando la barbarie nazi enmudeció a los supremacistas estadounidenses, incluido su presidente Calvin Coolidge quien, al firmar la ley de inmigración de 1924, declaró que «Norteamérica debe seguir siendo norteamericana: las leyes biológicas demuestran que los nórdicos se deterioran al mezclarse con otras razas». Como dirían en Grazalema o Ubrique, llueve sobre mojado.
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