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Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Carl Schmitt en la política española

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, a 11 de febrero de 2026, en Madrid (España).

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, a 11 de febrero de 2026, en Madrid (España). / Eduardo Parra - Europa Press

Uno de los personajes más controvertidos y complejos del siglo XX fue el filósofo y jurista alemán Carl Schmitt. Se le conoce como el jurista del III Reich, el cerebro jurídico del nazismo porque sus planteamientos ayudaron a armar todo el armazón jurídico e ideológico a la hora de justificar la fuerza del líder como fundamento y legitimación de derecho. Su vinculación al partido nazi es compleja. Nunca aparece en primera línea porque encarna la controvertida relación entre el intelectual y la política. Una de sus ideas fue la crítica a las democracias liberales y parlamentarias por su nula capacidad de resolver los problemas en situaciones de crisis institucional. Pasará a la historia por escribir libros que se han discutido, y todavía lo hacen, a derecha e izquierda, sobre la naturaleza del poder político. En 1932 vio la luz un escrito con el título El concepto de lo político.

Ahí desarrolla una tesis inquietante. El criterio central de lo político responde a la lógica amigo-enemigo a partir de la capacidad de buscar y distinguir entre un ‘nosotros’ (amigo) y un ‘ellos’ (enemigo), donde éste es quien amenaza la existencia del grupo y halla la posibilidad de lucha a muerte para su supervivencia. Esta fricción radical dota de identidad colectiva y nacional a un grupo de personas que tienen un enemigo común y un horizonte claro de acción, es decir, dinamita pura. El Estado, pues, deja de tener un papel neutralizante de las diferencias porque son estas las que tienen que dar sentido al mismo Estado. Repasemos la historia del siglo XX y verán los enemigos a los que se han atacado y por los que se han iniciado guerras y exterminios.

Esto que debería enseñarnos y representar un muro de contención a todo lo que proyectamos políticamente, se ha quedado en agua de borrajas. Salvando las distancias, la política española ha dejado de ser política para convertirse en política de trincheras desde el bibloquismo que vivimos aplicando en todos los ámbitos y debates la lógica amigo-enemigo. Ya no se habla, se vocifera, se persigue, se señala, se niega la palabra, se calla, se insulta, ya no sólo en el parlamento, sino en los platós de TV y en las redes sociales. Creo que nuestra clase política no ha entendido todavía que sus señorías han perdido toda autoridad y que los Vito Quílez, Dani Desokupa, Sarah Santaolalla, Pablo Iglesias y toda una colección de periodistas servidores y serviles de su amo concreto, son los que llevan la voz cantante, calificando al contrario de enemigo, al que hay que batir, encarcelar y eliminar, incluso reemplazar por la inmigración regularizada.

Ya decía Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que “ser de izquierdas o derechas es una de las infinitas maneras del hombre para ser un imbécil”. Traducido: toda persona que entiende el debate y la política pública sólo a partir de los argumentos y datos de una sola ideología. Todo aquello que no responda a mi pensar debe ser demonizado, ya no tiene derecho a existir y, de facto, el diálogo y la escucha se difuminan. Todas estas posiciones nutren la lógica amigo-enemigo que se desarrolla con más virulencia en los sistemas totalitarios y exige de un enfrentamiento alimentado y permanente, pero que cada vez está más presente en nuestra democracia. Por ello, deberíamos leer a Carl Schmitt como advertencia de lo que se está por venir a derecha e izquierda.

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