Opinión
Hasta la próxima
Hubo mucho ruido esta temporada en Orriols a costa del derbi entre el Levante UD y el Valencia CF, pero lo que venía no era una revolución de jerarquías en la ciudad. El espacio no se conquista por decreto sentimental. Se consolida durante más de un siglo.

Los futbolistas del Valencia CF celebran la victoria. / Germán Caballero
El “Peter quédate” volvió a sonar en el aparcamiento de Orriols con la puntualidad de un reloj suizo, antes de que el “Pepelu es una rata” se escuchara como una cascada, de una grada a otra, en el interior del Ciutat de València. Con parte de esa liturgia, y otra mucho más sana, vive el Levante UD sus partidos con el Valencia CF, ahora renovada, con acústica moderna y repertorio actualizado. Nada nuevo bajo el cielo del derbi cuando se juega a orillas de Alboraia, ahora contestado desde la grada visitante con el “puto sapo el que no bote”, que no deja de ser otro síntoma más del mismo ruido compartido.
Lo curioso, casi enternecedor, no fueron los exabruptos hacia el universo xoto (que como las farolas de la Ronda Nord, forman parte del mobiliario urbano del barrio), sino la piel fina cuando el equipo de Mestalla hace lo que está obligado a hacer desde 1919: competir, ganar (dos partidos, dos victorias xotas esta temporada) y celebrar.
En tiempos de jerarquías discutidas, conviene separar planos y poner las cosas en su sitio. El Levante ha sabido conquistar bien su espacio. Nada que reprocharle. Ha sido eficaz, oportuno y práctico. Una gestión inteligente.
Además, conviene reconocer que el granota de cuna ha cultivado históricamente una ironía más afilada que la del xoto cuando se trata de zaherir al vecino. En el manual sentimental del levantinismo no hay gozo comparable al de tumbar al Valencia. Es la fecha señalada en rojo desde que se imprime el calendario, el pico de tensión emocional del curso, el día en que la temporada se justifica sola.

Ramazani celebra el gol con una cabriola. / Germán Caballero
Tanto fue así que, ya avanzado el verano de 2007, todavía se mantenía en lo alto del estadio granota el marcador de aquel último partido de Liga: Levante 4 – Valencia 2. Allí seguía, bien visible para todos los que pasaban por la Ronda Nord, como recordatorio permanente, motivo de vergüenza para unos y de cachondeo para otros. Algo parecido le ocurre al Valencia CF con aquel 6-0 al Real Madrid en la Copa de 1999. Es una cuestión de escala. De pura escala.
Ahora bien, la historia no se revisa porque crezca la militancia ni por ganar un partido. Que el Levante haya aprovechado la erosión institucional y deportiva del pueblo blanquinegro no convierte automáticamente esa coyuntura en un cambio de jerarquía estructural, como algunos venían predicando. Ahí está el error de fondo. Lo que venía no era una revolución, sino una oportunidad bien administrada. El espacio no se conquista por decreto sentimental. Se consolida durante más de un siglo.
Los logros se deterioran, pero no se evaporan, como tampoco lo hará durante mucho tiempo el sudor de la camiseta de Cömert colgada en el banderín de Gol Alboraia
La verdad de todo esto está en la hemeroteca, en la de este periódico y en la de todos: el Valencia sigue siendo el club grande de la ciudad, aunque hoy juegue como si no lo fuera. La centralidad histórica, el músculo social, la dimensión simbólica y el recorrido competitivo (títulos, finales europeas, futbolistas de primer orden mundial) no desaparecen por una mala década ni por una gestión errática. Se deterioran, pero no se evaporan, como tampoco lo hará durante mucho tiempo el sudor de la camiseta de Cömert colgada en el banderín de Gol Alboraia.
Pero tampoco juguemos al cinismo. La reacción de la grada, artillería de botellazos incluidos, entra dentro de la lógica pasional del fútbol. Pónganse en la escena inversa. Imaginen a Carvajal en Mestalla, plantado en la esquina del sector 4, celebrando con el banderín en la mano. Sabemos perfectamente lo que pasaría.

Tárrega despeja un balón del área del Valencia CF. / Germán Caballero
El propio levantinismo delata su obsesión por los xotos en sus prioridades emocionales. Una encuesta de Levante-EMV con motivo del Extra Liga de 2008 fue cristalina: el 83 % de los granotas elegía derrotar al Valencia por encima de cualquier otro rival. Solo un 15 % prefería al Madrid y un 2 % al Barça. En el lado contrario, el 72 % de los valencianistas priorizaba ganarle al Madrid, el 20 % al Barça y apenas un 3 % al Levante. No es una cuestión de desprecio ni de arrogancia, sino de perspectiva. De escala.
El Levante vivió el derbi, otra vez, como afirmación identitaria, como un acto fundacional repetitivo. El Valencia lo ha vivido, incluso en su peor momento, como contexto. Esa asimetría histórica es el verdadero combustible de la tensión y también de la susceptibilidad granota. Ese paternalismo que aún desprenden los ‘boomers’ del viejo Mestalla, ese ‘ojalá el Levante se salve’, duele más que la ingenua celebración de Cömert después de otra victoria del Valencia CF (0-2).
Ese paternalismo que aún desprenden los ‘boomers’ del viejo Mestalla, ese ‘ojalá el Levante se salve’, duele más que la ingenua celebración de Cömert después de otra victoria del Valencia CF (0-2).
Qué no lo olvide nadie. Se puede llenar el estadio a buen precio. Se puede convertir cada victoria puntual en proclama generacional. Se puede cantar más alto. Se puede insultar, pero una coyuntura favorable cada 20 años no puede ser el amago emocional de sustituir a un siglo de historia ni convierte el ruido en jerarquía.
Mientras el Valencia discute consigo mismo y juega por debajo de lo que fue, sigue siendo (y científicamente lo seguirá siendo durante mucho tiempo si no lo es para la eternidad) el club grande de la ciudad.
Hasta la próxima.
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