Opinión | La veleta de papel
Amor

Imagen de archivo. / ED
Nunca encontraré justificación a criticar la forma en que dos o más personas se aman. Cada persona, que es en sí misma un universo, tiene derecho a expresar su forma de amar como quiera, con quien anhele y como desee. Desde el respeto a los límites de la libertad del otro, cada persona nació para ser libre, sin cortapisas ni condicionantes de ningún tipo.
Nací en un época en la que mis amigos homosexuales eran discriminados y denostados, estaba vigente la Ley de Peligrosidad Social. Nací en un tiempo que hoy algunos dicen que fue bueno, donde esos mismo hubiesen ido a prisión, después de apalearlos, con aquellas leyes que ahora magnifican. Nací en un momento en que en los confesionarios te preguntaban cuántas veces te habías masturbado. Nací cuando comenzaban a tensarse las costuras de un régimen moribundo que seguía inspirando miedo. Un tiempo añorado por los insensatos.
Sé lo difícil que era para las personas con una orientación afectiva diferente a la “impuesta” vivir, expresarse y mucho menos proclamar esa sexualidad libremente. Conocía su sufrimiento, la autorrepresión que se imponían como defensa. Naturalmente después de sufrir tanto a algunos no les fue fácil poder expresar, con la misma naturalidad que al resto, su ser. Todo esto ha sido superado.
Me duele profundamente ver que vuelven los negros carroñeros a revolotear por encima de la cabeza de personas que se aman, o que se muestran de una manera y no de otra. También sabemos que aquellos que hoy atacan a otro por su orientación sexual, ocultan pulsiones difíciles de confesar, volcadas apasionadamente cuando crean que nadie les observa. Lo vimos antes y desgraciadamente lo volvemos a ver. Suelen ser los reprimidos los mayores represores.
Viva cada cual su personalidad sin violencia como mejor le plazca, ame a quien desee si es que el deseado o deseada le ama. Vístase como mejor le plazca, tatúese lo que quiera donde considere, aníllese (que no me gusta) lo que usted considere que le favorece, siéntase como más guapo o guapa se encuentre, se trata de su felicidad; yo la mía me la apaño. Aunque convendría estar atentos a los símbolos (que han sido y son muy importantes) para no ofender a los antepasados que en algunos casos se removerán en su eterno descanso.
Ame usted a una mujer (mi caso), a un hombre, a dos o una combinación de ambos, como si no quiere amar a nadie. Sea feliz, porque si es dichoso compartirá esa alegría con todos nosotros y el mundo será mejor, más pacífico, más bello.
Algo pernicioso debe imperar en la mente de una persona que abomina de otra porque esta ame, algún trauma como advertía Freud, que les hace odiarse incluso a sí mismos, porque no hay otra explicación que el odio puro que es la semilla de la muerte.
Los intentos institucionales de legislar y reprimir para controlar los sentimientos de las personas intentando homogenizar una sociedad que no lo es, están abocados al fracaso. Cada uno de nosotros es diferente y tiene derecho a vivir su vida, los creyentes creemos que por haber sido creados a imagen de Dios tenemos derechos inviolables y libertad absoluta. Dios nos creó sexuados y Él nunca se equivoca.
Condenando firmemente la pederastia y cualquier tipo de abuso, no molesta a nadie como y con quien quiera compartir su futuro una persona adulta y capaz. Es más, debemos favorecer el triunfo del amor, con ello lograríamos que el mundo, este hermoso y azul mundo que habitamos, fuera mejor, reinaría la paz, el progreso y la felicidad. Sería un triunfo, este sí definitivo, de la humanidad. Dios lo quiera.
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