Opinión
Solamente nos falta el Capitán Trueno
Parece que estamos regresando a un mundo de héroes y villanos, de relatos simples y épicos, donde los conflictos se explican como si fueran viñetas

El Capitán Trueno es el héroe por antonomasia del cómic español. / ED
La nostalgia no suele ser buena compañera de viaje, y menos cuando se convierte en añoranza y en el deseo de regresar a una época pasada. Idealizar el ayer suele ser una trampa peligrosa, especialmente cuando ese pasado estuvo marcado por la falta de libertades, la desigualdad y el sufrimiento de la mayoría.
Hubo un tiempo en este país en el que el término nostálgicos servía para identificar a los seguidores del antiguo régimen, aquellos que asistían al declive de una dictadura que había durado cerca de cuarenta años y que aspiraba a perpetuarse otros tantos. Durante el franquismo, España fue un país pobre, aislado y con escasa relevancia internacional, muy lejos de los niveles de bienestar, derechos y libertades que ya disfrutaban los países de su entorno.
En ese contexto, la precariedad era la norma para la mayoría de la población. Su manifestación más evidente fue la emigración masiva: durante más de tres décadas, millones de trabajadores y exiliados se vieron obligados a abandonar el país rumbo a Europa y América. Los datos hablan de cuatro millones de personas que tuvieron que marcharse, bien para ganarse un sustento imposible de alcanzar aquí, bien para escapar de la persecución política que hacía irrespirable la convivencia.
La paradoja es conocida pero no deja de ser reveladora: aquellos emigrantes retornados y, sobre todo, sus hijos viven hoy en un país receptor de inmigración. En apenas una generación han comprobado cómo la necesidad de huir para sobrevivir ha dado paso a una España convertida en tierra de acogida. Ese simple hecho resume mejor que cualquier discurso cómo han cambiado las condiciones de vida.
No se trata de elaborar una tesis sobre los avances logrados con la democracia ni de detallar una evolución que hoy damos por sentada. Es comprensible que algunos de quienes vivieron el franquismo sientan añoranza, especialmente aquellos sectores que gozaron de privilegios reservados a una minoría. Lo inquietante es la fascinación por aquel periodo que muestran hoy jóvenes que solo conocen ese pasado a través de relatos interesados, o directamente manipulados, y que llegan a convencerse de las supuestas bondades de un régimen que fue penoso para la mayoría del pueblo español. Un régimen que supuso un retraso histórico y una pérdida inmensa de capital humano, intelectual y artístico, obligado a huir de la barbarie. No es fácil entender cómo se ha llegado hasta aquí, aunque la falta de pedagogía sobre lo que significaron la Guerra Civil y la dictadura ofrece una pista inquietante.
Esta mirada al pasado, nada original, por otra parte, viene provocada también por acontecimientos recientes que quizá entiendan mejor quienes ya han doblado el Cabo de Hornos de la vida.
La repentina centralidad mediática de Groenlandia, un territorio remoto y poco poblado que ha pasado a ocupar titulares internacionales, para el español medio, es un lugar lejano y abstracto. Pero hubo un tiempo en que, al menos simbólicamente, resultaba familiar. Toda una generación creció leyendo las aventuras del Capitán Trueno, uno de los cómics más populares del siglo pasado. Su compañera se llamaba Sigrid y procedía de Thule, una región mítica situada en lo que hoy identificamos como Groenlandia.
La sensación es inquietante: parece que estamos regresando a un mundo de héroes y villanos, de relatos simples y épicos, donde los conflictos se explican como si fueran viñetas y solo faltara un personaje del tebeo dispuesto a defender la tierra de su amada frente a la invasión extranjera.
Afortunadamente, no vivimos dentro de una historieta, aunque a veces lo parezca. El problema es que cuando la política y la geoestrategia adoptan el lenguaje del cómic, las consecuencias dejan de ser de ficción. Por eso resulta tan humillante la encrucijada actual de la Europa del bienestar, obligada a volver a situar el rearme y los valores armamentísticos como prioridades para garantizar su supervivencia, en lugar de impulsar, con más fuerza que nunca, un espacio federal que garantice la unidad de respuesta.
Cuando una sociedad empieza a buscar épica para resolver sus problemas, es que ha empezado a renunciar a la razón
No necesitamos gestas simplificadas, ni salvadores de cartón piedra que prometan orden a cambio de silencio. Necesitamos memoria, pensamiento crítico y el coraje cívico de asumir la complejidad del mundo sin reducirla a consignas. Necesitamos recordar que la democracia es fruto de un trabajo constante, incómodo y colectivo, y que precisamente por eso es valiosa.
Porque cuando una sociedad empieza a buscar épica para resolver sus problemas, es que ha empezado a renunciar a la razón. Y cuando se confunde la nostalgia con el progreso, lo que realmente se está haciendo es abrir la puerta a repetir los errores que tanto costó superar. La historia no avanza a golpe de viñeta ni se defiende con espadas legendarias. Se defiende con memoria, con derechos y con una ciudadanía que no espera héroes, porque ha aprendido, no sin dolor, a no necesitarlos.
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