Opinión
Premio Nobel
A los abusones del colegio, a los matones de barrio y a los totalitaristas como Trump, o como Hitler —ya lo dijo Churchill— sólo les sirve una respuesta: la fuerza

Machado y Trump Nobel de la Paz.
Knut Hamsun fue un importante escritor noruego que alcanzó enorme fama y reconocimiento durante los últimos años del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Contemporáneo de autores de teatro de la talla de Strindberg o Ibsen, llegó a ser considerado por muchos como uno de los novelistas más influyentes en su tiempo, entre otros motivos por ser, junto a Proust o Joyce, uno de los pioneros de la literatura psicológica. Su obra influyó notablemente en la prosa de autores de la talla de Stefan Zweig, Hermann Hesse, Ernest Hemingway, Henri Miller o Paul Auster, entre otros. Pero, en un momento determinado, su popularidad y reputación comenzaron a sentirse mermadas. Justo cuando ofreció su apoyo al régimen nazi y a la figura de Adolf Hitler.
Nacido en 1859, en el seno de una familia rural y muy pobre de Lom, una población noruega que sería bombardeada hasta en dos ocasiones por la Luftwaffe alemana durante la Segunda Guerra Mundial, Hamsun tuvo una vida errante en la que ejerció diversos trabajos. Desde niño vendió zapatos y aró campos. Y a la edad de veintitrés años emigró a Estados Unidos donde llegó incluso a poner raíles de vías de tren. Allí mismo escribió una de sus primeras obras, La vida espiritual de la América moderna. En el mencionado texto, no sólo dejaba entrever sus inclinaciones originales anarquistas, sino que tampoco ocultó incluso sus dudas sobre cuestiones como el mestizaje. Con rasgos autobiográficos, posteriormente publicó Hambre, obra en la que explora la locura de la condición humana a partir del hambre, precisamente, y de la pobreza, entre otros temas. Por obras como las citadas y por el resto de su admirada narrativa, en 1920 Hamsun obtuvo el Premio Nobel de Literatura. No podía negarse que era un apasionado de la literatura, a la que dedicó todo su esfuerzo y alma. Pero al mismo tiempo tampoco podía negarse que era también un apasionado de Hitler, del que llegó a decir: “Era un guerrero, un guerrero para la humanidad y un predicador del evangelio sobre el derecho de todas las naciones; un reformista del más alto rango y su destino histórico fue precisamente actuar en un tiempo de brutalidad, que finalmente le hizo caer”. Por este constante apoyo a los nazis en varios artículos fue internado primero en una clínica psiquiátrica al concluir la guerra, y más tarde a pagar una elevada multa que le supondría acabar más tarde casi en la indigencia.
En efecto, el autor noruego simpatizó con el nazismo, pero su obra no es una defensa del totalitarismo. Eso mismo apuntó Manuela Rodríguez en un artículo de Infobase, un diario online argentino. También que su impulso fundamental era la nostalgia de la tierra y la resistencia al mundo moderno, y que en sus páginas no hay un solo comentario antisemita. Una vez más se puede comprobar que la estética en ocasiones le da por caminar en dirección opuesta de la ética.
Y es que, por potenciar afinidades con el régimen nazi, tan añorado por algunos últimamente, Hamsun ofreció incluso su medalla de Premio Nobel como regalo a Joseph Goebbels. Alguien que, paradójicamente, no había dudado en quemar montañas de libros en la antigua Opernplatz de Berlín, poco después de que Hitler tomara el poder, en un acto de purificación y destrucción de la literatura y el pensamiento contrarios a la ideología nacionalsocialista. Goebbels —acojona hasta escribir este nombre casi un siglo después— aceptó el Premio, por supuesto, en nombre del Führer.
Muchos insisten en cada época que la historia no se repite. Pero un siglo después, el Comité Nóbel ha tenido que recordar en redes sociales que el premio es irrevocable, intransferible, y no se puede compartir. El motivo de ese comunicado responde a que María Corina Machado, activista y líder opositora de Venezuela ha repetido el mismo bochorno que Hamsun, ofreciendo su propio Premio Nobel de la Paz a un nuevo megalómano con comportamiento desequilibrado y con reconocibles ansias expansionistas hacia Venezuela y ahora hacia Groenlandia, tierra que pretende hacer suya “a las buenas o a las malas”. Corina Machado le ha entregado el premio en esta ocasión como sólo saben hacer los pusilánimes, con sumisa inclinación incluida. Un gesto de vasallaje que lejos de acercarle a su pretensión de obtener el título de presidenta de Venezuela —ya que su movimiento junto a González Urrutia había sido reconocido incluso por el propio gobierno de Estados Unidos como el ganador de las elecciones de julio de 2024—, le aleja considerablemente de su propósito más de lo que quizá ya estaba. Porque lejos de lo que ella cree, a los abusones del colegio, a los matones de barrio y a los totalitaristas como Trump, o como Hitler —ya lo dijo Churchill— sólo les sirve una respuesta: la Fuerza. Esa misma que deseo a las tropas que se han trasladado desde varios países europeos hacia Groenlandia. Un lugar que tanto recuerda a aquel planeta nevado llamado Hoth de hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, donde se reunieron las fuerzas rebeldes para hacer frente a aquel indestructible Imperio que de nuevo contraatacaba.
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