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Profesor de Comunicación, candidato a vicerrector de Comunicación, Participación y Transparencia en el equipo de Juan Luis Gandía a la Universitat de València

Comunicación y Academia: un reto para el futuro

La universidad, especialmente la pública, tiene un reto importantísimo: contra la miseria de los indocumentados, hemos de oponer la luz del saber, de la investigación, de los que dedican su vida a conocer mejor la ciencia y la sociedad

Foto de archivo de fake news

Foto de archivo de fake news / EFE

La universidad del futuro no puede vivir a espaldas de la sociedad, tiene que asumir retos, enfrontar los problemas de forma valiente y decidida, con una responsabilidad social importante en los diversos campos de la ciencia, de la cultura y de la comunicación. Vivimos tiempos de bulos, de fake news, de informaciones sesgadas que circulan por las redes sociales impunemente expandiendo ideologías indeseables especialmente entre los más jóvenes, más sensibles al internet 2.0, una revolución comunicativa que prometía en sus inicios un incremento en la participación ciudadana, pero que se ha acabado convirtiendo en algo muy distinto. Hoy en día esas redes son un pasto abonado para la difusión de teorías conspirativas, ataques discriminatorios contra las minorías, contra los eternamente secundarios, sean éstos inmigrantes –sólo los pobres, claro, es lo que la profesora de la UV Adela Cortina define como aporofobia– o colectivos no integrados en la norma imperante. Los conspiranoicos, los influencers y los nuevos medios expansores de bulos, atacan sistemáticamente a los gobiernos y a sus representantes –socavando las democracias–, y también a los que personifican según ellos la autoridad: los periodistas, los médicos, los jueces, los profesores de Universidad. Queda así la sociedad descabezada. Si los que conocen, los expertos, los que estudian, quedan deslegitimados por los que siempre sospechan y creen que hay una mano negra detrás de cada emisor si éste es considerado autoridad, triunfa el desconocimiento, el caos informativo y la ganancia para los que aprovechan esa situación para difundir y convertir en virales las fake news interesadas en un futuro de postverdad perverso.

Un caso paradigmático dentro de los movimientos conspiranoicos es el de los antivacunas: sistemáticamente desconfían de las autoridades, de los médicos, de los institutos de investigación, y acaban promoviendo actitudes de desprecio a las recomendaciones médicas, en algunas ocasiones con efectos muy perniciosos para la salud de las personas. La crisis sanitaria y social del coronavirus provocó su expansión, además vinculada a la ideología ultra que corre sin freno por las redes. La auctoritas de los latinos provenía del prestigio, de la sabiduría y de la experiencia. Y eso se pierde inevitablemente con la sospecha continua. Además, todos estos movimientos acaban teniendo relación: terraplanistas, negacionistas del cambio climático o del coronavirus.

No podemos quedarnos en nuestra torre de marfil:: tenemos que tomar un papel activo en estos tiempos broncos

Contra todo esto cabe enfrentarse desde la universidad, especialmente la pública, que tiene un reto importantísimo en esta ecuación: contra la miseria de los indocumentados, hemos de oponer la luz del saber, de la investigación, de los que dedican su vida a conocer mejor la ciencia y la sociedad. Y ahí entra nuestra responsabilidad en la difusión de la ciencia. Desde la Academia no podemos quedarnos en nuestra torre de marfil, ajenos a lo que ocurre en la sociedad: tenemos que tomar un papel activo, en estos tiempos broncos de activistas interesados que difunden sus mentiras por la blogosfera y las nuevas redes. La universidad tiene que luchar con todas sus armas para recuperar las connotaciones positivas de su marca. Tenemos que estar seguros de nuestra obligación de mantener un papel preponderante en la sociedad. Porque la Academia equivale a la investigación y al conocimiento, y no podemos dejar que nadie nos robe nuestro espacio.

La Inteligencia Artificial generativa, con esa capacidad de recrear testimonios falsos, con la facilidad para hacer pasar por investigación lo que no es más que un recorta/pega de última generación, introduce nuevos retos en muchos aspectos de nuestra sociedad, también en este bronco panorama en el que se encuentra la comunicación. La universidad tiene que ser protagonista de este cambio de paradigma que vivimos ahora mismo: sino, dejaremos en manos de las grandes corporaciones, chinas o estadounidenses, lo mismo da, el futuro de nuestra sociedad. Las grandes herramientas necesitan grandes esfuerzos para enseñar a la ciudadanía a manejarse en ese mundo cambiante predestinado por la habilidad para diseñar un prompt.

La investigación junto con la docencia, son dos de las grandes misiones a las que tiene que dedicarse la universidad. Pero la tercera es –lo remarca la ley de Ciencia como una de las carencias del sistema de I+D+i español– la transferencia. Entendida como traslado del conocimiento y la innovación generados en el sector público a las empresas y a la sociedad. La divulgación, las unidades de Cultura Científica, la difusión por medios –tradicionales y 2.0– de la investigación avanzada que se realiza en los diferentes institutos y departamentos, tiene que estar en la agenda diaria de la universidad. Ésa es nuestra nueva misión, que tenemos que abordar de una manera clara y decidida, si no queremos quedar desbordados por los acontecimientos.

De nuestras decisiones inmediatas en la gobernanza de las universidades, depende no sólo el futuro de estas centenarias instituciones que se encuentran en un punto decisivo de su historia, sino el futuro también de nuestras sociedades democráticas.

Carlos López Olano es profesor de Comunicación, candidato a vicerrector de Comunicación, Participación y Transparencia en el equipo de Juan Luis Gandía a la Universitat de València

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