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La mente colectiva

En Aragón, el voto se ordena en torno a claves propias y a un arraigo político muy vinculado al territorio

En Aragón, el voto se ordena en torno a claves propias y a un arraigo político muy vinculado al territorio / PI

El pasado domingo se celebraron elecciones autonómicas en Aragón con unos resultados que Levante-EMV resumía en el siguiente titular: “Un PP a la baja gana en Aragón y el PSOE se lleva otro correctivo”. Me ha llamado la atención el hecho de que casi todos los periódicos encabecen la noticia con un titular similar. Parece como si, pese a que cada uno es de su padre y de su madre, dicho resultado fuese un hecho objetivo que no admite discusión. Por supuesto que lo que sucede en la comunidad vecina nos atañe y mucho. Además, parece ser que Aragón suele anticipar las tendencias electorales del conjunto de España, lo mismo que sucede en los EE UU con Ohio, por la cual a Aragón la llaman el Ohio español. Pero todo esto pertenece a la crónica política. A mí lo que me interesa ahora es la cultural, que articularé en tres preguntas.

Primera pregunta: ¿cómo es posible interpretar los resultados, que son cuantitativos, de forma cualitativa, es decir, “el PP va a la baja” y “el PSOE recibe otro correctivo”. ¿Cuándo una pérdida de votos se puede considerar “un correctivo”? ¿Significa “va a la baja” que el descenso es irremediable? Se trata de opiniones subjetivas que, sin embargo, sentimos ajustadas a la realidad cualesquiera que sean nuestras preferencias políticas. Émile Durkheim (1858-1917), un profesor francés considerado como uno de los padres de la sociología, habría dicho que la conciencia colectiva de los ciudadanos españoles está de acuerdo con este tipo de análisis. Y lo justificaría como sigue: “El conjunto de creencias y sentimientos comunes al término medio de los miembros de una misma sociedad, forma un sistema determinado que tiene vida propia: podemos llamarlo conciencia colectiva o común. Es, pues, algo completamente distinto a las conciencias particulares aunque sólo se realice en los individuos“ (La división del trabajo social, 1893).

Segunda pregunta: ¿existe algún fundamento neurológico que justifique la mente colectiva? La neurología moderna ha afrontado esta cuestión experimentalmente mediante lo que en inglés responde a la sigla fNIRS (hiperescaneo de espectroscopia funcional de infrarrojo cercano). Este nombre tan impresionante refiere a una práctica muy simple consistente en registrar simultáneamente la actividad cerebral de dos o más personas que interactúan, mediante la medición de sus niveles de consumo energético en determinadas zonas del cerebro y la constatación de que sus respectivos flujos neuronales están relacionados. En romance: los grupos de personas que interactúan lo hacen coordinadamente, por lo que podemos hablar con toda propiedad de conciencia colectiva.

Tercera pregunta: ¿y todo esto tiene alguna consecuencia cultural? Richard Dawkins, un darwinista ortodoxo, acuñó en su obra El gen egoísta (1976) el concepto de “memes”, que vienen a ser genes culturales que se replican y pasan de un grupo a otro. Los memes pueden ser creencias religiosas, valores estéticos, opiniones políticas, aficiones deportivas, tendencias de la moda, etc. Han existido siempre, pero desde que se produjo la revolución digital, las redes sociales difunden cualquiera de estos memes a gran velocidad, sobre todo cuando se originan en algún influencer. Por ejemplo, Georgina Rodríguez, con casi cincuenta millones de seguidores, parece la influencer más destacada en España gracias a sus contenidos relativos a la moda y al maquillaje, articulando una mente colectiva de gran valor comercial.

Vuelvo a las elecciones aragonesas de la semana pasada. La democracia recuperada en España con la Constitución de 1978 abrió un cúmulo de expectativas que el paso del tiempo ha ido laminando poco a poco. Hoy día, un fNIRS masivo sobre opinantes políticos mostraría que el desapego es más fuerte que la adhesión, debido en parte a que los memes se han ido oxidando por el paso del tiempo y, sobre todo, a las torpezas de nuestros políticos. Si fueran mínimamente inteligentes, que no es el caso, se darían cuenta de que el personal empieza a pasar de ellos. Pero no es que se refugie en la abstención, es que se va a la extrema derecha. Esto no tendría nada de reprochable si se respetase el marco constitucional; lo malo es que no está claro que en el futuro vaya a ser así. El partido Vox, cuyo líder dice haber sido falangista, sostiene posturas políticas que horrorizarían a su presunto modelo histórico, José Antonio Primo de Rivera. Por ejemplo, su rechazo a los inmigrantes, incluidos los hispanos, se contradice abiertamente con la doctrina joseantoniana. Peor aún: su alineamiento con Donald Trump, un personaje que ha decidido llevar al límite la teoría expansionista del presidente Monroe y aplicar el big stick de Roosevelt en todos los países iberoamericanos (Venezuela, Cuba, Colombia, Brasil…), es más que suficiente para que José Antonio se revuelva en la tumba. Sobre todo cuando se entere de que, en este vasallaje, a su autonombrado sucesor no le han acompañado los líderes de la extrema derecha europea, ni Le Pen ni Meloni ni Alternativa por Alemania y ni siquiera Orban. Hemos llegado a un momento en el que la mente colectiva de los ciudadanos españoles siente que todos los partidos del sistema, engolfados en sus liaisons dangereuses, los están engañando. Hemos entrado en un fatalismo colectivo del que no puede salir nada bueno.

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